«Algunos niegan que Prometeo creara a los hombres, o que algún hombre brotara de los dientes de una serpiente. Dicen que la Tierra los produjo espontáneamente, como el mejor de sus frutos, especialmente en la región del Ática, incluso antes que existiera la Luna...» (Platón, según Robert Graves, Los mitos griegos)Así contaban los griegos a sus niños de dónde vinieron los primeros bebés. Prometeo ―un titán o dios de segunda regional que se caracterizaba por su astucia y su dedicación al bienestar humano, hobby peligroso donde los haya― nos había creado, aunque sóla y exclusivamente nos había creado a los masculinos. Se ve que, como nos hacía con barro, salvo en un frágil punto somos obviamente más fáciles de modelar que las chicas. Así que, todos tíos. Queda bastante claro que en la mente de Prometeo no había ni la más remota intención de “crear al Hombre”, sino que era más bien una especie de afición al diseño industrial de robots animados, un hobby, vamos. De hecho la mitología griega explica la muy posterior creación de la primera mujer, justificándolo como un acto de venganza de Zeus a causa de la generalización de la tecnología del fuego entre esa primitiva humanidad exclusivamente masculina:
«A ellos yo, a cambio del fuego, les daré un mal con el que todos se gocen en su ánimo, encariñándose con su propia desgracia»
Así se regodeaba el bueno de Zeus mientras tramaba la creación de Pandora, la primera mujer, la de la caja; la dichosa caja, un recipiente que, según nos informa Graves, responde a una traducción deficiente: se trata de un cántaro.

En la cultura griega, Prometeo era el semidiós que creó a los hombres, a todos los hombres y sólo a los hombres ―pero no a las mujeres―, también, del barro de la tierra. En contra de la opinión de los dioses, que sabían lo que hacían, robó para nosotros el fuego, que por entonces se preservaba en el cielo, una trasgresión por la cual Prometeo fue crucificado eternamente. La primera mujer, Pandora, fue creada contundentemente por los dioses... como parte del castigo a los hombres, cómplices y beneficiarios de la fechoría; en vez de un pan Pandora traía bajo el brazo una caja donde se guardaban todos los males que aquejan al mundo desde aquello. Los griegos sí que tenían una religión con respuestas.
La tradición grecojudía
La precipitada faena de Zeus demuestra, entre otras cosas, cómo la venganza ciega puede ser la perdición de quien la sufre, pues con este acto de sorda furibundia se proporcionaba a los hombres la posibilidad de reproducirse fuera de la alfarería ajena, en plan autónomo y por cuenta propia.
«Enton
ces se irritó el corazón de Zeus cuando vio entre los hombres el brillo que se ve de lejos del fuego. Y al punto, a cambio del fuego, preparó un mal para los hombres:
Modeló de tierra Hefesto una imagen con apariencia de casta doncella. Atenea le dio ceñidor y la adornó con vestido de resplandeciente blancura; la cubrió desde la cabeza con un velo, maravilla verlo… con deliciosas coronas trenzadas con flores rodeó sus sienes. En su cabeza colocó una diadema de oro cincelada por las manos de Hefesto… Luego la llevó donde estaban los demás dioses y los hombres… y un estupor se apoderó de los inmortales dioses y hombres mortales cuando vieron el espinoso engaño, irresistible para los hombres» (Hesíodo: Teogonía, 570)
Pandora, paralelamente a Eva, es culpada por Hesíodo de la mortalidad del hombre y de todos los males que le acosan, así como de la frívola manera de conducirse por parte de las esposas:
«Pues de ella desciende la funesta estirpe y las tribus de mujeres. Gran calamidad para los mortales, con los varones conviven sin conformarse con la funesta penuria, sino con saciedad… así desgracia para los hombres mortales hizo Zeus altitonante a las mujeres, siempre ocupadas en perniciosas tareas».
Dejemos para luego a Eva, y tratemos a un personaje bastante más silenciado: Lilith. Se trata de una personalidad muy conocida en la mitología babilonia, aunque también aparece en la literatura judía postbíblica. Carecemos de referencias acerca de su aparición en escena, pero parece tratarse de una “demonia” hebrea, habitante del desierto y relacionada con la noche y el sueño, y con determinados rasgos que la acercaban a la órbita de la hechicería y del vampirismo. En la literatura rabínica figuró como primera mujer de Adán, del que engendró a los demonios y a los gigantes, y a quien abandonó después de un altercado [1].
Según algunas tradiciones, Caín y Abel no eran hijos de Eva sino de Lilith. Y ciertas sectas heréticas veneran a Caín como un Profeta. Le contemplan como una figura paralela a Prometeo porque representa la rebeldía del hombre frente a una obediencia ciega a la divinidad. La Biblia le acusa de ser el inventor de las ciudades, a las que los hebreos odiaban con todo su alma beduina, un pecado paralelo al de la manufactura prometeica del fuego, con el que los hombres podían habitar hogares, y con ellos, ciudades.

ces se irritó el corazón de Zeus cuando vio entre los hombres el brillo que se ve de lejos del fuego. Y al punto, a cambio del fuego, preparó un mal para los hombres:Modeló de tierra Hefesto una imagen con apariencia de casta doncella. Atenea le dio ceñidor y la adornó con vestido de resplandeciente blancura; la cubrió desde la cabeza con un velo, maravilla verlo… con deliciosas coronas trenzadas con flores rodeó sus sienes. En su cabeza colocó una diadema de oro cincelada por las manos de Hefesto… Luego la llevó donde estaban los demás dioses y los hombres… y un estupor se apoderó de los inmortales dioses y hombres mortales cuando vieron el espinoso engaño, irresistible para los hombres» (Hesíodo: Teogonía, 570)
Pandora, paralelamente a Eva, es culpada por Hesíodo de la mortalidad del hombre y de todos los males que le acosan, así como de la frívola manera de conducirse por parte de las esposas:
«Pues de ella desciende la funesta estirpe y las tribus de mujeres. Gran calamidad para los mortales, con los varones conviven sin conformarse con la funesta penuria, sino con saciedad… así desgracia para los hombres mortales hizo Zeus altitonante a las mujeres, siempre ocupadas en perniciosas tareas».
Dejemos para luego a Eva, y tratemos a un personaje bastante más silenciado: Lilith. Se trata de una personalidad muy conocida en la mitología babilonia, aunque también aparece en la literatura judía postbíblica. Carecemos de referencias acerca de su aparición en escena, pero parece tratarse de una “demonia” hebrea, habitante del desierto y relacionada con la noche y el sueño, y con determinados rasgos que la acercaban a la órbita de la hechicería y del vampirismo. En la literatura rabínica figuró como primera mujer de Adán, del que engendró a los demonios y a los gigantes, y a quien abandonó después de un altercado [1].
Según algunas tradiciones, Caín y Abel no eran hijos de Eva sino de Lilith. Y ciertas sectas heréticas veneran a Caín como un Profeta. Le contemplan como una figura paralela a Prometeo porque representa la rebeldía del hombre frente a una obediencia ciega a la divinidad. La Biblia le acusa de ser el inventor de las ciudades, a las que los hebreos odiaban con todo su alma beduina, un pecado paralelo al de la manufactura prometeica del fuego, con el que los hombres podían habitar hogares, y con ellos, ciudades.

La representación de Miguel Ángel en la Capilla Sixtina parece recoger las tradiciones acerca de Lilith. La serpiente paradisíaca no resulta como tal reptil repulsivo, sino que más bien se acerca a la imagen que tenemos hoy de las sirenas tentadoras, con una cola mucho más práctica y mejor adaptada al clima mediterráneo. Aquí la podemos observar tonteando discretamente con Adán mientras distrae a Eva con la eterna manzana de la discordia.
Según Robert Graves, el nombre de Prometeo, “previsión” puede haber tenido su origen en una interpretación griega errónea del sánscrito ‘pramantha’, la esvástica, que es un taladro de fuego ―representado por esa figura que nos es tan familiar, pero orientada en sentido opuesto― que se suponía había inventado él.
Volviendo a la orilla griega del Mediterráneo, según el mito pelasgo de la creación:
«… El primer hombre fue Pelasgo, progenitor de los pelasgos; surgió del suelo de Arcadia, seguido de algunos otros, a los que enseñó a construir chozas, alimentarse de bellotas y coser túnicas de piel de cerdo como las que la gente pobre lleva todavía en Eubea y Fócida…»
Pelasgia suele identificarse con Tesalia que, al igual que Arcadia, Eubea y Fócida son regiones griegas. Los pelasgos, cuya pretensión parece haber sido que habían brotado de los dientes de Ofión ―serpiente-demiurgo del mito hebreo y egipcio que en el arte mediterráneo primitivo aparece constantemente en compañía de la Diosa-Luna―, eran quizás, el pueblo neolítico de los "géneros pintados"; llegaron a tierra firme de Grecia desde Palestina alrededor del 3500, y los primeros helenos ―inmigrantes del Asia Menor que habían pasado por las Cícladas― los encontraron ocupando el Peloponeso setecientos años después. Pero el nombre de 'pelasgos' llegó a aplicarse vagamente a todos los habitantes pre-helénicos de Grecia.
Volviendo a la orilla griega del Mediterráneo, según el mito pelasgo de la creación:
«… El primer hombre fue Pelasgo, progenitor de los pelasgos; surgió del suelo de Arcadia, seguido de algunos otros, a los que enseñó a construir chozas, alimentarse de bellotas y coser túnicas de piel de cerdo como las que la gente pobre lleva todavía en Eubea y Fócida…»
Pelasgia suele identificarse con Tesalia que, al igual que Arcadia, Eubea y Fócida son regiones griegas. Los pelasgos, cuya pretensión parece haber sido que habían brotado de los dientes de Ofión ―serpiente-demiurgo del mito hebreo y egipcio que en el arte mediterráneo primitivo aparece constantemente en compañía de la Diosa-Luna―, eran quizás, el pueblo neolítico de los "géneros pintados"; llegaron a tierra firme de Grecia desde Palestina alrededor del 3500, y los primeros helenos ―inmigrantes del Asia Menor que habían pasado por las Cícladas― los encontraron ocupando el Peloponeso setecientos años después. Pero el nombre de 'pelasgos' llegó a aplicarse vagamente a todos los habitantes pre-helénicos de Grecia.
No nos extenderemos aquí mucho más en este interesante tema, pero lo visto es suficiente para intuir que, para los curtidos dioses del olimpo griego, los hombres no éramos precisamente el ojito derecho de papá sino una especie exótica más o menos molesta y con la que había que andarse con mucho cuidado.Pero no vayamos tan aprisa y hablemos un poco de la olvidada Eva, la pobre Eva. Y releamos la Biblia, asentadamente y no como de costumbre. Según el Génesis en particular, claro está, en su capítulo 2 a partir del versículo 18:
«Dijo asimismo el Señor Dios: No es bueno que el hombre esté solo: hagámosle ayuda y compañía semejante a él. Formado, pues, que hubo de la tierra todos los animales terrestres y todas las aves del cielo, los trajo a Adán, para que viese cómo los había de llamar… Llamó, pues, Adán por sus propios nombres a todos los animales, a todas las aves del cielo y a todas las bestias de la tierra: mas no se hallaba para Adán ayuda o compañero a él semejante. Por lo tanto, hizo caer sobre Adán un profundo sueño y etc., etc., etc.»
Es decir, como "no se hallaba para Adán ayuda o compañero a él semejante. Por lo tanto…" tuvo que recurrir al parche, a la chapuza, al bricolaje, a Eva. Como vemos, en comparación con nuestra pobre primera madre, Pandora podía considerarse la reina de los mares. Y de aquellos lodos, estos polvos. En fin.
Además, la misma Biblia tiene bastante responsabilidad en las sospechas de ciertas gentes acerca de la existencia de una primera mujer anterior a Eva, es decir Lilith, por cuanto antes de esta curiosa búsqueda de pareja indiscriminada para Adán que acabamos de comentar, cuenta, concretamente en Génesis 1-27:
«Y creó Dios al hombre a imagen suya, a imagen de Dios lo creó, y los creó macho y hembra; y los bendijo Dios , diciéndoles: ''Procread y multiplicaos, y henchid la tierra; sometedla y dominad sobre los peces del mar y sobre las aves del cielo y...» cometed así todas esas barbaridades que llevarán a la extinción de sus especies, a la deforestación planetaria y a vuestra propia autodestrucción''. En fin, en fin.

(El Paraíso Terrenal después de la Caída)
Nos olvidamos ya de la buena de Lilith, no sin antes aconsejar un vistazo sobre el tema en la página http://www.uvilce.es/uvilce/index.php?option=com_content&task=view&id=17&Itemid=97
Eva y Pandora son las dos primeras humanas míticas creadas con nombre, y lo fueron por las dos mitologías que integran lo más sustancial de nuestra cultura, la griega y la hebraica, que según parece tuvieron una génesis simultánea, hacia el s. −X, y un desarrollo tan correlativo en el tiempo como divergente en su sentido. Dos desarrollos del mismo tema tan discordantes como por fuerza tienen que serlo las gentes de tan diferentes contextos económicos: pastores y comerciantes... como expresa muy gráficamente el hecho de que Adán fuera un ejemplar único, al más puro estilo de la procreación característica de la ganadería, mientras que los hombres creados por Prometeo, también a base de lodo, fueran manufacturados por lotes, prestos para exportar allí donde hiciera falta; una mentalidad comercial para la cual todo es mercantilizable y reductible al dinero, cuya andadura comenzaba a iniciarse en el tesoro bancario de los templos griegos [2].
Eva y Pandora son las dos primeras humanas míticas creadas con nombre, y lo fueron por las dos mitologías que integran lo más sustancial de nuestra cultura, la griega y la hebraica, que según parece tuvieron una génesis simultánea, hacia el s. −X, y un desarrollo tan correlativo en el tiempo como divergente en su sentido. Dos desarrollos del mismo tema tan discordantes como por fuerza tienen que serlo las gentes de tan diferentes contextos económicos: pastores y comerciantes... como expresa muy gráficamente el hecho de que Adán fuera un ejemplar único, al más puro estilo de la procreación característica de la ganadería, mientras que los hombres creados por Prometeo, también a base de lodo, fueran manufacturados por lotes, prestos para exportar allí donde hiciera falta; una mentalidad comercial para la cual todo es mercantilizable y reductible al dinero, cuya andadura comenzaba a iniciarse en el tesoro bancario de los templos griegos [2].
La tradición oriental
Y es un tema que había sido madurado en el país de Aram ―zona que comprende los antiguos territorios de Sumeria y Babilonia― a lo largo de los dos milenios anteriores, y que a su vez tuvieron su núcleo creativo más hacia el Este, en las mucho más antiguas tradiciones de los pueblos del valle del Indo [3]. Manu, en sánscrito, “hombre”, es el título genérico de los 14 progenitores de la humanidad que, en la creencia hindú, gobiernan el mundo de forma individual durante un periodo de tiempo conocido como manvantara, cuya duración se estima en 4.320.000 años. El primer manu se llamó Svayambhuva, que significa "hijo del que existe por sí mismo" o Brahma. Según el poema épico indio Mahabharata, este manu fue el autor del Manu Smriti o Leyes de Manu, un código renovado que contenía 100.000 versos, según se decía, y cuyas instrucciones morales y sociales estaban encaminadas al fortalecimiento del sistema de castas de la India y de la posición suprema de los brahmanes.
El manu de la época actual es el séptimo, y se llama Vaivasvata ―ya que es el hijo de Vaivasvat, el Sol―, el Noé de la versión hindú de la historia del Diluvio.
Pues bien, tampoco aquí la aparición humana es demasiado bien recibida. En una primera creación, un proceso oscuro sin inteligencia, aparecerían las cosas inmóviles; en la segunda fase surgieron los animales, ignorantes e instintivos; tras ellos estalló una creación luminosa y liberadora porque entonces aparecieron los dioses. Pero ¡ay! llegó la cuarta y última creación con un áspero retroceso: entre una amenazadora nube de luces y sombras apareció la humanidad. Se siente.
En cuanto a los sumerios, el poema acadio Atrahasis, escrito a principios del II milenio, comienza evocando el inicio de los tiempos, cuando los dioses menores, bajo la dirección del violent
o Enlil, tenían que excavar los canales, levantar los diques, reparar ambos y labrar la tierra. Cansados del arduo trabajo de drenar las marismas, represar las aguas y arar los campos con el fin de cultivar lo necesario para alimentarse a sí mismos y a los dioses mayores, quemaron sus picos y palas, renunciaron a trabajar y amenazaron a Enlil, el capataz. Los tres máximos dioses, Anu, Enlil y Ea, es decir, el cielo, la tierra y las aguas, se reunieron con urgencia para tratar no sólo de resolver el conflicto, sino de sentar las bases para que no volviera a presentarse.
"Ea, el más astuto de ellos, propuso la ingeniosa solución de crear unos seres, los humanos, que trabajaran en lugar de los dioses y para ellos, entregándoles parte del alimento que produjeran. Esos nuevos seres habrían de ser formados a partir de arcilla, nuevamente el lodo, mezclada con la sangre de uno de los dioses menores, el que había encabezado la rebelión, significativa y precisamente. A partir de la masa original de arcilla y sangre se crearon siete hombres y siete mujeres, que fueron el inicio del linaje de los humanos. A partir de entonces los dioses no tuvieron que trabajar más, limitándose a vivir de las ofrendas de los humanos". (Mircea Elíade, El origen del mundo).
El párrafo no precisa de comentarios. Sólo especificar que Ea alegaba haber creado un hombre magnífico con la sangre de Kingu, una especie de Cronos babilonio, en tanto que la diosa-Madre, Aruru, creó un hombre de calidad inferior con arcilla. Dioses. En todas partes cuecen habas.
De hecho, Atum, el Dios Autoconcebido, no se preocupó del hombre ni siquiera para crearlo, dejando la chapuza para el subalterno Dios Alfarero Khnum, divinidad previsora que, como buen funcionario celeste, no nos creó de una vez, sino que nos torneaba bajo pedido cada año, en cada crecida del Nilo, en una cantidad proporcional a la abundancia de la cosecha prevista.
Sin embargo el aliento de vida no nos era proporcionado por el dios Khnum, que sólo se dedicaba a chasis y carrocería, sino por la diosa con cabeza de rana, Heket, presidenta de los alumbramientos y predictora de embarazos, la cual, utilizando la mágica cruz ansada ―aquella famosa cruz terminada en asa que fue uno de los principales iconos de los hippies―, insuflaba vida a la forma arcillosa justo en el instante previo al nacimiento, gracias al cual la creación de Khnum se introducía en el cuerpo de la mujer embarazada. Párrafos similares a éste se escriben en las Admoniciones del sabio Ipuwe refiriéndose a la subversión social que dio lugar, hacia el -2200, al fin del Imperio Antiguo, y que originó un fenómeno con mucho éxito posterior, la creación del anacoreta: La 'anachoresis' o 'secessio' ―huida al campo, abandonando el trabajo de la tierra― era el último recurso del abrumado agricultor egipcio. Se tiene noticia de ella ya en la XII dinastía (h. el -2000) y se recurrió a ella durante el Imperio Nuevo (-1400) y finales del período dinástico (-700), con diversos grados de intensidad y frecuencia; se incrementó en la época ptolemaica (-300) y alcanzó proporciones alarmantes en el Egipto romano. Los cristianos supieron explotar habilmente en su provecho esta forma de hacer virtud de la necesidad.
Si antes hablábamos de la influencia de la mentalidad pastoril o comercial de hebreos o griegos sobre la mitología, aquí se impone la deformación profesional burocrática de los sacerdotes egipcios, bastante próxima a la helénica, y a la cual influyó indudablemente. El hombre queda una vez más en bastante mal lugar y fuera de cualquier divina configuración.Resulta perturbador comprobar cómo la ciencia más moderna avala algunas de las creencias más arcaicas. Primero fue la confirmación de las teorías atomistas presocráticos, y lo último, la comprobación de la íntima relación entre el barro y la vida: “La aparición de la vida en nuestro planeta estuvo precedida por la formación de las proteínas, un proceso que comprende la condensación de aminoácidos en la superficie estereoespecífica de arcillas metálicas, y la síntesis de los ácidos nucléicos, principales portadores del código genético, que implicara la condensación de fosfatos con las ribosas y las bases heterocíclicas correspondientes”. (R. Delgado Castillo, prof. U. Cienfuegos. Cuba)
De ig
ual forma, en cuanto a mentalidad se refiere, vemos cómo, en un ámbito más universal, la personalidad eminentemente agraria de los chinos imagina la tierra según un fluido surgido de la yema del Huevo Cósmico y rodeada por el cielo, la clara del huevo: El artífice del Universo fue el dios Pan Gu (o P´an-ku). Este dios puso fin al caos al lograr la separación entre el cielo (clara del huevo, naturaleza líquida, yang) y la tierra (yema del huevo, naturaleza sólida, yin), que en un primer momento estaban unidos en una especie de huevo cósmico que mantenía preso al propio Pan Gu ('pan', cascote, y 'gu', antiguo). Era una imaginería compartida por los egipcios más remotos ―aquellos que aún no disfrutaban de la existencia tutelar de la burocracia sacerdotal―, los cuales veneraron a Geb, o Gueb, arcaica divinidad ctónica, conectada con el Huevo cósmico primigenio de donde
nacía el Sol, y que ya en las primeras dinastías fue asimilado-arrinconado como personificación de la Tierra y padre de Osiris, Isis, Seth y Neftis.Los primitivos griegos también adoptaron estos cultos entre sus misterios órficos y, como de costumbre, los rodearon de la más racional poesía filosófica: el huevo de plata del cosmos ―mágica simbiosis agro-financiera― dio origen a una figura sugerente y etérea: «Cuando el Tiempo y la Necesidad gimiente abrieron el antiguo Huevo, de el surgió el Amor, el primer nacido con fuego en los ojos y con dos sexos, Eros glorioso, padre de la Noche inmortal...». No se puede ser simultáneamente más claro y más nebuloso.
«El huevo de Pascua es hoy en día repartido y ofrecido por miles de toneladas entre nosotros, como símbolo de fecundidad, de vida y de perfección. En muchas regiones de España se dice que a los niños los trae la cigüeña de París. Es una metáfora moderna de una antiquísima tradición, muy extendida, según la cual el mundo salió de un huevo: el huevo cósmico que dio origen al universo...» según palabras de Manuel Madianes. (elmundo.es/ 21 de marzo de 2008).
Las creaciones más occidentales
La mental
idad de los antiguos germanos, en cambio, viene predispuesta de fábrica hacia una ferretería de calidad que acabaría desembocando fatalmente en la aparición de familias como los Tyssen o los Krupp y su artillería pesada. Los Innombrables germánicos crearon el mundo en el cuerpo del gigante Imir a la vez que expulsaban a los Jotunes, hijos de este, a las tinieblas. Así que, aquellos Jotunes, en venganza, y ayudados por el maligno espíritu del fuego, Loki, fabricaron a los hombres, manchados a efectos de revancha con las impurezas del mal, para malograr de este modo la gigantesca creación innombrable. No se puede decir más claro.En cuanto a mitos modernos, o conocidos muy recientemente, citaremos como ejemplo característico la saga de los indios hopi ―pertenecientes a la cultura de los indios pueblo, del S.O. de los Estados Unidos―, según la cual, después de que la Mujer Araña crear a los Primeros Gemelos, dioses, no hombres, pasaría a infundir el ser a toda forma de vida, dentro de la cual, la humanidad sería una especie de mamífero más. Nada del otro mundo. Qué le vamos a hacer.
Pero no hemos podido resistirnos acabar este somero muestrario de opiniones de la humanidad sensata acerca de sí misma, sin observar tan ancestral mito a través del mito modernísimo del cine. Y representarlo bajo la mirada de una de sus obras más decorosas, No Name City, titulada en España La leyenda de La Ciudad Sin Nombre, con su filosofía vital sobre el tema resumida en una canción a cargo de la aguardentosa voz de Lee Marvin:
Yo nací / bajo el signo de una estrella errante.
Las ruedas son para rodar / las mulas para llevar cargas / Nunca estuve en un lugar / que no me pareciese mejor al marcharme.
Yo nací / bajo el signo de una estrella errante.
El barro puede apresarte / las llanuras derretirte / y la nieve quemarte los ojos / pero sólo la gente te hace llorar.
El hogar es para salir de él / y para soñar con volver / Lo que, con suerte, nunca será realidad.
Yo nací / bajo el signo de una estrella errante.
¿Si sé dónde está el Infierno? / saludar es un infierno / El Cielo es “adiós para siempre, tengo que irme”.
Cuando llegue al Cielo / atadme a un árbol / porque, si no, vagabundeando / ya veréis dónde no tardo en acabar.
Yo nací / bajo el signo de una estrella errante / errante / Una estrella errante.

Terrígenas y Alienígenas

«Abel fue pastor de ovejas y Caín labrador» Este es, sintéticamente, el mundo más primitivo que podemos imaginar. A nuestras mentes, creyentes o agnósticas, les es realmente imposible retroceder un paso más y situarse en el tiempo en que toda la humanidad sobrevivía a base de pegarse detrás de los grandes rebaños de los grandes herbívoros, tan en regresión como los hielos que la última Era Glacial iba perdiendo un su lenta huida. Pero todos los mitos de nuestra creación a partir del barro provienen de la época en la que al hombre no le quedó otra solución que aprovechar lo que hasta entonces sólo había sido un complemento en su dieta cárnica. No le quedó otra alternativa que dejar de recorrer el mundo, sentar la cabeza y aprovechar al límite lo que hasta entonces habían sido granos y frutas espontáneamente ofrecidos por las tierras que pisaban en su peregrinar.
Y así, con lo que se conoce como Revolución Agrícola, acabó la igualdad social entre hombres en un mundo en el que todos los hombres tenían que ser lo más fuertes y hábiles posible, y las mujeres eran las dueñas y señoras de la vida animal y vegetal; animal porque eran fecundadas por extraños espíritus inaprensibles; vegetal porque habiéndose encargado desde la eternidad de la recolección de frutas y semillas eran las depositarias y transmisoras de sus localizaciones, secretos y propiedades. Ahora la supervivencia exigía pueblos humildes y no tribus orgullosas. Y con los pueblos, hombres y mujeres atados a la tierra de labor. La domesticación y la formación de rebaños seminómadas habían demostrado fehacientemente que era el macho quien fecundaba a la hembra, acabando con la magia femenina. Ahora había que colocar a la mujer en su secundario y dependiente lugar natural. Y enseñar, a hombres y a mujeres, que formaban parte de la tierra porque habían nacido de ella: humano deriva de humus.
No fue hasta hace unos cuatro o cinco mil años cuando se llegó en ciertas áreas clave por su fertilidad a alcanzar una densidad de población tan insostenible como para incitar, a falta de tierras vírgenes, a la invasión de otros territorios ocupados. Hasta entonces, la escasa población mundial había vivido secularmente sin contactos foráneos, de tal manera que las tribus de cada núcleo se consideraban los únicos habitantes del mundo, de un mundo formado por un espacio de trashumancia más o menos amplio del que inmemorialmente nunca habían tenido que salir ni en el que nadie había necesitado entrar.La escasez de contactos hizo que nuestros dispersos antecesores, habitaran donde habitaran, se considerasen los primeros pobladores de su territorio, y ―gracias a las sagradas tradiciones transmitidas y guardadas sus ancianos y sacerdotes― cada pueblo conocía cómo había sido su llegada a la existencia. Dejando aparte del conocido amasado y modelado de Adán y la posterior extracción intercostal con anestesia incluida de Eva, en otras tierras extrañas ocurría que:
Los griegos reconocieron y veneraron la mucho mayor antigüedad de egipcios y asiáticos, asimilando y sintetizando muchas de sus creencias, aceptadas posteriormente sin más por los romanos; no obstante, unos y otros se pensaban a sí mismos como autóctonos, del latino ‘autochton /autochtonis’ a través del griego ‘autós-khthon’, de la misma tierra, o más bien, de la mismísima tierra. El equivalente latino sería terrígena, de ‘terra-geno’, nacido de la tierra, que es posible se ponga de moda como nacido en la Tierra para poder oponernos, cuando habilitemos otros planetas, al alienígena, de ‘alius-geno’ (‘alius’, otro y ‘genus’, procedencia, linaje), es decir, de origen extraño, y que es una palabra ya usada por los romanos para referirse finamente a los bárbaros foráneos a su mundo.
También los pueblos escitas y los súbditos egipcios se referían a sí mismos con un término sinónimo: aborigen, del latín ‘ab-origines’, los que están desde el origen, porque se consideraban pertenecientes a los grupos étnicos primigenios de la humanidad, y primeros pobladores, además, de sus respectivos países. La palabra latina ‘origo, originis’, origen, deriva del verbo ‘oriri’, salir, más bien, amanecer, pues se aplica a los astros; también, y directamente, deriva de ‘oriri’ oriente, lugar por donde se levanta el Sol, y que nos facilita la orientación, el poder orientarse.
De hecho, el término norte deriva ―a través del anglo-germánico ‘north’―, del indoeuropeo ‘nr-to-‘, cuya raíz es ‘ner-‘, que significaba algo así como abajo, pues nuestros antiguos vecinos nórdicos se guiaban por la salida del Sol de su agujero en el suelo. Tras el útil descubrimiento de la estrella polar se continuó empleando el ancestral “norte” para “orientarse”, aunque en referencia perpendicular, mientras que este, del germánico ‘ostar’, tiene el sentido direccional de hacia la claridad o luminosidad matinal.
Para acabar de liar las cosas, tal término ―el Este― acabó confundiéndose con “austral” o “del Sur”, del latín ‘australis’, sureño, el cual deriva de que los romanos llamaban ‘Auster’ al viento del sur, y ‘australis’, austral, a la región desde la que éste soplaba. El justificado motivo de esta confusión reside en que tanto el germánico ‘ostar’ como el latino ‘auster’ son adaptaciones lingüísticas del indoeuropeo ‘usra’, brillante, una luminosidad o resplandor que cada pueblo relacionó a su modo y manera de acuerdo con sus prácticas cotidianas.
Y oeste, de modo similar, significa oscurecimiento o anochecer, de acuerdo con la raíz indoeuropea ‘wes’, madre de los entretenidos ‘western’ o películas de vaqueros.
Son estas diferencias culturales las que explican que el nombre de Australia haga referencia a una Terra Australis Incognita mencionada por el geógrafo griego Ptolomeo haciéndose eco de leyendas y chismorreos que ya en el s.II hablaban de tierras remotas y aisladas allá por el sur. En cambio, Austria corresponde al toponímico germánico 'Ostmark', es decir, Marca del Este o Austriaca, según lo bautizó Carlomagno tras su anexión en el 803. El nombre alemán es Österreich, es decir, Öster-Reich o Imperio del Este y le sirvió a un tal Hitler, cabeza visible de un conglomerado de intereses bastante más amplio y poderoso, para justificar la segunda anexión de Austria en 1938, como quien dice, ayer mismo.
Otro derivado de ‘oriri’ sería oriundo, aparecido en, o, salido de. Complementariamente, occidente será el lugar por donde el Sol cae o muere, al derivar de ‘occidere’, caer a tierra; con su romántico participio ‘occaso’, sustantivado en el ocaso, quizá para compensar las versiones siniestras: ‘occidio’, muerte violenta, asesinato, homicidio, ‘occisio’, mortandad, matanza, ‘occisor’, homicida, asesino…: el occiso, así de correctamente se referían al cadáver por violencia el detective y el forense que investigaban en las antiguas películas de ‘suspense’, dobladas en el magnífico español que ya sólo puede disfrutarse en Sudamérica.
Buscando el rumbo
En este tema de las orientaciones no podíamos dejar de dedicar unas palabras al término rumbo ―el cual tiene su origen etimológico en una figura geométrica con mucho pasado, debido a estar considerado como signo mágico propio de astrólogos y brujos: el rombo―, y que hace alusión a ”cada una de las 32 direcciones de la rosa náutica o rosa de los vientos”, que a su vez re presentaban las 32 porciones en que se consideraba dividido el horizonte y que en la brújula se marcaban generalmente con otros tantos rombos. Este sentido se habría consolidado gracias a la creencia marinera de que el piloto lograba orientarse por medio de sus conocimientos astrológicos y sus artes mágicas.
El término rombo se cambió luego en rumbo en lenguaje marinero po
r influjo de ‘rumo’, del neerlandés ‘rume’, “espacio o sitio en un navío”, y especialmente “bodega de un barco”. Lugar que, por intermediación del inglés ‘rum’, también presta su origen al ron, alimento preferido de marineros ―también único anestésico utilizado en las amputaciones y demás operaciones quirúrgicas a bordo― y de otras muchas gentes de secano.
Por otra parte, rombo, con el sentido inicial de “signo mágico”, dio lugar a su femenino, rumba, que fue tomando los significados sucesivos de embrujo o encanto, ostentación rufianesca, alboroto y finalmente juerga, parranda, que es lo que apropiadamente significa rumba en Cuba y que, por tanto viene a ser, por este lado, otro de los significados del ron, alimento preferido de marineros y otras muchas gentes de secano. Igualmente, rumboso, generoso, así como rumbo, en sentido de ostentación, de elegancia, de “tronío” ―términos surgidos a finales del s.XVI a partir de sus connotaciones mágicas―, derivan del “embrujo”, del “encanto” propios de la magia del rombo, un término que, increiblemente, no adquirió su elemental significación puramente geométrica hasta mediados del s.XVIII.
Y es que con rombo, del griego ‘rhómbos'’, los griegos designaban todo objeto de forma aproximadamente circular tal como los óvalos puntiagudos ―aunque no necesariamente, como indica otro derivado de rombo: romo―, y que simbolizaba al huso o rueca de bronce empleado en las prácticas mágicas, útil femenino por excelencia e instrumento clásico de las brujas, y de cuyas implicaciones religiosas y laborales ya hablaremos al tratar de los tejidos.
También contribuye a su oscura fama el que su característica forma le confiera unas propiedades sonoras bastante bien acotadas por el diccionario de la RAE: ''bramadera. (De bramar). f. Pedazo de tabla delgada, en forma de rombo, con un agujero y una cuerda atada en él, que usan [¡que usaban!] los muchachos como juguete. Cogida esta cuerda por el extremo libre, se agita con fuerza en el aire la tabla, de modo que forme un círculo cuyo centro sea la mano, y hace ruido semejante al del bramido del viento''. Sin embargo, los antiguos griegos llamaban a este instrumento ''la voz de Zeus'', pues era usado por los sacerdotes tras las bambalinas de las imágenes sagradas del rey de los dioses en sus templos como parte de los efectos especiales que todo culto necesita, ya sea religioso ya sea civil, para acoquinar a sus fieles fieles.
Los historiadores y escritores latinos de la Antigüedad usaron abundantemente el término aborigen para designar a los habitantes de una región asentados en ella desde tiempo inmemorial, sin que se tengan noticias de que antes hubiesen llegado desde algún otro lugar. Así, esta palabra quedaría como denominadora por antonomasia de cualquier pueblo establecido en un país en los tiempos más antiguos a los que la tradición pudiese remontar. Los propios romanos se suponían descendientes de los aborígenes procedentes de los montes Apeninos. Ello está de acuerdo con el hecho de que la palabra latina ‘origo’, origen, esté emparentada con la griega ‘oros’, montaña, que también nos ha legado orografía, ‘oros-graphos’, dibujo de las montañas, orogénesis, de ‘oros-genesis’, origen de las montañas y el poco usado orónimo, nombre de montaña.
Por último, un vivo esbozo de una estampa de la vida romana: un sentido epitafio de Marcial dedicado a la muerte de su amiga, la adivina Filenis, y donde se alude a esta figura mágica del rombo:
«Después de haber sobrepasado las edades del viejo Nestor, Filenis, ¿cómo puede ser que de manera tan rápida te hayas dirigido a las riberas infernales de Plutón? No tenías todavía la cifra de los años de la Sibila de Cumas; te llevaba tres meses. ¡Oh, qué lengua ha enmudecido! Era más sonora que mil mercados de esclavos, que la muchedumbre de los adoradores de Serapis, que el grupo de chiquillos rubios que por la mañana corre con algarabía hacia la escuela... ¿Qué bruja sabrá ahora hacer bajar la luna ayudada con un rombo mágico, qué alcahueta sabrá vender ésa o aquélla cama nupcial? Que la tierra te sea ligera y que la arena que te cubre sea blanda y los perros no puedan desenterrar tus huesos».

Vale
«―¿Te marchas, Ben?
―No.
―Yo tampoco. Creo que hay dos clases de gente en el mundo, los que se marchan y los que se quedan, ¿no es cierto?
―No. Yo no lo creo.
―Pues, ¿Qué crees tú?
―Pues que hay dos clases de gente. Los que van a alguna parte y los que no van a ninguna. Eso sí que es cierto.
―No estoy de acuerdo, Ben.
―Porque no sabes de qué demonios estoy hablando».
(De La Leyenda de la Ciudad sin Nombre)
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NOTAS
[1] La Luna Negra o Lilith es considerada en algunas tradiciones astrológicas como un planeta astrológico más. Se cree que influye sobre las potencias inconscientes e irracionales del ser humano, y que estimula sus impulsos negativos y destructores (delictivos, criminales, sadomasoquistas, suicidas). Además, se cree que rige e influye sobre fenómenos como la esterilidad, la infecundidad, etc. En la terminología astrológica y zodiacal, la Luna Negra designa un punto imaginario del Zodíaco coincidente con uno de los focos de la eclíptica de la Luna.
Mucho más cercana era la idea recurrente de que existía una segunda y diminuta luna de la Tierra. El astrónomo francés Frederic Petit fue el primero en sugerir su existencia. El alemán George Waltemath fue un defensor particularmente apasionado de este segundo satélite celeste, sobre todo en 1898, año en el que esperaba verlo pasar por delante del Sol. La luna de Waltemath jamás fue localizada, pero los astrólogos adoptaron el concepto, bautizando al esquivo satélite como Lilith. (Seth Shostak: Los mundos que nunca existieron).
Los griegos reconocieron y veneraron la mucho mayor antigüedad de egipcios y asiáticos, asimilando y sintetizando muchas de sus creencias, aceptadas posteriormente sin más por los romanos; no obstante, unos y otros se pensaban a sí mismos como autóctonos, del latino ‘autochton /autochtonis’ a través del griego ‘autós-khthon’, de la misma tierra, o más bien, de la mismísima tierra. El equivalente latino sería terrígena, de ‘terra-geno’, nacido de la tierra, que es posible se ponga de moda como nacido en la Tierra para poder oponernos, cuando habilitemos otros planetas, al alienígena, de ‘alius-geno’ (‘alius’, otro y ‘genus’, procedencia, linaje), es decir, de origen extraño, y que es una palabra ya usada por los romanos para referirse finamente a los bárbaros foráneos a su mundo.
También los pueblos escitas y los súbditos egipcios se referían a sí mismos con un término sinónimo: aborigen, del latín ‘ab-origines’, los que están desde el origen, porque se consideraban pertenecientes a los grupos étnicos primigenios de la humanidad, y primeros pobladores, además, de sus respectivos países. La palabra latina ‘origo, originis’, origen, deriva del verbo ‘oriri’, salir, más bien, amanecer, pues se aplica a los astros; también, y directamente, deriva de ‘oriri’ oriente, lugar por donde se levanta el Sol, y que nos facilita la orientación, el poder orientarse.De hecho, el término norte deriva ―a través del anglo-germánico ‘north’―, del indoeuropeo ‘nr-to-‘, cuya raíz es ‘ner-‘, que significaba algo así como abajo, pues nuestros antiguos vecinos nórdicos se guiaban por la salida del Sol de su agujero en el suelo. Tras el útil descubrimiento de la estrella polar se continuó empleando el ancestral “norte” para “orientarse”, aunque en referencia perpendicular, mientras que este, del germánico ‘ostar’, tiene el sentido direccional de hacia la claridad o luminosidad matinal.
Para acabar de liar las cosas, tal término ―el Este― acabó confundiéndose con “austral” o “del Sur”, del latín ‘australis’, sureño, el cual deriva de que los romanos llamaban ‘Auster’ al viento del sur, y ‘australis’, austral, a la región desde la que éste soplaba. El justificado motivo de esta confusión reside en que tanto el germánico ‘ostar’ como el latino ‘auster’ son adaptaciones lingüísticas del indoeuropeo ‘usra’, brillante, una luminosidad o resplandor que cada pueblo relacionó a su modo y manera de acuerdo con sus prácticas cotidianas.
Y oeste, de modo similar, significa oscurecimiento o anochecer, de acuerdo con la raíz indoeuropea ‘wes’, madre de los entretenidos ‘western’ o películas de vaqueros.
Son estas diferencias culturales las que explican que el nombre de Australia haga referencia a una Terra Australis Incognita mencionada por el geógrafo griego Ptolomeo haciéndose eco de leyendas y chismorreos que ya en el s.II hablaban de tierras remotas y aisladas allá por el sur. En cambio, Austria corresponde al toponímico germánico 'Ostmark', es decir, Marca del Este o Austriaca, según lo bautizó Carlomagno tras su anexión en el 803. El nombre alemán es Österreich, es decir, Öster-Reich o Imperio del Este y le sirvió a un tal Hitler, cabeza visible de un conglomerado de intereses bastante más amplio y poderoso, para justificar la segunda anexión de Austria en 1938, como quien dice, ayer mismo.
Otro derivado de ‘oriri’ sería oriundo, aparecido en, o, salido de. Complementariamente, occidente será el lugar por donde el Sol cae o muere, al derivar de ‘occidere’, caer a tierra; con su romántico participio ‘occaso’, sustantivado en el ocaso, quizá para compensar las versiones siniestras: ‘occidio’, muerte violenta, asesinato, homicidio, ‘occisio’, mortandad, matanza, ‘occisor’, homicida, asesino…: el occiso, así de correctamente se referían al cadáver por violencia el detective y el forense que investigaban en las antiguas películas de ‘suspense’, dobladas en el magnífico español que ya sólo puede disfrutarse en Sudamérica.Buscando el rumbo
En este tema de las orientaciones no podíamos dejar de dedicar unas palabras al término rumbo ―el cual tiene su origen etimológico en una figura geométrica con mucho pasado, debido a estar considerado como signo mágico propio de astrólogos y brujos: el rombo―, y que hace alusión a ”cada una de las 32 direcciones de la rosa náutica o rosa de los vientos”, que a su vez re presentaban las 32 porciones en que se consideraba dividido el horizonte y que en la brújula se marcaban generalmente con otros tantos rombos. Este sentido se habría consolidado gracias a la creencia marinera de que el piloto lograba orientarse por medio de sus conocimientos astrológicos y sus artes mágicas.El término rombo se cambió luego en rumbo en lenguaje marinero po
r influjo de ‘rumo’, del neerlandés ‘rume’, “espacio o sitio en un navío”, y especialmente “bodega de un barco”. Lugar que, por intermediación del inglés ‘rum’, también presta su origen al ron, alimento preferido de marineros ―también único anestésico utilizado en las amputaciones y demás operaciones quirúrgicas a bordo― y de otras muchas gentes de secano.Por otra parte, rombo, con el sentido inicial de “signo mágico”, dio lugar a su femenino, rumba, que fue tomando los significados sucesivos de embrujo o encanto, ostentación rufianesca, alboroto y finalmente juerga, parranda, que es lo que apropiadamente significa rumba en Cuba y que, por tanto viene a ser, por este lado, otro de los significados del ron, alimento preferido de marineros y otras muchas gentes de secano. Igualmente, rumboso, generoso, así como rumbo, en sentido de ostentación, de elegancia, de “tronío” ―términos surgidos a finales del s.XVI a partir de sus connotaciones mágicas―, derivan del “embrujo”, del “encanto” propios de la magia del rombo, un término que, increiblemente, no adquirió su elemental significación puramente geométrica hasta mediados del s.XVIII.
Y es que con rombo, del griego ‘rhómbos'’, los griegos designaban todo objeto de forma aproximadamente circular tal como los óvalos puntiagudos ―aunque no necesariamente, como indica otro derivado de rombo: romo―, y que simbolizaba al huso o rueca de bronce empleado en las prácticas mágicas, útil femenino por excelencia e instrumento clásico de las brujas, y de cuyas implicaciones religiosas y laborales ya hablaremos al tratar de los tejidos.
También contribuye a su oscura fama el que su característica forma le confiera unas propiedades sonoras bastante bien acotadas por el diccionario de la RAE: ''bramadera. (De bramar). f. Pedazo de tabla delgada, en forma de rombo, con un agujero y una cuerda atada en él, que usan [¡que usaban!] los muchachos como juguete. Cogida esta cuerda por el extremo libre, se agita con fuerza en el aire la tabla, de modo que forme un círculo cuyo centro sea la mano, y hace ruido semejante al del bramido del viento''. Sin embargo, los antiguos griegos llamaban a este instrumento ''la voz de Zeus'', pues era usado por los sacerdotes tras las bambalinas de las imágenes sagradas del rey de los dioses en sus templos como parte de los efectos especiales que todo culto necesita, ya sea religioso ya sea civil, para acoquinar a sus fieles fieles.
Los historiadores y escritores latinos de la Antigüedad usaron abundantemente el término aborigen para designar a los habitantes de una región asentados en ella desde tiempo inmemorial, sin que se tengan noticias de que antes hubiesen llegado desde algún otro lugar. Así, esta palabra quedaría como denominadora por antonomasia de cualquier pueblo establecido en un país en los tiempos más antiguos a los que la tradición pudiese remontar. Los propios romanos se suponían descendientes de los aborígenes procedentes de los montes Apeninos. Ello está de acuerdo con el hecho de que la palabra latina ‘origo’, origen, esté emparentada con la griega ‘oros’, montaña, que también nos ha legado orografía, ‘oros-graphos’, dibujo de las montañas, orogénesis, de ‘oros-genesis’, origen de las montañas y el poco usado orónimo, nombre de montaña.Por último, un vivo esbozo de una estampa de la vida romana: un sentido epitafio de Marcial dedicado a la muerte de su amiga, la adivina Filenis, y donde se alude a esta figura mágica del rombo:
«Después de haber sobrepasado las edades del viejo Nestor, Filenis, ¿cómo puede ser que de manera tan rápida te hayas dirigido a las riberas infernales de Plutón? No tenías todavía la cifra de los años de la Sibila de Cumas; te llevaba tres meses. ¡Oh, qué lengua ha enmudecido! Era más sonora que mil mercados de esclavos, que la muchedumbre de los adoradores de Serapis, que el grupo de chiquillos rubios que por la mañana corre con algarabía hacia la escuela... ¿Qué bruja sabrá ahora hacer bajar la luna ayudada con un rombo mágico, qué alcahueta sabrá vender ésa o aquélla cama nupcial? Que la tierra te sea ligera y que la arena que te cubre sea blanda y los perros no puedan desenterrar tus huesos».

Vale
«―¿Te marchas, Ben?
―No.
―Yo tampoco. Creo que hay dos clases de gente en el mundo, los que se marchan y los que se quedan, ¿no es cierto?
―No. Yo no lo creo.
―Pues, ¿Qué crees tú?
―Pues que hay dos clases de gente. Los que van a alguna parte y los que no van a ninguna. Eso sí que es cierto.
―No estoy de acuerdo, Ben.
―Porque no sabes de qué demonios estoy hablando».
(De La Leyenda de la Ciudad sin Nombre)
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NOTAS
[1] La Luna Negra o Lilith es considerada en algunas tradiciones astrológicas como un planeta astrológico más. Se cree que influye sobre las potencias inconscientes e irracionales del ser humano, y que estimula sus impulsos negativos y destructores (delictivos, criminales, sadomasoquistas, suicidas). Además, se cree que rige e influye sobre fenómenos como la esterilidad, la infecundidad, etc. En la terminología astrológica y zodiacal, la Luna Negra designa un punto imaginario del Zodíaco coincidente con uno de los focos de la eclíptica de la Luna.
Mucho más cercana era la idea recurrente de que existía una segunda y diminuta luna de la Tierra. El astrónomo francés Frederic Petit fue el primero en sugerir su existencia. El alemán George Waltemath fue un defensor particularmente apasionado de este segundo satélite celeste, sobre todo en 1898, año en el que esperaba verlo pasar por delante del Sol. La luna de Waltemath jamás fue localizada, pero los astrólogos adoptaron el concepto, bautizando al esquivo satélite como Lilith. (Seth Shostak: Los mundos que nunca existieron).
[2] En otro contexto, pero guiado por la misma mentalidad, Tales de Mileto en el s.−VI, elabora la tesis de que la diversidad de las cosas encuentran la unidad en un elemento primario. Un universo donde cualquier sustancia puede transformarse en otra de tal manera que todas las sustancias no sean sino diferentes aspectos de una materia básica. Parecida concepción cambiaria de la vida tenían Leucipo (450 – 370 AC) y su discípulo Demócrito (460 – 370 AC), los más altos representantes de La Escuela Atomista.
[3] Del mismo modo que las continuas prospecciones arqueológicas han demostrado que la civilización egipcia es posterior a la sumeria ―desarrollada en el seno del actual Irak―, también han constatado que ambas, egipcia y sumeria, son deudoras de la cultura india, tan difícil de explorar debido a la continuidad en el tiempo de sus poblamientos, superpuestos a los núcleos de origen.
La hipótesis sobre la naturaleza atómica de la sustancia, y la noción que de ella se deriva acerca de la composición de las sustancias como mezclas de diferentes átomos que se diferencian entre sí por sus tamaños y formas, resulta una integración en la polémica entre la razón y los sentidos. Adviértase que los átomos son el resultado de una abstracción generalizadora que se convierte en concepto clave para explicar la diversidad observada en las propiedades de las sustancias. Se puede advertir que en la cultura de la Grecia antigua no se desarrollan ni siquiera las primeras tentativas de estudio experimental de las transformaciones químicas.
El laboratorio de los sabios griegos era fundamentalmente la mente humana realista y práctica. Es por ello que donde obtienen resultados sobresalientes es en las Matemáticas y la Astronomía, que exigieron mediciones y comprobaciones experimentales de las hipótesis formuladas. Y es digno de ver cómo la muy pragmática visión aristotélica sobre la tendencia de la naturaleza hacia la perfección tendrá más tarde una lectura que vendrá a justificar la búsqueda de la piedra filosofal en el movimiento alquimista. Sobre la base de este supuesto, parece razonable concebir que el oro, el metal más perfecto, puede ser obtenido por transmutación de otro si el artesano pone suficiente empeño e inteligencia en su labor de laboratorio. (Hist. de la Química, R. Delgado Castillo, prof. U. Cienfuegos. Cuba).
[3] Del mismo modo que las continuas prospecciones arqueológicas han demostrado que la civilización egipcia es posterior a la sumeria ―desarrollada en el seno del actual Irak―, también han constatado que ambas, egipcia y sumeria, son deudoras de la cultura india, tan difícil de explorar debido a la continuidad en el tiempo de sus poblamientos, superpuestos a los núcleos de origen.
La hipótesis sobre la naturaleza atómica de la sustancia, y la noción que de ella se deriva acerca de la composición de las sustancias como mezclas de diferentes átomos que se diferencian entre sí por sus tamaños y formas, resulta una integración en la polémica entre la razón y los sentidos. Adviértase que los átomos son el resultado de una abstracción generalizadora que se convierte en concepto clave para explicar la diversidad observada en las propiedades de las sustancias. Se puede advertir que en la cultura de la Grecia antigua no se desarrollan ni siquiera las primeras tentativas de estudio experimental de las transformaciones químicas.
El laboratorio de los sabios griegos era fundamentalmente la mente humana realista y práctica. Es por ello que donde obtienen resultados sobresalientes es en las Matemáticas y la Astronomía, que exigieron mediciones y comprobaciones experimentales de las hipótesis formuladas. Y es digno de ver cómo la muy pragmática visión aristotélica sobre la tendencia de la naturaleza hacia la perfección tendrá más tarde una lectura que vendrá a justificar la búsqueda de la piedra filosofal en el movimiento alquimista. Sobre la base de este supuesto, parece razonable concebir que el oro, el metal más perfecto, puede ser obtenido por transmutación de otro si el artesano pone suficiente empeño e inteligencia en su labor de laboratorio. (Hist. de la Química, R. Delgado Castillo, prof. U. Cienfuegos. Cuba).





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