«Los contextos de las palabras van almacenando la historia de todas las épocas, y sus significados impregnan nuestro pensamiento y se interiorizan. Y así las palabras consiguen perpetuarse, sumando lentamente las connotaciones de cuantas culturas las hayan utilizado» (Alex Grijelmo: La seducción de las palabras)

«Las sociedades humanas, como los linajes animales y vegetales, tienen su historia;
su pasado pesa sobre su presente y condiciona su futuro» (Pierre P. Grassé: El hombre, ese dios en miniatura)

02/09/2009

Sobre Historias del Beso


[Quiero empezar esta primera entrada de mi primer blog dedicándolo al espacio Mujeres de Roma, cuyo grato ambiente me animó a zambullirme en esta absorbente aventura. En particular, fue su entrada BESOS PARA ALEJAR LA SOSPECHA la que dio el último empujón al inspirar los presentes párrafos: (http://mujeresderoma.blogspot.com/2009/03/besos-para-alejar-la-sospecha.html)]

La primera vez que, brujuleando por internet, uno se tropieza con cabeceras que informan sobre la “Historia del Beso”, espontáneamente esboza una media sonrisa de suficiencia. Al fin y al cabo, si a algo se le puede aplicar el conocido aforismo “es más simple que el mecanismo de un chupete” es a este inmemorial invento. Pero si a pesar de todo entramos en el “sitio”, al leer que “el beso en la boca lo inventaron los romanos para detectar si sus mujeres habían bebido vino”, y remontarse a partir de ahí hasta la mujer del Cromañón en busca del beso perdido, nuestra suficiencia se trueca en admiración ante tanta investigación dilapidada. Vayamos por partes.


Del beso a secas

No hace falta recurrir a Darwin, para entender que a cualquier individuo o individua de cualquier especie del reino animal, le chifla interconectar sus zonas sensibles equivalentes y paralelas sin preocuparse por el género del partenaire. Quiero decir con ello, que el descubrimiento del beso no puede tan siquiera compararse a la domesticación del fuego; el besuqueo, el morreo y el achuchón están en nuestra naturaleza, como las ganas de picar del escorpión de la fábula. Para explicar el “beso primigenio” no hay ninguna necesidad de remontarse a alguna madre cromañona que un buen día se percatara del cosquilleo íntimo que le invadía al regurgitar la comida en la boca de su bebé.


Su importancia, si lo pensamos más detenidamente, reside en que detrás del natural, social y primario beso se esconde la supervivencia y primacía del ser humano. Porque es cierto que todas las especies se besan a su manera, pero eso sí: el beso humano es el mejor de todos los besos de la naturaleza. Y aunque con los implantes de silicona y demás artificios ande la pobre selección natural hecha un lío, ocurre que en toda esta historia, la peculiar fisonomía humana ―que permite un acoplamiento bucal y visual lúbrico, profundo y flexible, único en el mundo animal― hace que el beso tenga tanta importancia en la ligazón amorosa, carnal o no:
Muchas personas dan un significado más íntimo, más profundo o más elevado, según se mire, al beso que al coito. Tan inmerso está en nuestra médula como el llanto o la risa, y no es de extrañar que, según se dice, «en ninguna de las lenguas célticas existe la palabra “beso”. Homero prácticamente la desconoce y los poetas griegos raramente hacen mención de ello».

De la misma manera que la búsqueda del primer beso resulta una tarea gratuita, la clasificación del beso resulta tan insustancial como la clasificación de las nubes –útil sólo en meteorología— o la codificación de las patadas en el culo. No obstante, hasta hay taxidermistas de besos, gracias a los cuales es posible leer que «los romanos distinguían 3 tipos de besos: El 'osculum', que se da en la mejilla entre amigos; el 'basium', en los labios; y el 'suavem', que se dan los amantes».

Sin embargo, lo que les ocurría a los romanos, como les había ocurrido antes a todos los pueblos de la Antigüedad y seguiría ocurriendo hasta casi nuestros días, es que existía un tipo especial de beso; era una forma de besar, más que de besarse, empleada como código insustituible en una sociedad que desconocía el papel y la burocracia civil aunque no la estatal: era el “beso de honor”, que ―como la española cuando besa― no se le daba a cualquiera: El ósculo (‘osculum’), beso ritual, reconocimiento público o ante testigos, documento oral, gesto contractual, ceremonial con efectos jurídicos, rúbrica de alianzas y contratos. El ósculo era una “firma” que sólo el superior imprimía en la mejilla del inferior beneficiado por él, y era también el “sello” que mutuamente se estampaban en la mejilla los compañeros como demostración ostensible de compromiso social ―ése era su sentido original en las bodas―, más que de afecto.

En el caso particular del matrimonio, Constantino (Cth. 3.5.6) establece que en caso de esponsales celebrados ‘osculo interviniente’, si muere uno de los prometidos el superviviente tiene derecho a la mitad de las donaciones que le hizo el otro desposado. Aquí Constantino se limita a consagrar una ley inmemorial: ‘osculo interviniente’, es decir, después de haberse besado (los prometidos ante testigos), con lo que el solo beso ante testigos sería suficiente garantía ante la ley. Pero desde luego el beso en la mejilla y no en los labios, por motivos que enseguida veremos; y únicamente el novio besa a la novia, como superior que otorga estatus al inferior.
Todavía en el s.XVII, el primer diccionario de la lengua española (Covarruvias, año 1611) en la entrada “besar” dice:
«El beso es señal de paz, y assí vale en este sentido una mesma cosa besarse, o darse paz, y quando esta paz o beso es fingido, tiénese por trayción … Es también el beso señal de confederación, y assí en la ley final, tít.12, part. 7, se manda que los que hizieren amistades por rencillas pasadas se perdonen e se besen. En la ley vieja una de las solenidades que el padre usava para dar la primogenitura a uno de sus hijos, era besarle. … En el dar de los grados a los doctores se usa la solenidad del beso, y en las Iglesias Catedrales, en la recepción de los canónigos, y en muchas provincias se usa dar beso de paz y bienvenido al huésped…»

Y, por terminar con algo más clásico aún, una versión de la leyenda cuenta que Afrodita ordena a Pigmalión besar a la estatua, y que tras el beso se convierte en real… Por no hablar del afamado sistema empleado para convertir ranas en príncipes, y viceversa, durante la oscura Edad Media nórdica, o para despertar princesitas en estado de coma. En fin, el cuento de nunca acabar.

«Besas a unos, Póstumo, y a otros les das la mano. Me preguntas: “¿Qué prefieres? Escoge.” Prefiero la mano» (Marcial: Epigrama 20, Libro II)
Con la desaparición de Roma la violencia social se impuso al pacto social. Aunque en Grecia y Roma se estilaba saludar estrechándose fuertemente las muñecas, con el sentido oculto de precaverse contra los ataques de daga a traición ―ése es el mensaje envenenado del aparentemente insulso epigrama de Marcial―, a partir de la Edad Media el ósculo quedó reservado a las más altas instancias ―aquellas que siempre están bien protegidas por su escolta―, mientras que un “apretón de manos” sustituyó al ósculo y al aventurado abrazo entre los caballeros: para saludarse, como demostración de reconocimiento, se ofrecían la mano contraria al lugar donde se llevaba la espada, normalmente el costado izquierdo; así, al sujetar la mano al contrincante, y no dejarse inmovilizar por la muñeca como antaño, se aseguraban de que el otro no sacaría la espada de repente. La pervivencia medieval es demostrable por el hecho de que, aun hoy, el apretón de manos no se estila con las féminas ni entre féminas.




Del beso con vino

La cultura del vino, como norma general, ha estado vedada para la mujer ―exceptuando, por supuesto, la vendimia y sus penalidades― hasta casi nuestros días. La única fémina que participaba en los banquetes griegos era la flautista, antecesora de los trovadores medievales o los conjuntos "de cámara" del Renacimiento, creados ex-profeso para alegrar las comilonas nobles y potentadas. Los romanos introdujeron la costumbre de permitir a sus matronas únicamente el consumo de moscatel ―nombre que le viene a través del persa 'misk', nuez moscada, por el parecido de su color―, una costumbre que los que vamos para viejos en este 2009 recordamos de nuestra infancia, muy agradablemente, por cierto.


Y todo ello aun opinando, como expone Plutarco en su Moralia:
«Conviene que los hombres que se acerquen a las mujeres para engendrar hijos hagan la unión o totalmente templados o habiendo bebido moderadamente… En contraste… las mujeres se emborrachan muchísimo menos que los hombres; la constitución húmeda que tienen les proporciona la delicadeza de su carne, lustre, suavidad y menstruaciones. Por tanto, cuando el vino cae en tanta humedad, pierde su temple y se hace completamente inconsistente y aguado. Y aunque beban de un trago –generalmente lo hacen así–, al tener el cuerpo poroso por el incesante trasiego de flujos, el vino se esparce rápidamente y no se detiene en las partes principales por cuya perturbación sobreviene el emborracharse».

Aquí Plutarco incluso sigue la autoridad estelar de Aristóteles, el cual, aunque, naturalmente, sin mencionar a la mujer, ignorándola absolutamente, sí se refiere al niño, el cual tiene, según él, una “constitución” similar:
«¿Por qué a los niños, que son calientes, no les gusta el vino, y en cambio a los escitas y a los hombres valientes, que son calientes, sí les gusta? ¿Es porque éstos son calientes y secos (pues así es la constitución del varón), y sin embargo, los niños son húmedos y calientes, y el gusto por la bebida es un deseo de algo húmedo? Pues bien, la humedad impide que los niños estén sedientos, ya que el deseo es una cierta carencia». (Problemas. Secc. III, 7)

Y atención al delicioso problema 24:
«¿Por qué los borrachos son más llorones? ¿Es porque se vuelven calientes y húmedos? De hecho son incapaces de dominarse, hasta el punto de alterarse por pequeñas cosas».

(Livia Drusila, esposa de Augusto, vendimiando. Los adolescentes que nos culturizamos con el Yo Claudio de Robert Graves en la tele, aprendimos que mientras Livia se vendimiaba, en pro de su hijo Tiberio, a la descendencia de su Augusto esposo, éste estuvo todo el rato a por uvas)


Entonces, ¿a cuento de qué las barreras entre la mujer y el vino? Sobre todo si se trata de algo más que barreras: «Si sorprendes a tu mujer bebiendo vino, mátala», aconsejaba el comprensivo Catón, famoso ya en su época por su temple dicharachero.

Y es que, ocurría que la embriaguez se consideraba una posesión por parte de un espíritu, y por muy divino que fuera éste, una mujer que bebía era, en consecuencia, una mujer adúltera. La práctica social del beso en la boca fue impuesta en el s.−VII por Numa Pompilio, segundo rey de Roma... como medio de indagar por el aliento si la casta esposa había puesto los cuernos al honrado marido con el alegre Baco. Nunca agradeceremos suficientemente la labor civilizadora de Roma.


Bromas aparte, recalcaremos lo de la “práctica social del beso” --la tortura también es una práctica social--, porque eso fue lo que ocurrió: el Estado romano decretó la oficialización de otro beso, distinto del administrativo ósculo (que, irónicamente, tiene el tierno siginificado de “boquita”, al ser diminutivo de ‘os, -oris’, “boca, orificio en general”) y distante del íntimo morreo ―también en la boca, faltaría más― llámese en latín como se llame. En definitiva, no se hizo otra cosa que sacar el beso del armario, no “inventar” el beso en la boca. El hispano-romano del s.I, Marco Valerio Marcial no necesita aclarar de qué está hablando cuando asevera:
«¿Por qué no te beso, Filenis? Eres calva. ¿Por qué sigo sin besarte, Filenis? Eres pelirroja. ¿Por qué, Filenis, todavía no te beso? Eres tuerta. Quien besa todo esto, Filenis, es contrario a la naturaleza». (Epigrama 31 del Libro II)

Y en sentido opuesto al de Marcial y mucho tiempo antes, el mismísimo rey Salomón se explayaba a gusto en el Cantar de los Cantares:
«Miel virgen destilan tus labios, esposa mía;
leche y miel bañan tu lengua,
y es el olor de tus vestidos el perfume del incienso…»
(4, 11)

«Tu boca es vino generoso,
que se entra suavemente en mi paladar
y suavemente se desliza entre labios y dientes».
(7, 10)




Por si alguien tacha de privadas exageraciones enfermizas las citadas palabras de Catón, aunque también lo sean, añadiremos el testimonio del libro VI de las Historias de Polibio:
«Entre los romanos se prohíbe a las mujeres beber vino; ellas beben el llamado 'passos', elaborado con pasas, parecido al vino dulce que se bebe en Megara y al vino de Creta; por eso cuando la sed las abrasa toman este sucedáneo. Y es imposible que pase desapercibida la mujer que ha tomado vino: en primer lugar nunca disponen de él y, además, debe besar a sus padres, a sus suegros y aún a sus sobrinos, y esto cada día, en el mismo instante que los ve por primera vez. Asimismo, al no saber con quién conversará, con quiénes se encontrará, toma sus precauciones, porque la cosa, sólo con que haya probado un poco de vino, no necesita acusación ante el juez».

Sobre todo y ante todo, lo que de verdad sucedía era que «las causas de divorcio tenían, como las del matrimonio, un carácter patrimonial: el adulterio, el ingerir un abortivo, el beber vino o el sustraer las llaves de la bodega para beber vino son actos deshonrosos en los que la mujer, al someterse a influencias extrañas y exteriores acepta hechos de posesión y, como tales, comete infracciones a la fidelidad conyugal.» (García Garrido: Derecho Romano Privado, 206.)

También el Diccionario de Covarruvias recoge esta tradición romana, en la misma entrada “besar”:
«...Usóse en Italia en tiempos atrás, y dizen que los parientes tenían esta licencia para certificarse que las mujeres no bevian vino, argumento de que eran castas. Plinio, lib. 14, cap. 31: ‘Cato ideo propinquos faeminus osculum dare iussit, ut scirent an tementum clerent’. … Y assí por sólo el beso dado al extraño pierde la mujer casada el dote…».



Naturalmente, las féminas afectadas recurrían a los correspondientes ardides para ocultar su debilidad, tal y como nos ilustra Marcial ―cuyos textos apoyan las escenografías con que Pasolini vivifica los relatos de Petronio―, en más de uno de sus Epigramas; por ejemplo el 4 del Libro V:
«Mirtale huele ordinariamente a vino de modo exagerado; pero para engañarnos come hojas de laurel y mezcla astutamente en su vino, no agua, sino dichas hojas. Cuantas veces la veas, Paulo, con la tez encarnada y las venas hinchadas, puedes decir: "Mirtale ha bebido laurel"».

O, el epigrama 88 del Libro III:
«Para que no huelas, Fascenia, por el mucho vino que tragaste ayer, tomas sin moderación pastillas de Cosmos. Tales drogas blanquean tus dientes pero no tienen eficacia cuando un eructo sube desde tu interior. Pero, ¿qué digo? Entonces, ¿no es peor y huele también peor esta mezcolanza de perfume y malos olores, doble olor que proyecta tu aliento?
Renuncia, pues, a engaños conocidos de todos y a subterfugios que han sido descubiertos. Sé ebria abiertamente».


Conclusión



En cualquier caso lo que el beso indagatorio pone en evidencia, y lo que sin embargo no es resaltado por los “historiadores del beso”, es el estado de profunda sumisión al varón ―no en vano la palabra “virtud” deriva del latín ‘vir’, varón, y significa “característica varonil”― en el que vivía la mujer romana. Así vemos cómo las ilustraciones de Marcial, a la vez que testimonian la despreciable costumbre, también la admiten y asumen con toda naturalidad, al tiempo que transparentan el desprecio misógino general.
Es tremenda la imagen de humillación que supone ese beso inquisitorial a todo hombre que le venga en gana ―aunque obligatoriamente sea de su familia― y en cualquier momento y lugar. Y equivale a una violación legal, pues todo beso en la boca, como contacto íntimo que es, reglamentario o no, debe de ser, y tiene que ser, plenamente consentido.

Y lo más siniestro del caso es que, a pesar de ello, la mujer romana fue mucho más independiente y más libre que todas las anteriores y posteriores a ella hasta no llegar al pleno siglo XX.

Vale.

2 comentarios:

Isabel Romana dijo...

Ayer acababa de escribirte un comentario cuando, por arte de magia, desapareció tu entrada. No sé, me parece que hoy veo algunas cosas nuevas... Te felicitaba por la iniciativa de abrir el blog y por lo interesante de tu primera entrada, un tema que suscita pasiones. Bueno, no sé si el tema o el beso directamente, pero en cualquier caso, es de interés general. Y te daba las gracias por una dedicatoria que, aunque considero inmerecida, me llena de satisfacción. Te deseo mucho disfrute en esta aventura, algo que casi casi está garantizado a poco que te guste escribir. Un abrazo, gracias de nuevo y hasta pronto.

Isabel Romana dijo...

Si pinchas sobre el nombre de la persona que te hace el comentario, sales directamente a su página principal. Al principio todo esto resulta un poquito misterioso, pero luego le coges el punto enseguida. Gracias de nuevo, me encanta la idea de provocar algún tipo de inspiración. Un abrazo muy fuerte.

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Angel Molledo
Esta aventura es una exploración de las venas vivas que parten del pasado y siguen regando para bien y para mal el cuerpo presente de esta sociedad occidental... además de ejercitar una especie de egoísmo constructivo: porque la mejor manera de aprender es enseñar... porque aprender vigoriza el cerebro... y porque ambas cosas ayudan a mantenerse en pie y recto. Esto implica que, una vez publicada, cada entrada se va enriqueciendo con los hallazgos más interesantes, a mi leal y oficioso entender. Desde luego, no pretende ser un archivo exhaustivo de cada tema, sino sólo recoger aquellos de sus aspectos más relevantes en relación con su influencia en que seamos como somos, y no de otra manera entre las infinitas posibles. Este es un blog con la sana vocación de durar. (En un comentario al blog "Mujeres de Roma" expresé la satisfacción de encontrar, casi por azar, un rincón donde se respiraba el oxígeno del interés por los antecedentes de nuestra actual sociedad. A esa satisfacción se le ha añadido la apetencia de participar en tan grato vecindario. Dedico este blog a todos sus participantes en general y a Isabel Barceló en particular).
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