
«Ocurrió en la ciudad un estrago, no se sabe hasta ahora si por desgracia o por maldad del príncipe, porque los autores lo cuentan de entrambas maneras, el más grave y más atroz de cuantos han sucedido en Roma por violencia del fuego. Salió de aquella parte del circo que está pegada a los montes Palatino y Celi, donde comenzó a prender en las tiendas en que se venden aquellas cosas capaces de alimentarle… Ayudóle al fuego el ser la ciudad en aquel tiempo de calles muy angostas y torcidas a una parte y a otra, todo sin orden ni medida, cual fue el antiguo edificio de la vieja Roma… Ninguno se atrevía a remediar el fuego, habiendo por todas partes muchos que no sólo prohibían con amenazas el apagarle, sino que arrojaban públicamente tizones y otras cosas encendidas sobre las casas, diciendo a voces que no hacían aquello sin orden, fuese ello así o hiciésenlo para poder robar con mayor libertad…»
Roma, una bomba de relojeríaDe todas formas, los incendios de todos los tamaños eran un asunto mucho más habitual en la Ciudad de lo que la manipulada travesura achacada a Nerón nos hace suponer. Al fin y al cabo, en la edificación la madera ha sido utilizada masivamente hasta el s.XX, con el grave inconveniente de la imprescindible disposición del fuego en bruto en el interior de las viviendas.
Según el profesor Olesti Vila (El crac del 33), «la ciudad de Roma era una urbe de más de un millón de habitantes en la época de Augusto. Ninguna ciudad del mundo occidental volvería a crecer tanto hasta el Londres del s.XVIII, y estaba ocupada mayoritariamente no por mansiones señoriales, los ‘domus’ de una o dos plantas, sino po
r verdaderos bloques de apartamentos de cuatro o cinco pisos de altura, las ‘insulae’, de trescientos o cuatrocientos metros cuadrados de planta, en cuyo interior se amontonaban los pequeños apartamentos familiares o ‘cenacula’… Y el elevado precio de los alquileres llevaba a los propios inquilinos a subarrendar habitaciones. A mayor altura, menor era el alquiler. Pero este ahorro era muy peligroso. Si creemos al jurista Ulpiano, no existía en la ciudad de Roma ni un solo día sin incendios».
«¿Qué lugar hemos visto tan deplorable, tan desolado, que no consideremos peor el horror a los incendios, a los constantes derrumbamientos de techos y a los mil peligros de una ciudad inhumana, y a los poetas que no paran de recitar ni en el mes de agosto?» (Sátira III, 5)
«Habitamos una ciudad sostenida en su mayor parte por endebles puntales; pues así es como el casero sale al paso de los derrumbes y, cuando ha tapado la abertura de una vieja grieta, nos invita a dormir tranquilos mientras la ruina amenaza nuestras cabezas. Hay que vivir donde no haya incendios ni miedos nocturnos. Ya pide agua, ya traslada sus trastos Ucalegón, ya está echando humo el tercer piso debajo de ti: tú no lo sabes; pues si la alarma empieza por los pisos bajos el último en arder será aquel al que sólo las tejas protegen de la lluvia, donde las blandas palomas ponen sus huevos…
Cordo no tenía nada, ¿quién lo niega? Sin embargo, incluso aquella nada la ha perdido entera el pobrecito. Y el colmo de la miseria es que, cuando ruegue desnudo unos mendrugos, nadie le ayudará con comida, nadie con un techo hospitalario. Pero si se ha venido abajo la gran mansión de Astúrico, la matrona acude desaliñada, los próceres vestidos de luto y el pretor aplaza las audiencias. Entonces deploramos los accidentes de la ciudad, entonces odiamos el fuego…» (Sátira III, 190)
Además de su elevada altura y masiva ocupación, al menos hasta el siglo -I pocos ladrillos fueron cocidos en hornos, y, en cualquier caso, la cochura de estos ladrillos era muy ligera. Además, los suelos se forjaban con viguetas de madera que recibían una tablazón de carrasca o de encina sobre la cual se tendía una capa de helechos o paja para preservar la madera del ataque de la cal del mortero. Un verdadero polvorín.

Nerón, los romanos y los cristianos
En nueve días, tres de los catorce distritos quedaron totalmente destruidos y otros siete seriamente dañados. Sin embargo, en cuanto a Nerón, y si hacemos caso al académico de la Historia José María Blázquez (Nerón, el mecenas asesino), «en estas circunstancias hizo todo lo que estuvo en su mano para aliviar la catástrofe, permitiendo que las víctimas se hospedaran en edificios públicos, vendiendo el grano de la ‘annona’ a 3 sestercios el modio y proporcionando el material necesario para construir barracones. Pero ante los rumores que le acusaban de haber provocado el incendio aceptó la idea de culpar del hecho a los cristianos, gente mayoritariamente humilde del proletariado urbano, odiada por la plebe por formar círculos cerrados y cuyas intenciones últimas no se comprendían. Nerón actuó muy hábilmente en este asunto, y sus argumentos calaron entre el populacho». En palabras de Tácito:«Nerón, para divertir esta voz y descargarse, dio por culpados de él, y comenzó a castigar con exquisitos géneros de tormentos a unos hombres aborrecidos del vulgo por sus excesos, llamados comúnmente cristianos… Fueron, pues, castigados al principio los que profesaban públicamente esta religión, y después, por indicio de aquéllos, una multitud infinita, no tanto por el incendio como por su general aborrecimiento al género humano… No se contentó con matarlos, sino que a la justicia añadió la burla y el escarnio; se les vistió con pieles de animales para que fueran destrozados por los perros; otros fueron crucificados y cubiertos de elementos inflamables. Al atardecer brillaban como antorchas… De este modo, aunque culpables y dignos de un castigo ejemplar, provocaban la compasión ante la idea de que morían no por el bien público sino por satisfacer la crueldad de uno solo».
No obstante, Tácito parece ignorar que quizá esta forma terrible de muerte les fuera en parte aplicada a los incendiarios cristianos, no por cristianos, sino por incendiarios. La llamada ‘tunica molesta’ ―qué avieso humor―, castigo aplicado a los incendiarios, consistía en un saco embreado donde se metía al reo para prenderle fuego a continuación. Por eso amonesta Juvenal a Catilina:
«¿Qué linaje encontrará nadie más elevado que el tuyo, Catilina, y que el de Cetego? Sin embargo, vosotros preparáis las armas para un ataque nocturno y teas contra las casas y los templos como si fuerais hijos de galos bragados y descendientes de los senones, atreviéndoos con hechos que podrían castigarse con la penosa túnica de azufre» (Sátira VIII, 230)
Y advierte al aire:
«Nombra a Tigelino ―el famoso jefe pretoriano de Nerón―: brillarás en la antorcha aquella en la que echando humo arden de pie atados por el cuello al poste…» (Sátira I, 150)
Ciertamente era un terrible castigo, ¿peor que el de los parricidas: encerrados en un saco de cuero con una mona, un perro y una serpiente, y arrojados al mar? Nuestros queridos romanos, y los humanos en general de aquella época y de casi hasta hoy, eran muy suyos para estas cosas.
Suetonio (Los Doce Césares), contemporáneo por otra parte de Tácito, sí se decanta decididamente por culpabi
lizarle del Incendio:«Desagradándole, según decía, el mal gusto de los edificios antiguos, la estrechez e irregularidad de las calles, hizo poner fuego a la ciudad; lo hizo con tal desfachatez, que algunos consulares, sorprendiendo en sus casas esclavos de la cámara imperial con estopas y antorchas en las manos, no se atrevieron a contenerlos…»
En cambio, no relaciona la persecución a los cristianos con el desastre. Afirma, dando detalles concretos, que Nerón «no buscó en absoluto a los autores, y hasta se opuso a que se castigase con severidad a los que fuesen denunciados al Senado». Así, los suplicios y persecuciones figuran entre medidas sanitarias diversas tales como «prohibir que se vendiese nada cocido en las tabernas, exceptuando las legumbres», o como «poner coto a los desmanes de los aurigas ―los futbolistas de entonces―, quienes creían que todo les estaba permitido». Así pues, del mismo modo y con igual fervor higiénico, «los cristianos, clase de hombres llenos de supersticiones nuevas y peligrosas, fueron entregados al suplicio».
Tertuliano, uno de los Padres de la Iglesia y flor del frondoso jardín de los catones cristianos, hace referencia a un Edictum Neronianum según el cual, el simple hecho de ser cristiano era un crimen m
erecedor de ca
stigo. No existe ni rastro de tal “decretum”. Sin embargo, sí que está documentado el Plano Regulador de Nerón, que se redacta después del Gran Incendio y en el cual se fija la altura máxima de los edificios de apartamentos ‘insulae’ en 70 pies, unos 21 metros, que mantuvo a éstos con cuatro o cinco plantas. Debían tener la escalera próxima a la fachada y presentar grandes huecos a las mismas. Y se favoreció la construcción con porches, debiéndose separar los edificios dejando pasillos entre ellos a modo de cortafuegos....
Según Suetonio, Nerón «hizo elevar a su costa pórticos delante de todas las casas, con objeto de que se pudiese atajar los incendios desde lo alto de las plataformas».
También dice bastante a favor de Nerón que, aunque ya en tiempo de Augusto uso era obligado en todas las Obras Públicas, fue después del gran incendio de Roma, y “gracias” a él, cuando se entendió al hormigón como el nuevo material resistente al fuego. En palabras de Tácito:
«Ordenó también que en ciertas partes se hiciesen los edificios si trabazón de vigas y otros enmaderamientos, rematándolos con bóvedas hechas de piedras de Gabi y de Alba, las cuales resisten fácilmente el fuego. Y para que el agua de las fuentes, que hasta allí se empleaban en gran parte en utilidad de particulares, pudiese abundar más en beneficio público, puso guardias para que pudiesen todos tener más a la mano la ocasión de reprimir el fuego en semejantes desgracias. Mandó también que cada casa se fabricase con paredes distintas y propias, y no en común con las del vecino… Sin embargo creyeron muchos que la forma antigua era más sana porque ahora, al ser las calles tan anchas y descubiertas, y por esta causa privadas de sombra, ocasiona más ardientes calores».
Hay que recordar que a los romanos se les atribuye el descubrimiento del hormigón, datándose este hallazgo como de mitad del siglo –I. Al menos Vitruvio lo describe como algo nuevo y sorprendente, aunque es bastante probable que este material les venga a los romanos de los propios etruscos.
Como anécdota añadiremos que este hormigón tenía un componente a base de arena de tufa, una piedra porosa, resistente y ligera que era extraída de galerías. Estas galerías, una vez abandonadas, sirvieron de catacumbas o enterramientos de los cristianos.
Con la caída del Imperio de Occidente, el hormigón y su tecnología desapareció casi por completo y sólo la aparición del manuscrito de Vitruvio en un convento suizo, en el año 1414, volvió a impulsar el interés por este material básico en la construcción actual. Y de lo que hay que maravillarse, y que también da idea de las ingentes cantidades de piedra empleadas en ella, es que aún queden tantos restos como quedan de aquellos tiempos.Sin restar importancia a todos sus incendios, ni al desmantelamiento que iniciaron los bárbaros, los cuales desmontaban las piedras de templos y monumentos para extraer el hierro de las grapas que unían sus sillares, la lamentable situación de desmantelamiento de Coliseo, y de la mayoría de las construcciones de la antigua Roma, sólo es imputable a sus propios ciudadanos, que siempre las vieron como una fuente inagotable del preciado mármol.
El control del fuego, así en el Cielo...
...
( El Taller de Vulcano)En cuanto a medidas "preventivas" sobrenaturales, los romanos celebraban dos fiestas propiciatorias en honor de las divinidades focales potencialmente irascibles ―de 'focus', fuego, fogata, hoguera, hogar― a fin de protegerse del peligro de incendio. La más importante en la Ciudad eran las Vulcanales, dedicadas a Vulcano, el 23 de agosto. También se ofrecían sacrificios a otras divinidades, sobre todo acuáticas, como Juturna ―una ninfa que se arrojó al río Numico y fue metamorfoseada en fuente cuyas aguas eran usadas en los sacrificios a Vesta, diosa romana del hogar―, para ganarse su ayuda contra los incendios. En este día la gente colgaba, sin que se sepa por qué, los vestidos al sol. El cristianismo convirtió a Vulcano en el Diablo, tras dotarle de los atributos “físicos” del dios Pan, cuernos, rabo, pezuñas y demás parafernalia lúbrica.
Más bien rurales eran los festejos de las Fornacalia. A lo largo de varias jornadas del mes de febrero se ofrecían las primicias de las cosechas a la diosa Fornax, que preside los hornos, evita incendios y tuesta al punto el trigo. Esta fiesta no tenía fecha fija de celebración, ya que cada curia la celebraba en el día en que se le hubiera anunciado que debía hacerlo. Los que por negligencia o ignorancia no lo hubieran hecho cuando les correspondía, podían celebrarla durante el último día, en las Quirinalia, día dedicado a Quirino ―nombre que recibió Rómulo tras su apoteosis― y al que se denominó con el burlesco apelativo de "Stultorum Festa" o Fiesta de los Tontos. Unas celebraciones que se conservarán desprovistas de sentido en el Carnaval cristiano.
...Como en la tierra
En el plano terrenal, durante la República Romana, es decir, antes de Augusto, los incendios los combatían partidas de esclavos llamadas en conjunto Familia Publica, sujetas a la autoridad de magistrados; estacionadas en las puertas y en la murallas de la ciudad, su equipo consistía en poco más que cubos llenos de agua y a los que por tanto no podría llamárseles propiamente bomberos, nombre que procede de las bombas ―del latín ‘bombus’ y el griego ‘bómbos’, palabras onomatopéyicas similares derivadas del infame ruido, bom-bom-bom, de los útiles cacharros― utilizadas para sacar agua de pozos, ríos o cualquier otro depósito o almacén de agua cercano al lugar del incendio.
Había también grupos de bomberos sostenidos por particulares deseosos de obtener ganancias pecuniarias.
La inmensa fortuna de Craso, gobernante de Roma durante una legislatura junto a César y Pompeyo, se levantó mediante un hábil negocio inmobiliario basado en su brigada contraincendios. Con ella acudía al lugar del accidente y pactaba el precio de sus servicios con el propietario del inmueble. Si éste accedía a sus leoninas pretensiones procedía a apagar el fuego. Y si no, se sentaba tranquilamente a esperar a que las llamas terminasen su trabajo, mientras sus bien armados muchachos acordonaban el lugar impidiendo el acceso al mismo. Después, adquiría el chamuscado inmueble a su valor "actualizado".
Con el nombre de ‘fabri’ eran conocidos en el mundo romano los obreros de la construcción, que, al igual que otros menestrales, estaban asociados en colegios que andando el tiempo darían lugar a las hermandades medievales y a los sindicatos actuales. Esta asociación se producía voluntariamente, al menos en teoría, con la finalidad de velar y defender sus intereses profesionales, rendir culto a las diversas divinidades relacionadas con su actividad, así como procurar ritos funerarios y una sepultura digna a sus miembros. Los asociados de los ‘collegia fabrum’ también solían estar encargados del servicio de extinción de incendios de las ciudades, y la de Craso era una de estas empresas constructoras, aunque no una más, como puede deducirse del puesto político ocupado por su patrón.
... Naturalmente la picaresca nunca ha sido una virtud exclusiva de nadie, público ni privado: «Has pagado por tu casa, Tongiliano, doscientos mil sextercios; un accidente, demasiado frecuente en Roma te la ha quitado. Una suscripción te ha valido un millón de sextercios. Dime, ¿no va a creer la gente que has sido tú el que pegó fuego a tu casa?» (Marcial: Epigramas, Libro III)
Después del arriba mencionado incendio del año 6 el emperador Augusto sustituyó este deficiente sistema por un "Cuerpo de Vigiles" formado por esclavos propiedad del Estado, el primer cu
erpo de bomberos y primer departamento de incendios verdaderamente profesional en el mundo. Durarían casi quinientos años, tanto como el mismo Imperio. Los vigiles se dividían en siete unidades, o cohortes, cada una responsable de dos de los 14 distritos en que se dividía Roma.
Los vigiles además eran responsables de mantener el orden de la ciudad por la noche; capturaban esclavos fugitivos, evitaban robos en los baños públicos y se encargaban de hacer efectivas las normas contraincendios.
Este sistema de esclavos-bomberos funcionó durante casi treinta años, hasta ser reorganizado por Claudio, que crea un grupo de diez mil bomberos profesionales, libertos en su mayoría, mejor entrenado, y equipado según la coyuntura económica de Roma. Siguió funcionando muy aceptablemente hasta la descomposición del Imperio, y aunque se seguían llamando Vigiles, eran miembros de una organización semi-militar, con divisiones y subdivisiones similares a aquellas del ejército romano, estando cada división a cargo de una demarcación o zona especifica.
De su prestigio es testigo y muestra el uniforme universal del bombero, el único que conserva los rasgos inconfundibles de las legiones romanas y por el que seguimos suspirando los niños del mundo.
Y es que todos los niños hemos soñado con ser bomberos de mayores ―taxista era la segunda opción. Quizá era la única forma que el mundo nos ofrecía de llevar el uniforme de las legiones romanas. O al menos el casco y las hombreras, y la imperiosidad apabullante de las legiones romanas, ya que no su “imperialidad”, valga el palabro. Pero nadie sabe de dónde nos viene a los niños esa hipnosis atávica, pues si algo sobra en el mundo anterior y posterior a Roma son los uniformes deslumbrantes.«Mi hija de cuatro años quiere ser bombera. ¿Por qué, si nada ni nadie le ha influido para que diga eso? Pues no lo sé, pero algún atractivo verán los niños en esa profesión para que les encante tanto.
Cuando ve pasar por la calle un camión de bomberos, aunque no haga sonar las sirenas, se queda como hipnotizada. Seguramente con los años se le irá la idea, pero a mí esto me parece curiosísimo...»
(Diario El Mundo, Jueves, 11 de enero de 2007/ MADRID/ CIUDADANO M: Los bomberos, un orgullo para todos. Comentario firmado por L.B.)
Vale==========================================================
Pescado en la Red
(www.taringa.net/posts/info/1500579/Bomberos-del-imperio-Romano.html)
Tras la caída del imperio Romano, en la edad media, desaparece prácticamente cualquier tipo de asociación o cuerpo especializado en la extinción de incendios.Por eso, el documento que muestro a continuación es realmente curioso. Se trata de una ordenanza, redactada en Zamora el cuatro de Junio de 1515, por la que el gremio de carpinteros se encargará de luchar contra los incendios que se produzcan en la ciudad.
En el documento (siete hojas que se conservan en el archivo histórico de la ciudad de Zamora) se especifica la herramienta que han de disponer tanto por su cuenta como por cuenta de la ciudad. Sus utensilios principales, además de herradas (cubos) de cuero o madera, eran hachas, martillos, mazas grandes y azadones y es que en la ciudades medievales, con gran aglomeración de viviendas hechas de madera y paja, la principal misión de estos carpinteros reconvertidos a bomberos, sería la de hacer cortafuegos a base de derruir las ca
sas cercanas.Además se detalla el modo de localizar el fuego y esto lo harán gracias al repique de campana de la parroquia donde se esté produciendo.
En la misma ordenanza, que consta de 11 capítulos, también se indica que se serán los carpinteros los encargados de… “…hacer las talanqueras, los tablados y cadalsos para las fiestas de los toros, justas y hechos públicos”.
A cambio, se detalla que los carpinteros… “… sean libres de pechos (impuestos) concejiles y reales por atajar los fuegos”. Imagino que las negociaciones de este “convenio” tuvieron que ser durillas. »

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(valparaiso-1851.blogspot.com/2007/02/bomberos-en-la-roma-imperial.html)
«Las Bombas de hoy, son copias mejoradas de las “Siphona”, creadas el siglo IV A.C. por Ctesibius, ingenioso griego nacido en Alejandría y por el griego, Heron, nacido el año 200 A.C. eran operadas manualmente y consistían en dos pistones de bronce conectados a una salida y ajustados a una base de madera, la que se sumergía en el agua. Estas son las primeras bombas utilizadas luego del cubo de cuero. En el 440 A.C., y por corto tiempo, se uso un estanque confeccionado del estomago de los animales. El intestino era usado en forma de manguera, mientras el estomago, servia de tanque. Para operar tan rústico sistema, se llenaba de agua el tanque y se llevaba al lugar del siniestro; los intestinos se estiraban hasta alcanzar el edificio en llamas, y varios hombres hacían presión sobre el estanque, lanzando el agua a través de las mangueras hasta el fuego. El año 300 a.C. en Roma, apareció la “jeringa”; era un cilindro con un pistón para darle presión. Se llenaba de agua y haciendo presión con el pistón, salía el agua con relativa fuerza. Estuvo en uso en Inglaterra hasta fines del siglo XII. Al principio estas “máquinas” de extinguir incendios, eran manejadas por voluntarios, que cooperaban generosamente en los incendios incendio. Trajano se opuso tenazmente a crear un Cuerpo de Bomberos Voluntarios, pues los consideraba ineptos y conflictivos. En su lugar sugirió que el Gobierno proveyese máquinas de extinguir incendios y que los dueños de las casas ardiendo y todo aquel cuya casa estuviese en peligro, fuesen obligados a operar dichas maquinas.
El primer Cuerpo de Bomberos, organizado como tal, fue en Roma y su creador el emperador Augusto Cesar el siglo I a. C. y se componía de 600 esclavos a los que llamaban Vigiles. Este sistema de Esclavos Bomberos, funcionó por 30 años, hasta que reorganiza el Cuerpo de Bomberos, creando un grupo de 10.000 bomberos (esclavos liberados o ciudadanos), mejor entrenados y equipado, según las necesidades y el prestigio de Roma. Esta organización funcionó muy bien hasta la caída del Imperio Romano (476 d.C.). Aunque se seguían llamando Vigiles, eran miembros de una organización semi-militar, con divisiones y subdivisiones similares a aquellas del ejército romano, estando cada división a cargo de una demarcación o zona especifica. Este Cuerpo de Bomberos estaba dividido en diez cohortes urbanas, y cada una controlaba y era responsable de la seguridad de los distritos semiurbanos, de la ciudad. Al principio, los cuarteles fueron establecidos en residencias privadas, siendo dotados luego de cuarteles propios. Cada cohorte tenía 2 Shipona, escaleras, escobas de metal, picotas, mallas, palas y otros equipos. El salvamento y protección de la propiedad se hacía cubriéndola con mantas llamadas Formiones, las que, siendo impermeables evitaban que el agua las dañara. Se disponía de hachas, llamadas dolobrae. Las mallas de seguridad, muy parecidas a las usadas hoy eran conocidas como cantones. Las escaleras se conocían por escalae, otro equipo ya en uso para esta época era el arpón (perticae) y los cubos hechos con sogas fuertemente tejidas y entrelazadas (amae).El personal tenia distintos rangos, incluyendo un Prefecto, un Sub-Prefecto, 10 Tribunos, 100 Centuriones, 100 Vixillarii, y un número indeterminado de bomberos con distintas calificaciones, denominadas: Acquarii, Siphonarii, Uncunarii y Falcarii. Su clasificación indicaba el trabajo que realizaba en la escena del incendio. El Prefecto tenía el Comando de todo el Cuerpo, quien era seleccionado por el emperador de entre la aristocracia romana.Los siphonarii estaban a cargo del manejo de las máquinas y los pitones, mientras que los Acquarii eran abastecedores de agua a las siphona.Los rangos de los Bomberos, eran similares a los del ejército romano.Los bomberos romanos recibían un salario y una pensión al retirarse luego de 26 años de servicios. El prefecto tenía poderes de juez, para juzgar asuntos relacionados con los fuegos. Si alguien obstruía el libre transito de los equipos, podía ordenar su arresto y celebrarle juicio inmediatamente. El castigo más común era un número de azotes, dependiendo de la intensidad y magnitud del incendio. Los Bomberos, eran una combinación de Bomberos y Policías, y llevaban macanas y otros objetos con los que castigaban a los que entorpecían sus labores. Entre los antiguos Jefes o Prefectos de mayor renombre durante este glorioso periodo, figura el Prefecto Aeneas Cyrenus. Es difícil determinar cuantas ciudades siguieron el ejemplo dado por Roma, como también cuantas ciudades desaparecieron victimas de las llamas. Sin duda que los romanos son los precursores de los vigili del Fuoco que hoy existen en Italia.»
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