[Quiero empezar esta primera entrada de mi primer blog dedicándolo al espacio Mujeres de Roma, cuyo grato ambiente me animó a zambullirme en esta absorbente aventura. En particular, fue su entrada BESOS PARA ALEJAR LA SOSPECHA la que dio el último empujón al inspirar los presentes párrafos]
La primera vez que, brujuleando por internet, uno se tropieza con cabeceras que informan sobre la “Historia del Beso”, espontáneamente esboza una media sonrisa de suficiencia. Al fin y al cabo, si a algo se le puede aplicar el conocido aforismo “es más simple que el mecanismo de un chupete” es a este inmemorial invento. Pero si a pesar de todo entramos en el “sitio”, al leer que “el beso en la boca lo inventaron los romanos para detectar si sus mujeres habían bebido vino”, y remontarse a partir de ahí hasta la mujer del Cromañón en busca del beso perdido, nuestra suficiencia se trueca en admiración ante tanta investigación dilapidada (no obstante, un recorrido interesante se nos ofrece en el blogcindario El origen de los besos). Pero vayamos por partes, que nuestra ruta y meta son otras.
1. Del beso a secas
«Pero, ¿por qué nos besamos?: Una teoría es que el acto de fruncir los labios nos recuerda la tranquilidad, la comodidad y el apego de los cuidados de la infancia, una idea freudiana que, en realidad, podría tener cierta validez. Otra teoría en la misma línea relata que el beso nos recuerda una vieja costumbre de "premasticación", en la que una madre mastica la comida y alimenta a su bebé a través de la boca.
Pero, en realidad, la razón más importante y obvia de por qué nos besamos es que facilita la reproducción. Las mujeres, que de acuerdo a los estudios ponen más énfasis en la importancia de un beso, utilizan el momento del boca a boca como una manera de juzgar el sabor de la lengua, los labios y la saliva para ver si el compañero es el adecuado» (El primer beso, mejor que perder la virginidad: elmundo.es, 11-enero-2011)No hace falta recurrir a Darwin, para entender que a cualquier individuo o individua (qué mal suena aquí, también, la Ley de Igualdá) de cualquier especie del reino animal, le chifla interconectar sus zonas sensibles equivalentes y paralelas sin preocuparse por el género del partenaire. Quiero decir con ello, que el descubrimiento del beso no puede tan siquiera compararse a la domesticación del fuego; el besuqueo, el morreo y el achuchón están en nuestra naturaleza, como las ganas de picar del escorpión de la fábula. Para explicar el “beso primigenio” no hay ninguna necesidad de remontarse a alguna madre cromañona que un buen día se percatara del cosquilleo íntimo que le invadía al regurgitar la comida en la boca de su bebé.
Su importancia, si lo pensamos más detenidamente, reside en que detrás del natural, social y primario beso se esconde la supervivencia y primacía del ser humano (ver Del Amor y la Caza). Porque es cierto que todas las especies se besan a su manera, pero eso sí: el beso humano es el mejor de todos los besos de la naturaleza. Y aunque con los implantes de silicona y demás artificios ande la pobre selección natural hecha un lío, ocurre que en toda esta historia, la peculiar fisonomía humana ―que permite un acoplamiento bucal y visual lúbrico, profundo y flexible, único en el mundo animal― hace que el beso tenga tanta importancia en la ligazón amorosa, carnal o no.
Tan inmerso está en nuestra médula como el llanto o la risa, así no es de extrañar que, según se dice, «en ninguna de las lenguas célticas existe la palabra “beso”. Homero prácticamente la desconoce y los poetas griegos raramente hacen mención de ello». Y es tan extrañamente especial, que muchas personas dan un significado más íntimo, más profundo o más elevado, según se mire, al beso que al coito:«"Un buen beso funciona como una droga", asegura Sheril Kirshenbaum, investigadora de la Universidad de Texas y autora de 'The Science of Kissing', el libro que disecciona con rigor científico todo lo que pasa en nuestros cerebros y en nuestros cuerpos en el momento en que se produce el "boca a boca".
"Un beso puede provocar efectivamete una auténtica descarga de neurotramisores y hormonas", certifica la bióloga. "El resultado es un 'subidón' natural en las dos personas, estimulando los centros de placer del cerebro"...
“Curiosamente, en un estudio rubricado por el psicólogo John Bohannon, el 90% de los encuestados afirmó recordar los detalles de su primer beso romántico. El primer beso, sostiene Bohannon, deja una huella más indeleble que la primera vez que se hace el amor”...
El olor o el sabor son dos factores que suelen pesar más en las mujeres que en los hombres (peores “receptores sensoriales”). Las glándulas sebáceas y las feromonas son suficientes para iniciar o romper una relación, y el momento crítico es muchas veces el contacto labial. Aquí entramos ya de lleno en el “bache” entre géneros, un cliché que la bióloga intentó esquivar, hasta que su propia investigación informal con un grupo de 42 mujeres y 38 hombres le hizo constatar que, efectivamente, hay notables “diferencias” entre besarse en Marte o hacerlo en Venus:
“Los hombres son más proclives a interpretar un beso como un medio para conseguir un fin, que normalmente tiene que ver con la esperanza de una relación sexual”, admite Kishenbaum. “Las mujeres tienden a poner más énfasis en el acto de besar como una manera de calibrar la compatibilidad con su pareja y las posibilidades de una relación... La buena noticia es que hombres y mujeres disfrutan besándose”». (Carlos Fresneda: Un buen beso es como una droga, el mundo.es, 13-febrero-2011)«El amor y los celos pueden llevar a una persona a cometer todo tipo de locuras. Incluso a los 92 años, como demostró el pasado lunes Helen Staudinger, una anciana residente de Fort McCoy (Florida), que disparó cuatro veces contra la casa de su vecino por haberse negado a darle un beso. Staudinger se encuentra bajo arresto, y el juez le ha impuesto una fianza de 15.000 dólares, además de una orden de alejamiento de su vecino.
Según explicó el vecino, Dwight Bettner, de 53 años de edad y que salió ileso del ataque, la libidinosa anciana se presentó en su casa y le dijo que no pensaba moverse de allí hasta que no le diera un beso. Bettner, que le recordó que tenía una compañera sentimental, se negó a hacerlo. Entonces, Staudinger fue a su casa a buscar una pistola semiautomática, y realizó una ráfaga de cuatro disparos» (Ricard González: SUCESOS: Una anciana de 92 años de Florida casi mata a su vecino por negarle un beso, el mundo.es, 23-marzo-2011)
2. Del beso político
«... Después de un tiempo uno aprende la sutil diferencia / entre sostener una mano y encadenar un almaY aprende que el amor / no sólo significa acostarse con alguien / y que una compañía no significa seguridad
Y así uno comienza a aprender / que los besos no son contratos / y los regalos no son promesas
Y uno empieza a aceptar sus derrotas con la cabeza en alto / y los ojos abiertos
Y aprende a construir todos sus caminos en el hoy / porque el terreno de mañana es demasiado inseguro / y el futuro tiene forma de caerse en la mitadDespués de un tiempo uno también aprende / que si es demasiado, hasta el calor del sol quema
Y así uno planta su propio jardín y decora su propia alma
en lugar de esperar a que alguien le traiga flores...» ( Anónimo, atribuido a Jorge Luís Borges (?): Aprendiendo)
De la misma manera que la búsqueda del primer beso resulta una tarea gratuita, la clasificación del beso resulta tan insustancial como la clasificación de las nubes –útil sólo en meteorología— o la codificación de las patadas en el culo. No obstante, hasta hay taxidermistas de besos, gracias a los cuales es posible leer que «los romanos distinguían 3 tipos de besos: El 'osculum', que se da en la mejilla entre amigos; el 'basium', en los labios; y el 'suavem', que se dan los amantes» (derecha, fragmento de un Dalí de 1942).
Sin embargo, lo que les ocurría a los romanos, como les había ocurrido antes a todos los pueblos de la Antigüedad y seguiría ocurriendo hasta casi nuestros días, es que existía un tipo especial de beso; era una forma de besar, más que de besarse, empleada como código insustituible en una sociedad que desconocía el papel y la burocracia civil aunque no la estatal: era el "beso de honor", que ―como la española cuando besa― no se le daba a cualquiera: El ósculo (‘osculum’), beso ritual, reconocimiento público o ante testigos, documento oral, gesto contractual, ceremonial con efectos jurídicos, rúbrica de alianzas y contratos. El ósculo era una “firma” que sólo el superior imprimía en la mejilla del inferior beneficiado por él (imagen izquierda: César osculea a Pompeyo, de la excelente serie televisiva Roma), y era también el "sello" que mutuamente se estampaban en la mejilla los compañeros como demostración ostensible de compromiso social ―ése era su sentido original en las bodas―, más que de afecto.
Al ser observado bajo esta óptica ritual cobra sentido el beso más famoso de la historia de la humanidad: el Beso de Judas. Sería esta hipótesis la respuesta más apropiada a la inconfesada extrañeza universal ante tal gesto (¿por qué un beso, precisamente?). El evangelista Juan no lo menciona, y en los otros tres sinópticos evangelios tal beso ("Al que yo besare, ese es; prendedlo", según lo relata Mateo) es como un chirrido fuera de contexto teniendo en cuenta la trascendencia del beso público que hemos mencionado, así como la inexistencia de algún vínculo familiar entre Judas y Jesús que lo justificase.
De hecho, está contemplado escépticamente por la mayoría de los eruditos, por ejemplo: «La imagen descriptiva de la traición, el beso con que Judas entrega a su Maestro, es un magnífico hallazgo expresivo del primer evangelista, aunque no sea descartable que se confundiera con un beso el acercamiento para decir algo al oído, quizás como aviso...» (González Alcantud y Buxó Rey: El fuego. Mitos, ritos y realidades).
(Izquierda, el Beso de Judas, de Emilio Mata; encima, el Beso en un paso de la cofradía de la Pasión de Cristo; derecha, el de Caravaggio)
Al ser observado bajo esta óptica ritual cobra sentido el beso más famoso de la historia de la humanidad: el Beso de Judas. Sería esta hipótesis la respuesta más apropiada a la inconfesada extrañeza universal ante tal gesto (¿por qué un beso, precisamente?). El evangelista Juan no lo menciona, y en los otros tres sinópticos evangelios tal beso ("Al que yo besare, ese es; prendedlo", según lo relata Mateo) es como un chirrido fuera de contexto teniendo en cuenta la trascendencia del beso público que hemos mencionado, así como la inexistencia de algún vínculo familiar entre Judas y Jesús que lo justificase.
De hecho, está contemplado escépticamente por la mayoría de los eruditos, por ejemplo: «La imagen descriptiva de la traición, el beso con que Judas entrega a su Maestro, es un magnífico hallazgo expresivo del primer evangelista, aunque no sea descartable que se confundiera con un beso el acercamiento para decir algo al oído, quizás como aviso...» (González Alcantud y Buxó Rey: El fuego. Mitos, ritos y realidades).
(Izquierda, el Beso de Judas, de Emilio Mata; encima, el Beso en un paso de la cofradía de la Pasión de Cristo; derecha, el de Caravaggio)
La figura del Judas traidor ha sido cuestionada modernamente (véase el apartado correspondiente a Judas reivindicado, en Wikipedia, entre otros). Los evangelistas le reconocen, muy a su pesar, un papel importante en la "secta" de Jesús ya que era quien controlaba el dinero..., y eso a pesar de la presencia entre ellos de un publicano, un recaudador de impuestos: el evangelista Mateo, precisamente. Y tratan a Judas como si fuese su cajero o su contable: "...Y teniendo la bolsa, sustraía de lo que se echaba en ella", le zahería Juan con efecto retroactivo.
Y en esta revisión ha tenido mucho que ver la aparición de un papiro del s.II al que se ha denominado como Evangelio de Judas y que parece escapó de la censura canonística. En él, el antiguo traidor adquiere un papel relevante que no pueden desmentir los evangelistas aunque se empeñen en ello, pues quien controla el dinero controla la sociedad, como muy bien saben nuestras costillas contribuyentes. También existen respetables enfoques de la cuestión, como el de Marvin Harris, basado en una perspectiva que explicitamos en el párrafo que cierra esta ya larga digresión. Según esta perspectiva Judas sería la cabeza militar de la secta de Jesús, con un papel dentro de la organización por encima incluso del Maestro en las cuestiones estratégicas del Movimiento...
...Todo lo cual justificaría el famoso beso como sello de un pacto. Un pacto rubricado por el beso del superior al inferior, como explicamos antes, según el cual Jesús sería sacrificado por el bien de la Causa. Una estrategia pactada por ambos en secreto, en la lógica de que sería incomprendida (por demasiado sutil, como el supuesto beso) y rechazada por el resto de la directiva apostólica.
...Todo lo cual justificaría el famoso beso como sello de un pacto. Un pacto rubricado por el beso del superior al inferior, como explicamos antes, según el cual Jesús sería sacrificado por el bien de la Causa. Una estrategia pactada por ambos en secreto, en la lógica de que sería incomprendida (por demasiado sutil, como el supuesto beso) y rechazada por el resto de la directiva apostólica.
«El entorno práctico en el que se escribieron los Evangelios, que describen un mesías puramente pacífico y universal, era la consecuencia de la infructuosa guerra judía contra Roma. Un mesías puramente pacífico era una necesidad práctica cuando los generales que acababan de derrotar a los revolucionarios mesiánicos judíos (Vespasiano y Tito) llegaron a ser los gobernantes del Imperio romano... Es probable que la ruptura decisiva con la tradición mesiánica judía se produjera sólo después de la caída de Jerusalén y como respuesta adaptativa a la victoria romana» (Marvin Harris: Vacas, cerdos, guerras y brujas: El secreto del Príncipe de la Paz)
En el caso particular del matrimonio, Constantino (Cth. 3.5.6) establece que en caso de esponsales celebrados ‘osculo interviniente’, si muere uno de los prometidos el superviviente tiene derecho a la mitad de las donaciones que le hizo el otro desposado. Aquí Constantino se limita a consagrar una ley inmemorial: ‘osculo interviniente’, es decir, después de haberse besado (los prometidos ante testigos), con lo que el solo beso ante testigos sería suficiente garantía ante la ley. Pero desde luego el beso en la mejilla y no en los labios, por motivos que enseguida veremos; y únicamente el novio besa a la novia, como superior que otorga estatus al inferior (ver entrada 10: De Bodas y Enlaces). (Encima, beso ritual en la segunda boda de Pompeyo, perteneciente a la serie televisiva Roma
Todavía en el s.XVII, el primer diccionario de la lengua española (Covarrubias, año 1611) en la entrada “besar” dice:
«El beso es señal de paz, y assí vale en este sentido una mesma cosa besarse, o darse paz, y quando esta paz o beso es fingido, tiénese por trayción … Es también el beso señal de confederación, y assí en la ley final, tít.12, part. 7, se manda que los que hizieren amistades por rencillas pasadas se perdonen e se besen. En la ley vieja una de las solenidades que el padre usava para dar la primogenitura a uno de sus hijos, era besarle. … En el dar de los grados a los doctores se usa la solenidad del beso, y en las Iglesias Catedrales, en la recepción de los canónigos, y en muchas provincias se usa dar beso de paz y bienvenido al huésped…»
Todavía en el s.XVII, el primer diccionario de la lengua española (Covarrubias, año 1611) en la entrada “besar” dice:
«El beso es señal de paz, y assí vale en este sentido una mesma cosa besarse, o darse paz, y quando esta paz o beso es fingido, tiénese por trayción … Es también el beso señal de confederación, y assí en la ley final, tít.12, part. 7, se manda que los que hizieren amistades por rencillas pasadas se perdonen e se besen. En la ley vieja una de las solenidades que el padre usava para dar la primogenitura a uno de sus hijos, era besarle. … En el dar de los grados a los doctores se usa la solenidad del beso, y en las Iglesias Catedrales, en la recepción de los canónigos, y en muchas provincias se usa dar beso de paz y bienvenido al huésped…»Por mencionar algo más clásico aún, no podemos olvidar aquí la leyenda que cuenta cómo Afrodita ordena a Pigmalión besar a la estatua (derecha, óleo de Jean Leon Gerome), y que tras el beso se convierte en real… (ver Sobre el rey Pigmalión...) Por no hablar del beso como afamado sistema empleado para convertir batracios en príncipes, y viceversa, durante la oscura Edad Media nórdica, o para despertar princesitas en estado de coma. O para librarlas de un hechizo casamentero, en cuyo especial caso un solo beso no basta, como ocurre con este mito gallego del Castro de Samoedo (Sada, La Coruña):
«Besas a unos, Póstumo, y a otros les das la mano. Me preguntas: “¿Qué prefieres? Escoge.” Prefiero la mano» (Marcial: Epigrama II-20)
Con la desaparición de Roma la violencia social se impuso al pacto social. Aunque en Grecia y Roma se estilaba saludar estrechándose fuertemente las muñecas, con el sentido oculto de precaverse contra los ataques de daga a traición ―ése es el mensaje envenenado del aparentemente insulso epigrama de Marcial. Hay que puntualizar que tal estrechamiento de muñecas, antecedente del apretón de manos, tiene a su vez como antecedente inmemorial (y comercial) al choque de manos. Constituía el cierre de trato en los trueques más arcaicos, al más puro estilo "colegui" actual (ver El Origen del Dinero I). Un choque de manos que era tan importante como para representar al trueque en sí:
Trocar no significó en sus orígenes cambiar, que es su sentido actual: trocar es palabra onomatopéyica de origen incierto (troc-troc), como corresponde a su ancestralidad, que significa golpear, chocar, y responde al choque de las palmas de las manos que cerraban el trato (hoy ese choque suena más bien como clap-clap, o como plas-plas ¡aquellos sí que eran tratantes de manos rudas!). A tener en cuenta a este respecto, es que un derivado de trocar, surgido casi de inmediato, es... truco, trucar: mejor dicho, la palabra raíz es "truecar", la cual se dividió enseguida, empujada por la experiencia, que es la madre de la ciencia, en dos conceptos, trocar y trucar. Ambos derivados, trueque y truco, han condicionado siempre cualquier intercambio (y no sólo los de tipo económico) ante la gran duda: ¿...truco o trato?).
A partir de la Edad Media el ósculo quedó reservado a las más altas instancias ―aquellas que siempre están bien protegidas por su escolta―, mientras que un “apretón de manos” sustituyó al ósculo y al aventurado abrazo entre los caballeros: para saludarse, como demostración de reconocimiento, se ofrecían la mano contraria al lugar donde se llevaba la espada, normalmente el costado izquierdo; así, al sujetar la mano al contrincante, y no dejarse inmovilizar por la muñeca como antaño, se aseguraban de que el otro no sacaría la espada de repente.
Con la desaparición de Roma la violencia social se impuso al pacto social. Aunque en Grecia y Roma se estilaba saludar estrechándose fuertemente las muñecas, con el sentido oculto de precaverse contra los ataques de daga a traición ―ése es el mensaje envenenado del aparentemente insulso epigrama de Marcial.
Trocar no significó en sus orígenes cambiar, que es su sentido actual: trocar es palabra onomatopéyica de origen incierto (troc-troc), como corresponde a su ancestralidad, que significa golpear, chocar, y responde al choque de las palmas de las manos que cerraban el trato (hoy ese choque suena más bien como clap-clap, o como plas-plas ¡aquellos sí que eran tratantes de manos rudas!). A partir de la Edad Media el ósculo quedó reservado a las más altas instancias ―aquellas que siempre están bien protegidas por su escolta―, mientras que un “apretón de manos” sustituyó al ósculo y al aventurado abrazo entre los caballeros: para saludarse, como demostración de reconocimiento, se ofrecían la mano contraria al lugar donde se llevaba la espada, normalmente el costado izquierdo; así, al sujetar la mano al contrincante, y no dejarse inmovilizar por la muñeca como antaño, se aseguraban de que el otro no sacaría la espada de repente.
La pervivencia medieval es demostrable por el hecho de que, aun hoy, el apretón de manos no se estila con las féminas ni entre féminas.
«Cuando se encuentran dos persas en la calle, se conoce enseguida si son o no de una misma clase, porque si lo son, en lugar de saludarse de palabra, se dan un beso en la boca; si uno de ellos fuese de condición algo inferior, se besan en la mejilla; pero si la diferencia de posición resultase excesiva, postrándose, reverencia al otro. Dan el primer lugar en su aprecio a los que habitan más cerca, el segundo lugar a los que siguen a éstos, y así sucesivamente, lisonjeándose de ser los persas los hombres más excelentes del mundo» (Herodoto: Los nueve libros de la Historia, Libro I)
3. Del beso con vino
«Quienes han escrito acerca de la vida y la cultura del pueblo romano, dicen que en Roma y en el Lacio las mujeres pasaban sus días abstemias, esto es, que siempre se abstenían del vino, el cual era llamado temetum en la lengua antigua, y que, para sorprenderlas se había establecido que dieran un beso a sus consanguíneos, de modo que el olor proporcionara indicio de si habían bebido. Pero relatan que solían ellas beber aguapié, vino de pasas, vino mirrado y cosas de ese género, de sabor dulce» (Aulo Gelio: Noches áticas, X-23)
La cultura del vino, como norma general, ha estado vedada para la mujer ―exceptuando, por supuesto, la vendimia y sus penalidades― hasta casi nuestros días. La única fémina que participaba en los banquetes griegos era la flautista, antecesora de los trovadores medievales o los conjuntos "de cámara" del Renacimiento, creados ex-profeso para alegrar las comilonas nobles y potentadas. Los romanos introdujeron la costumbre de permitir a sus matronas únicamente el consumo de moscatel ―nombre que le viene a través del persa 'misk', nuez moscada, por el parecido de su color―, una costumbre que los que vamos para viejos en este 2009 recordamos de nuestra infancia, muy agradablemente, por cierto.
«Quienes han escrito acerca de la vida y la cultura del pueblo romano, dicen que en Roma y en el Lacio las mujeres pasaban sus días abstemias, esto es, que siempre se abstenían del vino, el cual era llamado temetum en la lengua antigua, y que, para sorprenderlas se había establecido que dieran un beso a sus consanguíneos, de modo que el olor proporcionara indicio de si habían bebido. Pero relatan que solían ellas beber aguapié, vino de pasas, vino mirrado y cosas de ese género, de sabor dulce» (Aulo Gelio: Noches áticas, X-23)
La cultura del vino, como norma general, ha estado vedada para la mujer ―exceptuando, por supuesto, la vendimia y sus penalidades― hasta casi nuestros días. La única fémina que participaba en los banquetes griegos era la flautista, antecesora de los trovadores medievales o los conjuntos "de cámara" del Renacimiento, creados ex-profeso para alegrar las comilonas nobles y potentadas. Los romanos introdujeron la costumbre de permitir a sus matronas únicamente el consumo de moscatel ―nombre que le viene a través del persa 'misk', nuez moscada, por el parecido de su color―, una costumbre que los que vamos para viejos en este 2009 recordamos de nuestra infancia, muy agradablemente, por cierto.
Y todo ello aun opinando, como expone Plutarco en su Moralia:

«Conviene que los hombres que se acerquen a las mujeres para engendrar hijos hagan la unión o totalmente templados o habiendo bebido moderadamente… En contraste… las mujeres se emborrachan muchísimo menos que los hombres; la constitución húmeda que tienen les proporciona la delicadeza de su carne, lustre, suavidad y menstruaciones. Por tanto, cuando el vino cae en tanta humedad, pierde su temple y se hace completamente inconsistente y aguado. Y aunque beban de un trago –generalmente lo hacen así–, al tener el cuerpo poroso por el incesante trasiego de flujos, el vino se esparce rápidamente y no se detiene en las partes principales por cuya perturbación sobreviene el emborracharse».
Aquí Plutarco incluso sigue la autoridad estelar de Aristóteles, el cual, aunque, naturalmente, sin mencionar a la mujer, ignorándola absolutamente, sí se refiere al niño, el cual tiene, según él, una “constitución” similar:
«¿Por qué a los niños, que son calientes, no les gusta el vino, y en cambio a los escitas y a los hombres valientes, que son calientes, sí les gusta? ¿Es porque éstos son calientes y secos (pues así es la constitución del varón), y sin embargo, los niños son húmedos y calientes, y el gusto por la bebida es un deseo de algo húmedo? Pues bien, la humedad impide que los niños estén sedientos, ya que el deseo es una cierta carencia». (Problemata, III- 7)
Y atención al delicioso problema 24:
«¿Por qué los borrachos son más llorones? ¿Es porque se vuelven calientes y húmedos? De hecho son incapaces de dominarse, hasta el punto de alterarse por pequeñas cosas».
(Livia Drusila, esposa de Augusto, vendimiando. Los adolescentes que nos culturizamos con el Yo Claudio de Robert Graves en la tele, aprendimos que mientras Livia se vendimiaba, en pro de su hijo Tiberio, a la descendencia de su Augusto esposo, éste estuvo todo el rato a por uvas)
Entonces, ¿a cuento de qué las barreras entre la mujer y el vino? Sobre todo si se trata de algo más que barreras: «Si sorprendes a tu mujer bebiendo vino, mátala», se dice por ahí que aconsejaba el comprensivo Catón, famoso ya en su época por ese talante bonachón y dicharachero que le inundaba de paz el semblante (imagen de la derecha, el interfecto retratado en uno de los realistas bustos romanos). Pero no seamos injustos con él, no saquemos sus frases de quicio ni contexto, y transcribámoslas en todo su esplendor:«Cuando el marido se divorcia, es, para su esposa, juez como un censor, tiene el poder que le parece: si la esposa ha hecho algo perverso o vergonzoso, la castiga; si ha bebido vino, si con quien no es su marido ha hecho algo oprobioso, sea condenada...
Si sorprendes a tu mujer en adulterio, sin juicio podrás impunemente matarla; si tú cometes adulterio o lo cometen contigo, que ella no ose tocarte un dedo: no es derecho suyo» (Marco Catón: Acerca de la dote)
Y es que, ocurría que la embriaguez se consideraba una posesión por parte de un espíritu, y por muy divino que fuera éste, una mujer que bebía era, en consecuencia, una mujer adúltera. La práctica social y pública del beso en la boca fue impuesta en el s.−VII por Numa Pompilio, segundo rey de Roma... como medio de indagar por el aliento si la casta esposa había puesto los cuernos al honrado marido con el alegre Baco. Nunca agradeceremos suficientemente la labor civilizadora de Roma.
Bromas aparte, recalcaremos lo de la “práctica social del beso” --la tortura también es una práctica social--, porque eso fue lo que ocurrió: el Estado romano decretó la oficialización de otro beso, distinto del administrativo ósculo (que, irónicamente, tiene el tierno siginificado de “boquita”, al ser diminutivo de ‘os, -oris’, “boca, orificio en general”) y distante del íntimo morreo ―también en la boca, faltaría más― llámese en latín como se llame. En definitiva, no se hizo otra cosa que sacar el beso del armario, no “inventar” el beso en la boca. El hispano-romano del s.I, Marco Valerio Marcial no necesita aclarar de qué está hablando cuando asevera:
«¿Por qué no te beso, Filenis? Eres calva. ¿Por qué sigo sin besarte, Filenis? Eres pelirroja. ¿Por qué, Filenis, todavía no te beso? Eres tuerta. Quien besa todo esto, Filenis, es contrario a la naturaleza». (Epigramas, II-31)
Y en sentido opuesto al de Marcial y mucho tiempo antes, el mismísimo rey Salomón se explayaba a gusto en el Cantar de los Cantares:
«Miel virgen destilan tus labios, esposa mía;
leche y miel bañan tu lengua,
y es el olor de tus vestidos el perfume del incienso…» (4, 11)
«Tu boca es vino generoso,
que se entra suavemente en mi paladar
y suavemente se desliza entre labios y dientes». (7, 10)
leche y miel bañan tu lengua,
y es el olor de tus vestidos el perfume del incienso…» (4, 11)
«Tu boca es vino generoso,
que se entra suavemente en mi paladar
y suavemente se desliza entre labios y dientes». (7, 10)
Por si alguien tacha de privadas exageraciones enfermizas las citadas palabras de Catón, aunque también lo sean, añadiremos el testimonio del libro VI de las Historias de Polibio:
«Entre los romanos se prohíbe a las mujeres beber vino; ellas beben el llamado 'passos', elaborado con pasas, parecido al vino dulce que se bebe en Megara y al vino de Creta; por eso cuando la sed las abrasa toman este sucedáneo. Y es imposible que pase desapercibida la mujer que ha tomado vino: en primer lugar nunca disponen de él y, además, debe besar a sus padres, a sus suegros y aún a sus sobrinos, y esto cada día, en el mismo instante que los ve por primera vez. Asimismo, al no saber con quién conversará, con quiénes se encontrará, toma sus precauciones, porque la cosa, sólo con que haya probado un poco de vino, no necesita acusación ante el juez»Sobre todo y ante todo, lo que de verdad sucedía era que «las causas de divorcio tenían, como las del matrimonio, un carácter patrimonial: el adulterio, el ingerir un abortivo, el beber vino o el sustraer las llaves de la bodega para beber vino son actos deshonrosos en los que la mujer, al someterse a influencias extrañas y exteriores acepta hechos de posesión y, como tales, comete infracciones a la fidelidad conyugal.» (García Garrido: Derecho Romano Privado, 206.)
También el Diccionario de Covarrubias recoge esta tradición romana, en la misma entrada “besar”:
«...Usóse en Italia en tiempos atrás, y dizen que los parientes tenían esta licencia para certificarse que las mujeres no bevian vino, argumento de que eran castas. Plinio, lib. 14, cap. 31: ‘Cato ideo propinquos faeminus osculum dare iussit, ut scirent an tementum clerent’. … Y assí por sólo el beso dado al extraño pierde la mujer casada el dote…».
Naturalmente, las féminas afectadas recurrían a los correspondientes ardides para ocultar su debilidad, tal y como nos ilustra Marcial ―cuyos textos apoyan las escenografías con que Pasolini vivifica los relatos de Petronio―, en más de uno de sus Epigramas; por ejemplo el 4 del Libro V:
«Mirtale huele ordinariamente a vino de modo exagerado; pero para engañarnos come hojas de laurel y mezcla astutamente en su vino, no agua, sino dichas hojas. Cuantas veces la veas, Paulo, con la tez encarnada y las venas hinchadas, puedes decir: "Mirtale ha bebido laurel"».
O, el epigrama 88 del Libro III:
«Para que no huelas, Fascenia, por el mucho vino que tragaste ayer, tomas sin moderación pastillas de Cosmos (nombre del más afamado perfumista romano de la época). Tales drogas blanquean tus dientes pero no tienen eficacia cuando un eructo sube desde tu interior. Pero, ¿qué digo? Entonces, ¿no es peor y huele también peor esta mezcolanza de perfume y malos olores, doble olor que proyecta tu aliento?
Renuncia, pues, a engaños conocidos de todos y a subterfugios que han sido descubiertos. Sé ebria abiertamente».
En cuanto a la relación mitológica del perverso Dionisos/Baco con el vino (imagen izquierda, según un vaso griego), y su traducción en acontecimientos históricos, tenemos la inapreciable información de Robert Graves:
« Jane Ellen Harrison fue la primera en señalar que Dioniso, el dios del Vino, es una superposición posterior sobre Dioniso, el dios de la Cerveza, llamado también Sabacio. La guía principal de la fábula mística de Dioniso es la difusión del culto de la viña por Europa, Asia y el norte de África.
El vino no fue inventado por los griegos: parece haber sido importado por primera vez en cántaros de Creta ('oinos', vino, es una palabra cretense). Se daban uvas silvestres en la costa meridional del Mar Negro, desde donde su cultivo se extendió al monte Nisa en Libia, por Palestina, y así hasta Creta; a la India por Persia; y a la Bretaña de la Edad de Bronce por la Ruta del Ámbar. Faros, pequeña isla frente al delta del Nilo [y que dio nombre al faro en sí], contaba con el mayor puerto de la Edad de Bronce. Era el almacén de los mercaderes provenientes de Creta, Asia Menor, las islas del Egeo, Grecia y Palestina. El culto del vino debió de extenderse desde allí en todas direcciones. Las orgías de vino del Asia Menor y la Palestina —la Fiesta de los Tabernáculos cananea era originalmente una bacanal— se caracterizaban por casi los mismos éxtasis que las orgías de cerveza de Tracia y Frigia. El reconocimiento oficial en Delfos, Corinto, Esparta y Atenas del culto extático del vino correspondiente a Dioniso, hecho muchos siglos después, tenía por finalidad desalentar todos los ritos anteriores más primitivos; y parece haber puesto fin al canibalismo y al asesinato ritual, excepto en las partes más salvajes de Grecia.
El triunfo de Baco, [representado desde los mosaicos romanos (bajo estas líneas, en el museo arqueológico sevillano) hasta Velázquez], consistió en que el vino sustituyó en todas partes a las otras bebidas alcohólicas. Que las Ménades (derecha, copia romana en el Museo del Prado) utilizaran como tirsos ramas de abeto rodeadas de hiedra recuerda una forma de bebida alcohólica anterior: cerveza de abeto mezclada con hiedra y endulzada con hidromiel. El hidromiel era el «néctar» elaborado con miel fermentada que los dioses seguían bebiendo en el Olimpo homérico» (Robert Graves: Los mitos griegos).«Los persas son muy aficionados al vino. Tienen por mala crianza vomitar y orinar delante de otro. Después de bien bebidos, suelen deliberar acerca de los negocios de mayor importancia. Lo que entonces resuelven, lo propone otra vez el amo de la casa en que deliberaron, un día después; y si lo acordado les parece bien en ayunas, lo ponen en ejecución, y si no, lo revocan. También suelen volver a examinar cuando han bebido bien aquello mismo sobre lo cual han deliberado en estado de sobriedad» (Herodoto: Los nueve libros de la Historia, Libro I)
4. Conclusión
¿Acaso, como la mayoría de la gente cree, se debe a que las mujeres tenían prohibido beber vino y, para que no pudieran ocultarlo, sino para descubrirlas, se estableció la costumbre de besar sus familiares al reunirse con ellos?...
¿O quizá se otorgó semejante privilegio a las mujeres tratando de conferirles a un tiempo honor e influencia al permitirles mostrar que poseen numerosos y excelentes familiares y allegados?
¿O el motivo fue que, estando prohibido por las leyes que las mujeres se casaran con parientes suyos, se permitió no obstante llegar hasta el beso en manifestación de afecto, y esto quedó como única señal indicadora del parentesco...?» (Plutarco de Queronea: Cuestiones romanas)
En cualquier caso lo que el beso indagatorio pone en evidencia, y lo que sin embargo no es resaltado por los “historiadores del beso”, es el estado de profunda sumisión al varón ―no en vano la palabra virtud deriva del latín ‘vir’, varón, y significa “característica varonil”― en el que vivía la mujer romana. Así vemos cómo las ilustraciones de Marcial, a la vez que testimonian la despreciable costumbre, también la admiten y asumen con toda naturalidad, al tiempo que transparentan el desprecio misógino general.
Es tremenda la imagen de humillación que supone ese beso inquisitorial a todo hombre que le venga en gana ―aunque obligatoriamente sea de su familia― y en cualquier momento y lugar. Y equivale a una violación legal, pues todo beso en la boca, como contacto íntimo que es, reglamentario o no, debe de ser, y tiene que ser, plenamente consentido.
Y lo más siniestro del caso es que, a pesar de ello, la mujer romana fue mucho más independiente y más libre que todas las anteriores y posteriores a ella hasta no llegar al pleno siglo XX.
«Ella llegó sigilosamente a casa, no encendió la luz. Él se despertó justo cuando ella se estaba acostando. Preguntó que hora era. Las dos, contestó ella. Él preguntó qué tal había estado. Bueno, contestó ella, no ha estado mal. Él necesitaba ir al baño, se había bebido tres cervezas antes de acostarse, sobre las doce. Miró su reloj. Eran las tres. Son las tres, dijo al volver al dormitorio. Ah, bueno, contestó ella, dispuesta a acurrucarse junto a él. Él se apartó y dijo: Cierran a las dos. Me acompañaron hasta casa, dijo ella, el tipo se parecía a Stalin, bueno, no exactamente hasta casa. No quiero seguir, dijo él. No me acosté con él, dijo ella. No quiero seguir, repitió él. No es fácil venirse directamente a casa, dijo ella. Claro que no, contestó él. Había un tipo que quería acostarse conmigo, pero le dije que estaba casada y entonces se marchó. ¿De verdad se lo dijiste? Qué valiente por tu parte. No me quieres nada, dijo ella. Ahora quiero dormir, dijo él. Todo lo que hago está mal, dijo ella. Él no contestó. No he hecho nada malo. No, qué va, dijo él. El tipo sólo intentaba mostrarse amable, dijo ella. Claro que sí, contestó él, durante una hora. Lo que pasa es que estás celoso, dijo ella. ¿Sólo eso?, preguntó él. Ni siquiera te atreves a preguntarme si me besó, dijo ella. Así es, dijo él, o si tú le besaste a él. No significó nada, dijo ella. Claro que no, dijo él, esas cosas nunca significan nada, ¿qué pueden significar? Claro que no significan nada, lo único que significa algo es... ¿Qué?, preguntó ella. Nada, nada, contestó él» (Kjell Askildsen)





















