Según cuenta Herbert Wendt (Antes del Diluvio) en abril de 1700 se descubrió en Cannstatt a orillas del Neckar un enorme montón de huesos de mamut que ocasionó la que se cree sea la primera excavación arqueológica sistemática, pues el duque de Württemberg ordenó averiguar...«si estos huesos y cuernos han crecido en la tierra como mero capricho y obra de la naturaleza, si son de animales vivientes nacidos en el vientre materno, o si debían considerarse restos humanos».
Procedentes de Stuttgart, un sabio opinaba que eran restos de los elefantes de Aníbal, otro pensaba que procedían de un altar sacrificial romano, y un tercero explicó que eran efecto y recuerdo del diluvio universal.
Desde la afortunada institucionalización de los yacimientos de la burgalesa Serranía de Atapuerca, los despojos abandonados por la naturaleza en remotas edades, base material de la Arqueología la Paleontología y demás "logías", conviven hoy familiarmente con nosotros incluso en el mundo infantil. Sin embargo, hasta hace poco más de doscientos cincuenta años, hasta el s.XVIII, se consideraba que los fósiles eran un capricho más o menos curioso de la naturaleza, juegos de la Creación ―también eran denominados "petrefactos"―, producidos, en suma, por una mística 'vis plastica', latinajo que puede traducirse en algo así como "ánima escultórica", un espíritu peligrosamente parecido a los faunos paganos ―que no por nada originaron la palabra "fauna", genérico de Fauno, deidad protectora de bosques y campos, hijo de Júpiter y Circe, y colega del Pan griego― sólo que aficionados a la escultura, la alfarería y la pintura, que se entretenían modelando toda clase de formas animales y vegetales y dejándolas tiradas por cualquier sitio.
Más racionalmente, el historiador del s.−V griego Herodoto había pensado, durante su visita a Egipto, que las diminutas conchas incrustadas en los bloques de la piedra de la Esfinge eran lentejas procedentes de la comida de los obreros ―qué lejos los tiempos puñeteros de Esaú y Jacob― que construyeron el monumento.
Lógicamente, en todos los tiempos, en todos los lugares y en múltiples ocasiones han salido a la luz los restos de animales prehistóricos, unos restos que de acuerdo a las tradiciones y culturas de cada lugar han dado pie a las antiguas y universales creencias en dragones y gigantes alrededor de los huesos y cráneos de dinosaurios, mamuts y osos de las cavernas hallados casualmente al trabajar minas, canteras, zanjas y pozos: fósil significa "procedente de un foso", aunque según el sentido literal de la palabra son fósiles todas aquellas cosas que se extraen después de haber permanecido enterradas.

El Reino del Dragón
Prácticamente desde el comienzo de la humanidad, la osamenta dispersa del dinosaurio se ha transformado en dragón y ha cobrado cuerpo de serpiente y, cubierto de joyas mágicas, ha fertilizado la imaginación y la imaginería de todos los pueblos de la tierra como si de una fuerza real de la naturaleza se tratara. Muchas tradiciones hablan del origen de los tiempos brotando de un abismo acuoso removido por un espíritu ardiente cuyos ojos miran hambrientos a su alrededor, gesto que da al dragón su nombre griego, el arcaico ‘derkesthai’, lanzar miradas fugaces, del cual acabarían saliendo el griego ‘drákon’ y el latino ‘draco’.

(Jasón vomitado por el dragón, entre dos monedas célticas procedentes de Bohemia)Como los restos que les han dado vida, hay dragones de todos los tamaños y, dada su conocida promiscuidad, de variadas y sorprendentes formas, desde el dragoncejo esmirriado que mata san Jorge, algo mayor que un mastín, hasta la enormidad de los dragones chinos, con la envergadura de un portaviones, cuya sangre, al decir del I-Ching, cubre cielo y tierra cuando luchan en la pradera, pasando por el respetable tamaño de la novia del amigo de Shrek. Descontando, naturalmente a los babilónicos Apsu y Tiamat, dragones primordiales de un tamaño planetario y creadores de todo lo existente.
(San Jorge, sobre la puerta del convento de San Francisco en Palma de Mallorca)Todos los antiguos acertaron al atribuir a aquellos huesos pétreos las características del reptil. Una serpiente sin párpados ni oídos, y que debe a ello sus inquietantes ojeadas. Por mucho que hoy nos pueda turbar, en la antigüedad siempre fue vista como un animal benéfico. Los griegos en particular tenían una en cada casa alimentada con leche y tortas de miel a fin de propiciar la prosperidad y el consejo de los oráculos. Hay que recordar que por entonces el gato únicamente estaba establecido en Egipto [1], y es seguro que las serpientes preferían los ratones al empalagoso alimento de sus patrones.
(La imagen de la serpiente que se come la cola (o de la cola que se come la serpiente) fue bautizada como Uroboros por los alquimistas, que vieron en ello el acto de autofertlización, el recipiente de esta nueva vida y el período de tiempo que tarda el ciclo de la vida en volver al principio)En Grecia, el dragón recibió el nombre de Uranos, y en la India el de Varuna, dios de los Fundamentos, la Ley, el Orden, la Muerte y las Aguas Causales. Pero el dragón europeo, ecológicamente adaptado a su entorno, tenía la parte delantera como la del ciervo, sin duda porque al ciervo se le caen los cuernos, una característica coherente con la muda de la piel de serpiente que forma su cola. Y, «aunque no lo parezca, la Quimera era sin duda un dragón, ya que lo eran sus padres, Tifón, el Huracán Humeante, y Equidna, la Víbora; como dragón era su hermano, Ladón, el guardián de las manzanas de oro del Huerto de las Hespérides… Y Forcis era el nombre griego de otro dragón marino, también dios de la muerte; su homólogo latino era Porcus u Orcus, de donde deriva nuestra palabra “ogro”… Y, por acabar con algún dragón conocido aunque exótico, Huracán es un dragón caribeño que, aparte de enriquecer nuestro vocabulario, también provoca terremotos. Tiene dos brazos, uno doblado y apuntando hacia arriba y el otro hacia abajo, con lo cual gira rapidísimamente. Además, su cola serpentínea le facilita enormemente sus desplazamientos en forma de tornado» (Párrafos escogidos de El Dragón, Francis Husley).
(El dragón de Klagenfurth, fuente creada en 1590 según el modelo de un cráneo de Rhinoceros tichornus descubierto en 1335)Plinio (Historia Natural, VIII, 12) dice que en la India «los dragones son tan grandes que se toman toda la sangre del elefante al que atacan; y así éstos son absorbidos completamente por aquéllos y se derrumban secos, y los dragones, saciados, son aplastados y mueren a la vez». Hay que aclarar que la palabra ‘draco’ abarcaba a las serpientes de gran talla y costumbres extrañas y también al animal fabuloso ―enorme, a veces alado, guardián de tesoros, que arroja fuego por la boca―; sin embargo se utiliza en un sentido más amplio para nombrar cualquier tipo de serpiente, junto con otros términos como ‘serpens’ o ‘anguis’. (Nota de las traductoras, Ed. Cátedra, 2002). Algo parecido sucede en la Biblia, donde el profeta Daniel mata al dragón del templo de Bel dándole a comer una bola cocinada con alquitrán, grasa y pelo (14, 27), aunque no ocurre lo mismo en el Apocalipsis, donde el Dragón es el mismísimo Diablo, que dicen nuestras madres refiriéndose a nosotros, los peques (12,7).
El Reino de las Quimeras
No se sabe por qué, todos hemos llegado a interpretar que quimera es una “ilusión, una cosa agradable en que se piensa como posible sin serlo en realidad”. No debe resultar demasiado relajante sacar al parque a pasear una mascota que tenga la parte inferior de serpiente, busto de cabra y cabeza de león, y que además lance llamas por la boca y arrase todo lo que pilla.
Ciertamente se trata de un dragón menor, originado por la circunstancia de que no todos los reptiles creto-jurásicos tenían un tamaño gigantesco. Y la imaginería hitita, otra inspiradora de la griega, nos ofrece una Quimera en un edificio de Karkemish como representación de las tres estaciones del año sagrado tripartito de la Gran Diosa,
la Luna, la que imperaba antes de ser destronada por Zeus y su culto masculino y solar. Es una efigie en la que el león simboliza a la primavera, la cabra al verano y la serpiente al invierno (el otoño, época eminentemente agrícola no tenía sentido en las culturas nómadas). Su influencia mítica llegó hasta el Renacimiento en forma de “cimera”, el animal mitológico que remata el yelmo de las armaduras caballerescas.
La Esfinge, más popular que la quimera, es una variante egipcia de ésta que se quedó de piedra al ver las pirámides. Los aterrorizados mortales, y los turistas charter, podían distinguirla fácilmente por su cabeza de mujer, cuerpo de león, cola de serpiente y alas de águila. Su adscripción femenina la hacía más temible que las quimeras (vemos en el grabado con qué suavidad le levanta la patita la esfinge a la quimera) y venía a ser un prototipo intermedio entre éstas y las sirenas.
(Véase la representación que de las sirenas tenían los griegos. Este barco lleva a Ulises y sus muchachos. Nada de pescadillas. Pajarracos)
«A vosotras, hijas de Aqueloo, de dónde os vienen la pluma y las patas de ave, puesto que tenéis el rostro de doncella? ¿Acaso porque cuando Prosérpina recogía primaverales flores, formabais parte de su séquito, doctas Sirenas? Después de haberla buscado en vano por todo el mundo, inmediatamente, para que la llanura marina conociera vuestra preocupación, deseasteis poder posaros sobre las olas con los remos de vuestras alas y tuvisteis a los dioses propicios y visteis empezar a dorarse con repentinas plumas vuestros miembros; sin embargo, para que aquella melodía nacida para ablandar los oídos y tan gran don de vuestra boca no perdiera la utilidad de la palabra, permanecieron el rostro de doncella y la voz humana». (Ovidio: Metamorfosis, V, 550)
La sirena original y primordial, la genuina Sirena, no era la mujer sardina que hoy puebla los mares de Hollywood. Ovidio, siguiendo a Apolonio de Rodas, las describió según acabamos de transcribir, dando lugar a que en el Liber monstrorum de diversis generibus, del s.VI, entendieran, de ese lanzarse al mar que sugiere Ovidio, y por una confusión originada entre ellas y los tritones ―
mitad hombre mitad peces, subalternos de Tritón, hijo de Neptuno―, que serían de la misma raza que éstos.
La sirena patentada es una ninfa marina, sí, y con busto de mujer, también, pero con cuerpo de ave que atraía y extraviaba a los navegantes como bien sabía el cuco de Ulises y como su etimología previene: ‘seirazein’, atar con cuerdas.
Hijas cantoras de la Tierra, arrastraban a los marineros a las praderas de su isla, donde se amontonaban los huesos de sus víctimas anteriores. Personifican quizá los destrozos causados por el poderoso atractivo sexual femenino, que, irresistible en primera instancia, desvía al macho de sus intereses más realistas para dejarles extraviados una vez que los apetitos hormonales han sido saciados o, peor aún, una vez que no lo han sido.
Aparecían talladas en los monumentos funerarios como ángeles de la muerte, cantando himnos fúnebres al son de la lira, haciendo guardia a fin de apresar y proteger al alma cuando, en forma de ave, se alejase del cuerpo.
Las calaveras de los mamuts, como las de los elefantes y las del resto de los proboscídeos, presentan un considerable boquete que corresponde a la trompa. Para los antiguos aquel fascinante cabezón era la prueba incontestable de la remota existencia de gigantes de un solo ojo, los Cíclopes (nombre compuesto a partir de ‘kyklós’, círculo y 'oops’, ojo, vista). «Es por ello que el Polifemo de un solo ojo, que a veces tiene una madre bruja, aparece en los cuentos populares de toda Europa y su origen puede remontarse hasta el Cáucaso. Y como el esc
enario pastoral del cuento caucásico se conservó en la Odisea, se lo pudo confundir con uno de los cíclopes pre-helenos, descendientes de Brontes (trueno), Estéropes (relámpago) y Arges (rayo), y famosos forjadores de metal cuya cultura se había extendido a Sicilia y que quizá tenían un ojo tatuado en el centro de la frente como una marca de clan; y también en el sentido de que los herreros se cubren con frecuencia un ojo con un parche para evitar las voladoras chispas». (Robert Graves, Los mitos griegos. También todos los datos “fisiológicos” de los seres tratados en este apartado)
Así lo resume H. Wendt: «Los navegantes de la Antigüedad clásica hacían de Sicilia la patria de los gigantescos cíclopes que poseían un ojo, impar, en la frente. La causa de esto está en el hecho de que en las cavernas sicilianas del estrecho de Mesina podían encontrarse restos de un curioso elefante enano, Elephas mnaidriensis, que vivió en los inicios del Pleistoceno. No es de extrañar que de acuerdo con el mito homérico se tomase el cráneo de tal elefante por la cabeza de un gigante. El orificio nasal pasaba por ser la cuenca de un ojo frontal; las verdaderas órbitas oculares pasarían inadvertidas por su posición ocular». (Tras las huellas de Adán)
Los cíclopes son un caso particular de la famosa raza de los gigantes, una raza que no recibiría su golpe hasta que Don Quijote se ocupó de ellos. Siempre han tenido tanta crédito como mala prensa, pues no en vano su existencia viene avalada por la Biblia, cuando el Génesis (6,4) narra los prolegómenos del Diluvio ―concretamente, ciento veinte años antes de éste―, dice: «En aquel tiempo había gigantes sobre la tierra: porque después que los hijos de Dios se juntaron con las hijas de los hombres, y ellas concibieron, salieron a la luz estos héroes famosos muy de antiguo».
Algunos piensan que "los hijos de Dios" fueron de la familia de Set, y "las hijas de los hombres" de la familia de Caín, y con razón, puesto que aquellos otros hijos e hijas que engendró Adán después de Set no vuelven a dar señales de vida.
Bastante más cercana, del año 1613, es la anécdota de los huesos hallados en un pozo de arena del francés castillo de Chaumont, los cuales correspondían a un dinoterio. Fueron exhibidos por media Europa como los restos de un gigante, concretamente, del “Gigante Teotobocus, rey de los teutones y los cimbrios”.
Cerraremos este apartado con el caso curioso del Unicornio. Empezábamos esta historia hablando de un “enorme montón de huesos de mamut descubiertos en 1700”, pues bien, los colmillos seleccionados de entre aquellos restos acabaron convirtiéndose en polvo destinado a las farmacias de la corte ducal de Stuttgart. El motivo era que tales colmillos se juzgaron cuernos de unicornio. Y ya se sabe que el cuerno del unicornio es la mejor de todas las medicinas.
En el s.XVII, los científicos que los hallaron, montaron el rompecabezas formado por los dispersos huesos y colmillos de un mamut ―palabra que resulta de simplificar el nombre que los campesinos siberianos daban a los restos encontrados entre los hielos, mammotowakost―, de esta curiosa manera: les resultó una especie de unicornio que ellos denominaron licornio. Aquí vemos, cómo juntaron las piezas óseas y cómo imaginaron al animalito propietario de ellas.
La leyenda del unicornio se refería originariamente a las vacas sagradas orientales; pero luego se descubrió el rinoceronte asiático-africano, también de cuerno afamadamente curativo; aunque el prolongado y reconocidamente retorcido cuerno del unicornio es en realidad la defensa de un curioso mamífero marino, el narval. De modo que el fabuloso animal es, nuevamente, una composición basada en las tres especies citadas, la vaca, el rinoceronte y el narval.
Unicornios, Pegasos, Lamias, Gorgonas, Grifos, Hidras, Cancerberos… racionalizaciones de hallazgos inauditos que siguen adaptando sin ser superados, tan sólo banalizados, por los creadores actuales.
(Hércules luchando
contra la Hidra,
monstruo de mil cabezas
que más bien tiene
toda la pinta
de un calamar,
con todos los respetos
para ambos)
El Reino de las Piedras
("Cuernos de Amon", o amonites, conchas petrificadas de calamares del mesozoico)
Pero, aterricemos. Dijimos al principio que fósil significa "procedente de un foso". Y el latín 'fossa', hoyo, procede de 'fodiare', cavar. Derivados suyos son hozar, hocicar, "remover la tierra con el hocico", humilde tarea animal originaria del hoy tan científico término. Me temo que algo menos científicos resultan otros dos derivados del verbo 'fodere' prácticamente sinónimos entre sí. Aunque ya nos los vayamos maliciando no dejaremos a nadie en la duda: se trata de los castizos multiuso joder y follar. Sus poco románticas similitudes mecánicas no necesitan de más precisiones.
El Primer Diccionario de la Lengua Española (Covarrubias año 1611), en su entrada dedicada al "güeso", que así es como lo escribían los eruditos del s.XVII, tocaba sin saberlo el tema fósil cuando comentaba:
«...Los güesos, por ser materia sólida, se conservan mucho tiempo, de modo que aora en sepulcros de mil y dos mil años se hallan los güesos enteros, y algunos tan deformes que parecen de gigantes...»
Sin embargo, no todo aquello que a toda prisa machaca uno al meter la excavadora, antes de que se enteren los periodistas y los del Patrimonio vengan a paralizarnos la obra [2], son huesos de dinosaurio o de mamutes lanudos. También se encuentran conchas pétreas, espirales o no, o piedras de diversas configuraciones vegetales. Bajo la influencia de los numerosísimos astrólogos, antiguos, medievales y renacentistas, se llegó incluso a afirmar que los fósiles se hablan originado por efecto de misteriosas fuerzas emanantes de los astros. En su libro, Fósiles, piedras y gemas, el médico de Zurich, Konrad Gesner, muerto por la epidemia de peste en 1565, puso el nombre de "formas celestes" a los lirios de mar de las aguas tropicales; el de "piedras del trueno" a los belemnites, antepasados extintos de la sepia; a los moluscos fósiles los denominó "piedras marinas", y llamó “piedras judías” a los erizos de mar fosilizados. Este fiel partidario de la doctrina de la "vis plastica" no dejó de señalar que muchos fósiles se asemejaban marcadamente al «sol, a la luna y a las estrellas» (Herbert Wendt, Antes del Diluvio).
Sólo algunos heterodoxos opinaban que debía de tratarse de restos fosilizados de seres vivientes, opinión ésta que contaba con la oposición, no sólo de las autoridades científicas, sino también de las eclesiásticas. Linneo clasificó las "petrificaciones" dentro del "Regnum lapideum" o Reino de las piedras, y creó para ellas una clase especial, la de la 'Fossilia', que puso al lado de las otras dos clases, las "piedras auténticas" y los "minerales". A lo más que llegaba una mente como la de Leonardo da Vinci ―el cual, no obstante, opinaba que «el agua, humor vital de la máquina terrestre, se mueve a impulsos de su calor natural»― era a imaginar que, tras antiguas inundaciones, el sitio que ocupaban los moluscos o los peces cuando se pudrían, se convertía en un molde hueco que conservaba la forma del animal en la masa sedimentaria. Posteriores inundaciones arrastraban limos de otra consistencia que llenaban el molde anteriormente formado y conservaban la forma exacta de los animales que habían yacido allí.
La Sinrazón de la Razón
Otros eruditos consideraron que aquellas formas marinas incrustadas en las laderas de las montañas y en el fondo de los valles continentales habían sido depositadas por las aguas del Diluvio Universal y constituían una evidencia del mismo. Curiosamente esta ingeniosa especulación no fue aprovechada por la Iglesia, que prefirió como doctrina oficial la de la "vis plastica" debido a que ésta procedía de dos autoridades científicas a cuyas enseñanzas y opiniones se aferraba el Occidente cristiano con dogmática inflexibilidad: Aristóteles y su comentarista árabe, Avicena.
(Embriones de perro, conejo, murciélago y humano. Tercera y cuarta semanas de desarrollo. Según Haeckel)
Y es que Aristóteles, tan lúcido por lo demás, había desdeñado en este terreno a sus increíbles compatriotas de tres siglos antes: Jenófanes de Colofón había utilizado los fósiles como prueba de su teoría de los continuos cambios de la tierra. Y Anaximandro de Mileto dedujo de los peces fosilizados que se encontraban en las profundas capas del paleozoico, que los peces eran los más antiguos antecesores del actual mundo animal y que eran también por tanto los antecesores del hombre. Más de dos milenos tardaría la ciencia en recuperar aquella lucidez especulativa.
Pero quizá comprendamos mejor aquellas convicciones acerca de los caprichos de la naturaleza tan arraigadas y duraderas ―y tan coherentes con las creencias en duendes, hadas, brujas y trasgos―, si examinamos la fuente del error, aunque sólo sea parcial y superficialmente. Y es que Platón, cuya mente aristocrática despreciaba profundamente la experimentación y la observación de la naturaleza y todo aquello que supusiera mancharse las manos, afirmaba rotundamente que la razón por sí sola es capaz de llegar al fondo de todos los misterios divinos y humanos, naturales y artificiales. Y desde luego y por supuesto, él no necesitaba levantarse de la poltrona para deducir el origen y formación del universo ¿Cómo se las arreglaba Platón para saberlo todo sin desenrollar un pergamino? Veamos sucintamente las elucubraciones que, expuestas en Timeo o De la Naturaleza, sirvieron como base de partida a la ciencia occidental durante dos mil años:
«Digamos por qué motivo el ordenador de todo dispuso el universo. Él era bueno, y el que es bueno no puede sentir ninguna clase de envidia... Exento de este sentimiento, quiso que todas las cosas fuesen en lo posible lo más parecidas a él mismo... Esta es la razón principal de la formación del mundo... Consecuente con esto puso la inteligencia en el alma y el alma en el cuerpo y ordenó el universo de manera que consiguió una naturaleza excelente y perfectamente bella... Porque Dios, queriéndolo hacer lo más bello y más perfecto posible, hizo un solo animal visible, el mundo, el cual abarca a la vez todos los animales particulares unidos por lazos de parentesco».
Tal insolencia en la afirmación del conocimiento de los gustos y preferencias de Dios, tuvo comido el coco, metido en un puño, hundida la moral y aterrorizado el magín a todo el orbe inteligente hasta hace poco más de doscientos años. Y ello fue debido a que las doctrinas científicas de Platón, que eran las que había mamado Aristóteles, le venían como anillo al dedo a la teocracia cristiana la cual, al igual que aquéllos, prefería la ignorancia al desorden social y al descontrol del "rebaño".
En contra de afirmaciones propagandísticas académicas, "las universidades se habían fundado en la Edad Media no tanto para producir un conocimiento nuevo sino para preservar el antiguo. Eso significaba que por definición el conocimiento estaba en los libros. Lo que uno veía con sus propios ojos no servía. Incluso aunque fuera cierto, no era conocimiento. Los alfareros aprendían sobre la arcilla a través de esa misma arcilla; los mineros y los que trabajaban en las canteras aprendían sobre las rocas de las rocas. Pero los estudiantes, si tenían la más mínima curiosidad sobre esos materiales por lo general se contentaban con lo que podían extraer de las páginas de Aristóteles u otros textos. Ensuciarse las manos con las cosas en sí mismas era inaceptable para los académicos… Incluso en la segunda mitad del s.XVII gran parte de la ciencia seguía pareciéndose a la hechicería…" (Alan Cutler: Una nueva historia de la Tierra).
Pero hasta en el mismo s.XIX tenemos, por ejemplo a un filósofo apellidado Robinet ―por más señas, Jean-Baptiste René de nombre, censor real de Luis XVI, nada menos―, un filósofo con discernimiento autosuficiente para explicar cualquier fenómeno sin necesidad de investigaciones, opinaba que todas las formas minerales y vegetales con semejanzas a partes del cuerpo eran vestigios de los primitivos intentos de la naturaleza por crear al ser humano.
Las Ataduras de la FeHacia 1700 alguien como Leibniz ―un cerebro sólo comparable al de su rival y coetáneo Newton― decía sobre estos asuntos:
«En los tiempos en que el Océano lo cubría todo, los animales que hoy habitan en tierra eran animales acuáticos, los cuales, al retirarse el elemento húmedo, se fueron convirtiendo poco a poco en anfibios para acabar desligándose en su descendencia de la patria primitiva... Pero tal cosa está en contradicción con las Sagradas Escrituras, y cualquier desviación de ellas es pecaminosa».
Ante tal poder de lo místico no es de extrañar que el descreído pero informado Voltaire opinara irónicamente al respecto que los fósiles de crustáceos tenían que ser diferentes tipos de veneras compostelanas perdidas por los peregrinos camino del Finisterre, Roma o Palestina.
Tan dramáticos como inmensos son los afanes y disgustos que han padecido los investigadores para conciliar los descubrimientos de su razón con la Biblia o el Olimpo, y poder de alguna manera decir su verdad sin traicionarse [3]. Como un caso entre miles, merece la pena rememorar la curiosa utilización del arca de Noé por parte de los primeros partidarios de la evolución de las especies, filosofía que acabaría imponiéndose a duras penas con Darwin. Según es narrado por Herbert Wendt:
"La Biblia decía que, por indicación de Dios, Noé había salvado del diluvio universal a una pareja de cada especie animal. Si a alguno se le ocurría poner en duda la permanencia de las mismas especies creadas originalmente, lo que debía evitar por todos los medios eran las dudas acerca de Noé y su jardín zoológico flotante. Así, pues, algunos hombres avispados se dieron cuenta en seguida de que precisamente la leyenda de Noé podía tornarse en prueba contundente de la veracidad de la idea evolucionista. El primero que expresó tal opinión fue, lógicamente, un experto navegante, sir Walter Raleigh [4], el cual, en una historia universal en cinco tomos expresó la suposición de que en el arca sólo podían haber cabido y ser salvados por Noé los animales del mundo antiguo. Los animales del mundo nuevo, en cambio, tenían que haberse desarrollado después a partir de estas especies del mundo antiguo". (Tras las huellas de Adán)
De hecho, al Pleistoceno, "primera época del período Cuaternario, caracterizado por el desarrollo de un período preglacial, cuatro glaciaciones y tres períodos interglaciales", se le ha llamado "tradicionalistamente" Período Diluvial y todavía se acostumbra hoy llamar "antediluvianas” a las criaturas de las pasadas épocas de la tierra.
Digamos, ya puestos, que realmente el término diluvio no está relacionado con la lluvia, en contra de lo que su similitud acústica lleva a esperar, sino con el lavado. “Diluvio”deriva del verbo latino 'diluere', diluir, desleír, disolver, el cual a su vez deriva de 'lavare', lavar; mientras que “lluvia” deviene de 'pluere' ―'plovere', en latín del populacho―, de donde sale la lluvia y todo lo pluvial. [5]
A nosotros hoy, la imagen de Noé embarcando dinosaurios nos puede parecer sumamente divertida, pero no deja de ser una lamentable muestra del tremendo despilfarro de inteligencia desperdiciada en la poco científica aventura de salvar el pellejo. Pero de este celo en defensa a muerte de los conceptos religiosos sobre los racionales no se libraron ni siquiera los antiguos griegos, gente marinera que se movía a su aire, lejos de las miradas de los sacerdotes y con mucho tiempo para pensar y discutir, y que contaba, además, con los precedentes de las andaduras fenicias y cretenses:
"Empédocles, especie de Fausto griego que funda la teoría de los elementos y bosqueja una teoría casi darwinista del origen de las especies, murió desterrado por motivos políticos. Anaxágoras, el primero que imaginó que el mundo había surgido del torbellino de una nebulosa primitiva, fue juzgado por incrédulo, y sólo gracias a la intervención de Pericles se libró de la sentencia capital. Los sesenta escritos de Demócrito fueron pasto de las llamas por orden de la censura, a pesar de que sólo contenían una imagen científica del mundo, desde la fisiología hasta la teoría de los átomos; en ellos el padre del materialismo aparece como predecesor genial de todos los grandes físicos, desde Galileo y Newton, Dalton y Faraday, hasta Bohr y Einstein. Y cuentan, por cierto, que fue Platón quien provocó esta quema de libros, la primera de toda la historia de la cultura". (Herbert Wendt, Tras las huellas de Adán).
La España Fósil
En el peculiar caso de España, donde las ideas de la Ilustración habían sido rigurosamente censuradas, ocurría que en la misma época en que la Europa transpirenaica de Buffón, Lamarck y Cuvier discutía acaloradamente acerca de creaciones, evoluciones y fósiles ―los cuales, en el peor de los casos, se vendían pulverizados en las boticas como remedios caros contra multitud de dolencias―, en esta tierra de María Santísima un erudito como Ignacio López de Ayala, catedrático de Poética en el Colegio de San Isidro de Madrid, miembro de la Academia de la Historia, y censor de los teatros madrileños, escribía en su Historia de Gibraltar, 1782, de aquesta asombrada guisa:
«Había peñas que tenían pegados e incorporados huesos humanos i tan asidos a ellas que causaban admiración; por que con mucha dificultad se despegaban de la peña con una punta de daga. No estaban las piedras labradas en forma de sepulcro, sino mezclados los huesos i trabados irregularmente con ellas...»
Como posteriormente se pudo comprobar, si los hallazgos de Gibraltar hubieran tenido un entorno cultural más acorde con el existente en el para nosotros lejano continente europeo, hoy el Homo neanderthalensis, sería conocido como Homo calpensis, es decir, no hablaríamos de los neanderthales sino de los gibraltáridos, o algo así, ya que sus primeros fósiles fueron localizados en Gibraltar diez años antes que los del valle del río Neander, en Düsseldorf, de 1856. Naturalmente, tales restos fueron hallados durante las obras de fortificación llevadas a cabo por los británicos en el peñón. Pero con una religión menos celosa los comentarios publicados por López de Ayala hubieran llamado la atención de mucha gente aficionada, como la había por ahí fuera, y que había sido protagonista de la mayoría de los hallazgos estudiados después por los "sesudos académicos".
(Furias)
Sin ir más lejos, el sesudo prologuista de la edición española del Tras las huellas de Adán, de Wendt, el profesor Gómez-Tabanera, de la U. de Madrid, culpaba a la envidia de los vecinos del desconocimiento de "nuestras maravillas prehistóricas, que, por lo demás, han sido divulgadas por escritores indígenas poco o apenas leídos". Según él: "no hay que olvidar que aún se dan casos en que los vecinos se callan las cosas cuando del examen de éstas resulta que los españoles poseemos una mayor aptitud, y hasta alcanzamos cierta prioridad, en determinadas observaciones científicas o místicas". Tras esta exhortación de corte cómico-racista, se duele del desconocimiento de una figura como Celestino Mutis. Bien. Efectivamente, José Celestino Bruno Mutis y Bosio ―nacido en Cádiz (España) el 6 de abril de 1732 y fallecido en Santafé de Bogotá (Colombia), el 11 de septiembre de 1808―, fue un gran científico y eclesiástico español que desplegó una enorme actividad durante el reinado de Carlos III, que fue asiduo corresponsal de Linneo sobre flora ecuatorial y que, según declaraciones del mismísimo Humboldt, poseía la mejor biblioteca botánica que había visto, con la única excepción de la de Joseph Banks en Londres.
Sin embargo, si bien la restauración de Fernando VII arrasó, también, las actividades de fray Celestino y su escuela ―entre otras, la fundación del observatorio de Bogotá, estudios sobre las vacunas, sobre la quinina, las explotaciones mineras...―, se puede decir que ha llovido lo bastante desde entonces como para que cause bochorno nacional constatar que, según las últimas enciclopedias digitales (Micronet 2004): "...Los materiales de su obra monumental titulada Flora de Santafé de Bogotá o de Nueva Granada, permanecen aún inéditos, archivados en el Jardín Botánico de Madrid. Es una obra de grandes dimensiones y de enorme valor científico, con miles de dibujos de plantas todavía no reconocidas..."
Por supuesto, tanto en este caso de fray Celestino Mutis, como en el de otros ―Novoa Santos o Sales y Ferré― bastante menos clamorosos que cita el prologuista, nuestro desconocimiento ―real y garrafal por otra parte― es seguro que estriba en la "envidia de los vecinos". Faltaba más.
Vale
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NOTAS
[1] Hasta ayer mismo, se suponía que el gato era desconocido en la antigüedad fuera de Egipto, pues su nombre deriva del latín del s.IV, 'cattus', de origen incierto. También se pensaba que las variedades de pelo corto derivaban de una especie de gato salvaje africano domesticada por los antiguos egipcios desde el −3000, y que eran una especie de secreto nacional. Pero por el número 395, agosto de 2009, de Investigación y Ciencia nos enteramos de que provienen de la especie de gato salvaje existente en Oriente Medio, no del africano, y que en toda esta zona ya eran bastante comunes desde el inicio de la agricultura, es decir desde 5.000 años antes que en Egipto, aunque no tan comunes ni tan pacíficos como los mininos de los egipcios. En cualquier caso, sí que es probable que los fenicios lo llevasen en sus viajes ―pues cuando los romanos llegaron a Britania se encontraron que allí había ya gatos―, por Grecia y la antigua Roma, donde les incluyeron entre los 'feles', nombre que aplicaban genéricamente a otros pequeños carniceros como la marta o la garduña ―de donde viene 'felinus', felino, como clasificación animal y como adjetivo humano un tanto ambiguo―, y en cuyos lugares alcanzaron gran importancia como cazadores domésticos, pasando a tener mayor trascendencia que las serpientes y comadrejas, utilizadas hasta entonces para tales menesteres sanitarios.
Para los entrañables egipcios antiguos fueron los gatos tan valiosos, como protectores del grano almacenado y en el control de las plagas, que los consideraron como protectores de la casa y como dioses. Su exportación estaba prohibida, así como castigado su "deicidio" con la pena de muerte. Creemos que es una condena adecuada teniendo en cuenta que los gatos desde la oscuridad controlan los movimientos de la luna con sus ojos, además de que «un gato es la oportunidad que nos brinda la naturaleza de acariciar un tigre». O porque en un delicado momento que nada tenía que ver con los gatos y por algún motivo que he olvidado escribí:
Un día
...la Tierra..... será... plana
_____ ....como una alfombra.... ______
Y
.......el ...Mar... dulce y llano
------- .....como un plato... de leche ....-------
Y ..todos .....retozaremos
.........------- .....sin más problemas
.........que el del propio retozar ........-------
Si ......somos buenos
.................................seremos gatos
.................................----- un Día -----
..................................
[2] Ta
mpoco hay que exagerar. En las charlas, magníficas, de Hispania Nostra ya nos han informado: Los bienes arqueológicos protegidos están “protegidos” mientras una ordenanza municipal ―un Plan urbanístico, por ejemplo― no disponga utilizar para mejor fin el terreno en el que los “bienes arqueológicos protegidos” están ubicados. Las Ordenanzas, municipales o autonómicas, tienen un rango superior a los procedimientos del Patrimonio nacional. Así pues, y en aras de intereses superiores ―por ejemplo, la creación de empleo en el sector de la construcción―, en ese momento los “bienes arqueológicos protegidos” se estudian, se catalogan, se documentan, se inventarían… y se vuelven a enterrar definitivamente, cuidadosamente “protegidos”, eso sí, en el magma del interés superior hasta que el Destino vuelva a dictar su inescrutable capricho.
La protección de un bien cultural sólo es real y verdadera cuando tal bien es declarado Patrimonio de la Humanidad. En ese glorioso momento deviene intocable. Hasta entonces no es más que Matrimonio de la Humanidad. Por ejemplo, Numancia. Numancia NO es patrimonio de la humanidad ―¡quién lo diría!―, así pues, en estos momentos las excavadoras ya han hincado el diente al pie del cerro de Garay, en un entorno, el de los campamentos de Escipión que ―vergüenza nacional y Vergüenza de la Humanidad, se trata de Numancia, amigos de Roma― ni siquiera ha sido explorado arqueológicamente aún!
[3] «La traición consiste en la habilidad para dejarse llevar por los acontecimientos» (como se dice en La reina Margot, una película francesa sobre Margarita de Valois y Enrique IV de Francia. La referencia, a lo mejor, no viene al caso, pero hay que reconocer que la cita no tiene desperdicio: Bien por el guionista. El Cine es la Biblia de hoy, y Hollywood su Paraíso). Y sin embargo, con respecto al tema que nos ocupa, en la Grecia antigua los filósofos naturalistas anteriores a Sócrates creían casi sin excepción en la evolución de la vida, aunque cómo se imaginaban esta evolución sea difícil de conjeturar. Más con Aristóteles desaparecieron las creencias evolucionistas de la filosofía de la naturaleza, imponiéndose en su lugar el dogma de la inmutabilidad de las especies. La nueva teoría rezaba así: "todos los seres vivos han surgido en virtud de un acto de generación único y con la misma forma que actualmente tienen; no hay transición de una especie a otra ni mucho menos de los organismos inferiores a los superiores". Y la Iglesia le siguió con los ojos cerrados.
(Dragón heráldico de los Valois)
[4] Gran almirante, favorito de Isabel I ―bautizó las tierras de Virginia en honor de "la reina virgen", película a la cual debemos toda nuestra cultura popular sobre la época―, además de pirata, corsario y descubridor británico. Cuando Raleigh cayó en desgracia ante la reina, ocupó los trece años de reclusión en la Torre de Londres, entre 1603 y 1616, escribiendo su obra científica, además de los infinitos temas líricos destinados a camelar a su amada reina, cosa que al fin consiguió, aunque de poco le serviría: en 1616, antes de terminar su obra, fue puesto en libertad para dirigir una expedición destinada a encontrar El Dorado, que se enmascaró bajo la apariencia de un proyecto de colonización. que terminó en un ostensible fracaso. Al volver a Inglaterra fue acusado de piratería y ahorcado en 1618. Una viva muestra del fino humor inglés. "Dios salve a la reina", que dicen los ajedrecistas.[5] Los griegos, como de costumbre, tenían la palabra correcta para un diluvio como Dios manda: 'kataklismós', inundación, diluvio, el verdadero "cataclismo" que los antiguos ―también está en latín― reservaban para los efectos devastadores del agua, de "las aguas" ―a diferencia de la "catástrofe", para ellos, devastación intencionada, del griego 'katastrépho', subvertir, destruir―, y que hoy, incultos de nosotros, hacemos sinónimo de "hecatombe", término con que los griegos designaban un tipo especial de ritual religioso: el "sacrificio de cien reses vacunas", 'hekatómbe', compuesto por 'hekatón', cien, y 'bus', buey. El ganado mayor era el recurso más preciado entonces, así que una ofrenda de tal magnitud verdaderamente tenía que estar destinada a conjurar una tremenda desgracia, una auténtica hecatombe.



2 comentarios:
Afortunadamente, un tribunal acaba de anular el plan salvaje de Soria II que afectaba a Numancia y su entorno. Me ha encantado esta entrada, aunque tendré que volver a leerla con calma, porque hay tanta información que tu página es de consulta. Y me alegra saber que los fenicios llevaban gatos en sus naves, pues precisamente uno de ellos, Sirio, acompañó a la reina Dido y su hermana Anna en la novela "Dido reina de Cartago"... Besos.
Me complace enormemente tu seguimiento de este blog con el que intento poner un entorno "terrenal" y prosaico a blogs tan de altura tan líricos dentro de su realismo y tan inspiradores (doy fe) como el tuyo o el de Antonio Martín o el de las Dames y Madames que te acompañan (seguro que hay varios más que me pierdo pero no doy más de sí de momento). Vosotros ponéis el primer plano y yo busco el ambiente a pie de calle.
Vi los videos de tu presentación, elocuentes sencillos y llanos como corresponde a la gente de espíritu y fondo. Ya tengo encargado tu Dido y he de pasar a recogerlo. Seguro que tu inspiración superará con creces mi información. Como siempre. (Como ves, mi tendencia al desparrame es crónico).
Muchos besos
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