«Los contextos de las palabras van almacenando la historia de todas las épocas, y sus significados impregnan nuestro pensamiento y se interiorizan. Y así las palabras consiguen perpetuarse, sumando lentamente las connotaciones de cuantas culturas las hayan utilizado» (Alex Grijelmo: La seducción de las palabras)

«Las sociedades humanas, como los linajes animales y vegetales, tienen su historia;
su pasado pesa sobre su presente y condiciona su futuro» (Pierre P. Grassé: El hombre, ese dios en miniatura)
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26/09/2009

De las Marcas Registradas (Actualiz. 2: 16-oct-09. Ver [**])

(Ilustración procedente del exquisito blog Colección miniaturas Martínez Lanzas-de las Heras: http://colecciondeminiaturas.blogspot.com/)
Generalmente se acepta que "la historia de la humanidad" empezó cuando a alguien se le ocurrió marcar sobre un hueso o una corteza una señal con la que hacía patente la apropiación de algo, o de alguien, a la vista del resto de la tribu. Tales marcas son desconocidas en el hombre neandertal hasta que las copia del hombre cromañón, de nosotros.
Los primeros testimonios arqueológicos conocidos de esta práctica datan del período al que los prehistoriadores designan habitualmente con el nombre de Auriñaciense (hace entre 35.000 y 20.000 años). Son más o menos contemporáneos y atribuibles a la diáspora que sacó al sapiens de África y le convirtió en el hombre de Cromañón. Se trata de una gran cantidad de huesos que llevan cada uno varias series de muescas regularmente espaciadas y hallados en su mayoría en la Europa Occidental. (Georges Ifrah: Las cifras. Historia de una gran invención).

Las marcas son nuestras señas de identidad animal, una frase esta que también podría leerse como una ironía acerca de la moda contemporánea y su adhesión al logotipo, en el sentido literal de la palabra adhesión. Pero todos los animales “jalonan”, más que “marcan”, su territorio de una forma u otra, así que aquí nos referimos, más bien, a la marca gráfica, o más apropiadamente, a la ideográfica


De los indicios históricos



El convenio arriba referido es una prudente enmienda del principio imperante hasta el siglo pasado (y, ay, hablo del s.XX) que dictaminaba que "la Historia comienza con la escritura". Era una norma tremendamente restrictiva e inexacta por cuanto en la raíz de toda escritura se encuentra la pintura. Todos los grandes sistemas orientales, como el sumerio, el egipcio, el hitita o el chino fueron originariamente auténticas escrituras pictóricas. Y los signos más famosos, con mucho, son los plasmados por los antiguos egipcios.

La caracterización de jeroglifo para los símbolos gráficos egipcios es más bien tardía, pues procede de Clemente de Alejandría, muerto hacia el año 210. La expresión es de origen griego y está compuesta por 'hierós', sagrado, y 'glýpto', cincelar, entallar, con lo que traducción más apropiada de jeroglifo sería "cinceladura sagrada". Pero si bien es cierto que no servía exclusivamente para fines religiosos, la jeroglífica es de hecho una escritura ceremonial, con utilización restringida al ámbito del templo y el palacio.

Es evidente que esta escritura jeroglífica era un medio de comunicación exclusivo entre los sacerdotes y los dioses. Pero la propia dinámica funcionarial llevó a todas estas escrituras a desarrollar a través del tiempo una forma cursiva y lineal generalmente tan distante de las pinturas originarias que sin tener conocimiento de los estadios intermedios resultaría imposible afirmar que la forma lineal es un descendiente directo de la pictórica.

'Scribere', latín de donde proviene escribir, significó originariamente hacer marcas significativas, es decir, dibujos o señales no meramente decorativas. Por lo cual la convención de la posesión de una escritura para situar a un pueblo dentro de la "Historia", además de restrictivo e inexacto resulta sumamente artificial si nos atenemos al significado de la palabra historia, del griego 'historía', cuyo significado es búsqueda, averiguación, por derivar de 'hístor', el que sabe, el que conoce, y que debía hacer referencia al memorizador de crónicas, en su acepción original griega de 'khrónos', tiempo, es decir, de cosas y casos pasados.

Como se ve, nada hay en la etimología de "historia" que implique la existencia en ella de la técnica de la escritura, aunque sí del conocimiento.
Tengamos en cuenta al respecto que, en principio y al principio, gramática viene de 'gramma', letra o conjunto de letras, barco cubano, como derivado del simple verbo 'grápho', grabar, marcar, más o menos "garrapatear el alfabeto", y sin el cual no puede existir la gramática como tal.

Los antiquísimos jeroglíficos están relacionados con los actuales pasatiempos por su sistema expresivo, el cual respondía a la necesidad de re-presentar elementos que no podían simbolizarse apropiadamente con dibujos o combinaciones de dibujos, pero que se asemejan a determinadas palabras en sonido y que son fáciles de dibujar. Tomemos dos palabras independientes, "sol" y "dado". Con ellas podemos formar un elemento, "soldado", que, aunque no guarda ninguna relación con las dos palabras constituyentes, al pronunciarlas juntas pueden ser comprendidas por un oyente que no tiene a la vista ni el sol ni el dado. Aunque no sea un buen ejemplo, ya que soldado puede ser dibujado directamente, nos orienta acerca de lo que se entiende por transferencia fonética. Una transferencia fonética parcial se contiene en la representación de un oso ('Bär') en el escudo de Berlín, de un monje en el de Munich ('Monacus'), o la de un MADRoño en el de Madrid… verdadero motivo, por otra parte, de la presencia de este árbol, no demasiado característico de la capital, en su emblema ―un territorio famoso en cambio por sus “bayas” (los de Pisa seguro entienden el chiste, y hasta puede que les haga gracia).



Realmente la historia, en su sentido más rudimentario, pero no por ello menos lícito, dependió en sus albores sobre todo del conocimiento del calendario. De la observación del firmamento, y de la anotación de las idas y venidas lunares y solares, imprescindible para organizar el tiempo ―agrícola, o trashumante, o guerrero― y sus estaciones.
Una observación celeste que fue derivando imperceptible pero férreamente hacia la elucubración celestial, dando origen a todas las profesiones y confesiones religiosas humanas.
...
Muescas y Cálculos


Desde la Edad de Piedra, y sin tener conciencia de ello, el pastor que se sienta a la puerta de la empalizada ha tenido que hacer aritmética, y mientras va entrando el rebaño, el cuchillo de sílex va haciendo muescas en su cayado o sobre alguna de las ramas de la empalizada: una, dos, tres, cuatro, tachado, una, dos, tres, cuatro, tachado... Se ha verificado que la gran mayoría de las "colecciones" de marcas observadas tanto por los arqueólogos como por los etnólogos estudiosos de las ya escasas culturas indígenas contemporáneas siguen esta pauta.



(Unas muescas congénitas muy bien aprovechadas)


Ya se trate de tribus ganaderas, de poblados agrícolas o asentamientos comerciantes, los encargados del rebaño de ovejas o cabras han tenido que apañárselas, durante varios milenios pre-históricos, para asegurarse de que al final de cada apacentamiento la cantidad de animales que volvía al redil era, por lo menos, la misma que había salido.
Muchas de esas muescas encontradas en las paredes rocosas de las cuevas prehistóricas junto a las siluetas de animales no dejan duda alguna sobre su función contable. No suelen pasar de cuatro, máximo cinco, los trazos marcas o muescas que componen los grupos.
...
Con la consolidación de la civilización, y por igual motivo, los custodios de las armerías o las despensas comunales, debían comprobar que las existencias no habían sufrido mermas ni distracciones. En el momento de organizar una empresa de interés general, sea una razzia sea la ejecución de un foso o un vallado, era fundamental cuantificar la contribución y la distribución de esfuerzo entre los miembros de la comunidad. Y naturalmente, en cada expedición militar era vital verificar la suficiencia de los avituallamientos de armas, así como contabilizar las posibles bajas, o la cuantía del botín y el número de prisioneros. Por no hablar de los ineludibles y constantes intercambios comerciales, en los cuales era indispensable evaluar la equidad de cada trueque.

Entre las mujeres Massai de Kenia, llevar anillos alrededor del cuello y los brazos es un signo de distinción y de riqueza (al igual que las plumas de los indios americanos, por ejemplo). En ninguna cultura ningún adorno es superfluo, y aquí cada anillo simboliza la posesión de un buey o de una vaca.
No hace mucho, en algunos pueblos africanos todavía se contabilizan así las jóvenes casaderas y los jóvenes aptos para llevar armas. En cuanto cumplían la edad requerida, las jóvenes daban un anillo a la "casamentera" del pueblo, que lo ensartaba en una tira con otros semejantes. Luego, un poco antes de la ceremonia, cada futura esposa recuperaba su anillo. En Abisinia, los guerreros hacían lo mismo cuando salían de expedición: cada guerrero dejaba un guijarro en un montón, y a la vuelta cada superviviente se llevaba uno.

Hay antropólogos que adjudican a estas ingeniosas prácticas el origen del uso del anillo en los enlaces matrimoniales. La hoy en desuso “puesta de largo”, o la romana “toga viril” eran distinciones sociales obviamente desconocidas cuando no impracticables en las primitivas tribus. Y en la mayoría de ellas no se consideraba “adultos” más que a los casados (el verbo latino ‘adolescere’, crecer, tiene dos participios: uno activo, ‘adolescens’, adolescente, en crecimiento, y otro pasivo, ‘adultus’, adulto, crecido. Qué cosas tiene el latín, dios mío.


Notas y estigmas

El término muesca es un sustantivo, pero también un participio del dialectal moscar, que significa “hacer un corte en las castañas para que no estallen”, de acuerdo a un derivado del vulgar latín ‘mossicare’. No obstante su sentido universalmente perdurable es el de “señal que en la culata de un colt, 45 por supuesto, graban los caza-recompensas para contabilizar el número de trofeos humanos en el haber”.

Menos rural y más truculenta es la palabra estigma que, según el griego 'stígma', significa algo parecido a picadura, mordedura, pero se ha consolidado con el sentido específico de marcar con hierro candente. Así era y así se llamaba la marca estampada en los esclavos con el logotipo de su propietario. Sangrante, que no sangrienta, es su acepción mística, cuyo exponente más conocido es el de Teresa de Ávila, marcada por hierros de otra dimensión.
Parece que es en este apartado orillo donde puede encajar el controvertido estigma de Caín. Controvertido por cuanto las imprecisas circunstancias del incidente fratricida ―que no describiré por creerlo suficientemente conocido, aunque según Pisa nunca se sabe― es desconcertante. Si consideramos que el supuesto asesino, aunque desterrado en primera instancia "al Este del Edén" ―frase que inmortalizó a James Dean―, recibe por parte de Jehová lo que si bien en teoría debiera ser un estigma, acaba resultando como un blindaje de lo más parecido a la actual protección de testigos:
«... "Si alguien matara a Caín, sería éste siete veces vengado". Puso, pues, Jehová a Caín una señal, para que nadie que le encontrase le matara. Caín, alejándose de la presencia de Jehová, habitó la región de Nod, al este del Edén» (Génesis, 4-15)
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La cara de esta cruz viene representada por la positiva idea de la notoriedad, una escala social parecida a la de Jacob o a las salas Vip’s, de uso exclusivo para seres estratosféricos, que nos viene heredada de nuestros antecesores los jinetes-pastores indoeuropeos, pero que es de suponer tampoco inventaran ellos.

Desde aquellos aguerridos gañanes hasta la muerte súbita del far-west a manos de la maquinaria hiladora algodonera y los ingenios azucareros, la nobleza personal se ha medido por el número de cabezas de ganado marcado por el hierro en los o.k. corrales: Noble, notorio y notable derivan del latín ‘notus’, conocido, famoso, célèbre, sin connotaciones, ni para bien ni para mal. Y del mismo tronco sale 'nota', marca, señal, anotación, la misma marca que hoy sigue cifrando las ganaderías.
También notario, “el que toma nota” de las propiedades. Y ambos términos derivan de la misma raiz, el verbo 'noscere', conocer, o más exactamente, aprender a conocer.

Entre los cheyennes y los comanches de los grandes llanos de Oklahoma o de Colorado, observados desde el s.XVII ―pero que sin duda era cierto desde mucho tiempo antes―, cada cazador es propietario de los búfalos que mata y de los caballos que atrapa, de los cuales se sirve como bestias de carga o para pagar los honorarios de médicos o los litigios… El prestigio de un guerrero se mide por el número de caballos que posee. Dura gracias a sus propiedades: algunos guerreros siguen en la memoria de la tribu por haber poseído más de mil caballos. Ahora bien, para guardarlos, necesitan tener unos esclavos, mexicanos o shashars, capturados o comprados. Cosas de la civilización y el progreso. (V. Gordon Childe: La evolución social)
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Marcas y Territorios


La marcación amplía su sentido cuando se convierte en demarcación, entonces las primitivas incisiones desbordan los pequeños materiales y se extienden al terreno para delimitar las marcas territoriales ―cuyo guardián recibiría con los siglos el título de marqués como vigilante de las "marcas naturales", ríos sierras valles bosques o costas, que delimitan los reinos―, y las co-marcas como fusión de varias marcas.
El marquesado ("marca registrada" nobiliaria) tiene en sus orígenes un carácter militar diferente al del condado, pues al corresponder a la titularidad de un conde podía estar situado en cualquier sitio, ya que era un obsequio del favoritismo real, mientras que el marqués solía conquistar su propio territorio, ampliando con él las fronteras del reino.

Marca tiene un origen germánico: el longobardo 'markan', anotar, similar al alemán 'merken' y al anglosajón 'mearcian'. Los romanos no utilizaron estos barbarismos de carácter tribal, y sus territorios, de propiedad estatal, es decir del “pueblo de Roma” como fusión y representación de las primitivas tribus latinas, siempre estuvieron enmarcados por el 'limes' o franja fronteriza.
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Pero conde deriva del latín 'comes/comitis', compañero, apelativo que en el Bajo Imperio, con el Medioevo feudal a las puertas, se aplicó a los nobles que vivían en el palacio imperial y acompañaban al soberano en sus expediciones y salidas: de ahí, comitiva, y condestable, 'comes stabuli', o noble encargado de los establos reales, pero también con-comitancia, acompañamiento.

En el extremo opuesto del escalafón, el título de duque aparece en el s.XIII, y es derivado de 'dux', conductor, jefe, guía, una nominación que en el Bajo Imperio romano se aplicó a los altos cargos provinciales. Tenía el carácter de estatus político con categoría similar al de “vice-rey” o virrey a causa de la considerable importancia del territorio controlado, y siempre que pudo acabó adquiriendo la plena realeza.

Naturalmente todo título lleva aparejado su territorio, pues éste, el territorio, era el sueldo de la nobleza con el que tenía también que mantener al rey y sus empresas (los reyes siempre se han caracterizado por ser gente emprendedora y dinámica). En este mundo, que se sepa, no hay nada gratis. Y los favores, son los más caros de su especie.


Pero existe un título sin territorio: el de barón. Sorprendentemente, y como reafirmación del significado elitista de nuestras denominaciones genéricas masculinas, nuestro actual término varón deriva de barón título nobiliario ― y no a la inversa―, y no conecta con el 'vir' romano sino por redescubrimiento renacentista, cuando a la gente ociosa le da por leer a los clásicos a imitación de la moda del Islam. Para no desvirtuar ―otro derivado del 'vir' latino― la trayectoria varonil por descuido o ignorancia, me limitaré a transcribir la glosa correspondiente del Diccionario Etimológico de Joan Corominas:
«BARÓN. (Del germánico 'baro' hombre libre, apto para la lucha, emparentado con el escandinavo antiguo 'beriask' pelear.) Hacia el fin del s.XI significaba 'hombre noble', después (1605, acepción importada del francés) 'título nobiliario'. La palabra varón 'persona de sexo masculino', que arranca del s.XIII, no es más que una generalización semántica del mismo vocablo: con una y otra acepciones se encuentran desde los orígenes así varón como barón, y sólo desde el s.XVI tiende a generalizarse la artificial distinción ortográfica de la actualidad, debida al influjo del latín 'vir', varón, entre los humanistas, voz que nada tuvo que ver primitivamente con varón».

Sin embargo, viril como varonil, sí que deriva del latín 'vǐrīlis', masculino, vigoroso, ¡macizo!. Y, también, virago: del latín 'virāgo -ǐnīs', mujer robusta, guerrera… es decir, lo que hasta la reciente apertura indiscriminada de armarios se denominaba "un marimacho".
"Varón, pa'quererte mucho, varón, pa'quererte bien". Imploraba con rabia ―pero, eso sí, desde la impotencia― Carlos Gardel.

[**] Finalizamos con la calderilla nobiliaria, sin querer ofender a nadie, de los caballeros. Quiero decir, que éstos componen otra marca nobiliaria más sin territorio pero con un instrumento que podría proporcionárselo con el tiempo y una caña: el caballo.

Aunque el caballo nunca ha dejado de ser un animal sumamente caro de mantener, sobre todo a medida que iban desapareciendo bosques y pastos, la guerra pertinaz primaba su cría y proliferación..., así como la mano de obra ―la carne de cañón― especializada en su manejo, llegando al punto de que hubo de acuñarse en el siglo XIII una diferenciación entre caballeros ―un término que hoy queda relegado a algunas puertas de los lavabos públicos― y jinetes: no todo el que monta a caballo es un caballero, faltaría plus.
El correlato moderno femenino de caballero es dama, que a través del francés dame deriva del latín ‘domina’, dueña, y ésta de ‘domus’, casa.
(Famosos caballeros de su graciosa majestad sobre un paso de cebra)

El término caballo, del latín 'caballus', era reservado por los romanos para los jamelgos destinados al trabajo ―jamelgo deriva de 'famelicus', famélico, y viene de 'fames', hambre. Pero el nombre emblemático del caballo es corcel, etimológicamente, "caballo de carreras", específicamente, "caballo de batalla", creado a partir de variantes, aparecidas en el s.XV, del francés 'coursier' como derivado de 'cours', carrera, aunque más bien, correría.
Y, aunque cueste creerlo, del griego 'hippos' deriva el latín 'equus' con el mismo sentido: los pertenecientes a la clase de los caballeros romanos eran conocidos como 'equites', y el cuerpo de caballería legionaria, 'equites militum'. Derivados suyos: equitación, ecuestre, equino y yegua, de 'equa', femenino de 'equus'.

Toda la especie de las caballas recibe su nombre a causa de su variedad "voladora", por la manía de ésta de saltar sobre las olas, la muy insensata. Tal denominación no apareció hasta el s.XVI, por lo que el nutritivo pececito está técnicamente clasificado en plan clásico como 'scomber colias' que dicen los entendidos, es decir, escombro de mar, pues los marineros griegos llamaban así, 'skómbros', a este animalito al que apreciaban mucho.

Esta clase ecuestre, u orden ecuestre, tuvo su origen cuando los primitivos reyes de Roma alistaron a los ciudadanos más distinguidos ―distinguidos por su riqueza― en un cuerpo al que dotó de la última moda bélica ―estamos hablando del s.−VII―, es decir, un cuerpo de caballería.
En tiempos de Augusto, ascender a la clase ecuestre y adquirir el grado de caballero salía por 400.000 sextercios del ala; era un buen pico. Casualmente, el sextercio de esa época equivaldría más o menos al euro actual, pero permitía una serie de privilegios, entre los cuales no el menos apreciado, como hoy, era el poder ocupar unos asientos bastante aceptables en el circo:
«Espíritu, gusto, maneras, raza, lo tienes todo para ser caballero, lo reconozco; pero por lo demás, perteneces a la plebe. Un lugar en las catorce gradas reservadas a los caballeros no valdría tanto a tus ojos como el exponerte a palidecer en tu silla a la vista de Oceanus, el acomodador» (Marcial: Epigramas, Libro V)

Esta "Orden de la Caballería" se prolongaría, o más bien renacería, en la Edad Media, a principios de la cual el papa Gregorio III, en el año 732, incluso llegó a publicar una bula prohibiendo el consumo de la carne de caballo ―costumbre dietética de muchas tribus nor-europeas― con el fin de evitar su sacrificio y ayudar así a contrarrestar el empuje de la caballería musulmana. Así ayudaba Dios a los caballeros buenos a ser más que los malos.

Una celebrada coplilla de la Reconquista española decía algo así: «Vinieron los sarracenos / Y nos molieron a palos / Que Dios ayuda a los malos / Cuando son más que los buenos»

Y es que había demasiado rufián en los ejércitos que montaba a caballo sin ser hidalgo ―así progresa la democracia, por necesidades bélicas―, es decir, sin ser "hijo-de-algo", de algo importante, se sobrentiende, por favor oiga que no sabe usted con quién está hablando. La culpa, como siempre, la tenían los de enfrente: Jinete deriva del árabe vulgar 'zenêti', "individuo zeneta" ―tribu bereber famosa por su caballería ligera tras acudir en defensa de Granada en aquél s.XIII―, y significó primeramente "soldado montado que peleaba con lanza y estribos ambos cortos". (La definición correcta y amplia sería: "soldado de a caballo que peleaba con lanza y adarga y llevaba las piernas encogidas, con estribos cortos"; así de largo, por lo que también deriva de ahí el estilo de cabalgadura llamado "montar a la jineta", aunque primitivamente la jineta sólo era la lanza del zeneta, una lanza corta para ser arrojada más certeramente).

Pero volvamos grupas antes de que los caballos nos lleven demasiado lejos
... .
[*] Y ya nos olvidábamos de otro título, sin territorio pero con mucho espacio propio; mejor dicho, dos títulos, femenino y masculino, plenamente vigentes en el mundo anglosajón y absolutamente familiares para el resto de los mortales: lord y lady. Estos tratamientos están directamente vinculados con las despensas reales, que tampoco es mal territorio, y en sus mútiples variantes han gozado de gran prestigio desde el principio de esta civilización.

Hay que tener presente que el cereal descascarillado, tostado e incluso abrasado, se convirtió en el gran alimento desde la Antigüedad hasta la aparición del Bimbo y la Litoral, dos venerados títulos en el chatarroso reino de la despensa unipersonal. El principal cargo babilónico, por ejemplo, lo desempeñaba lo que nosotros entendemos por el Canciller imperial, pero que ellos denominaban como Rab Nukhatimnu, o Gran Panadero. Puntualizaremos que pese a su bombo, canciller, término acuñado en el s.XIII, es un derivado de 'cancellus', verja, cancela, a través de 'cancel-larius', portero, ujier.
...
En sus orígenes, el universal término ‘lady’ significaba... “panadera”, de igual manera que ‘lord’ quería decir “el que guarda el pan”. Ambos términos están relacionados en su raíz con la palabra ‘loaf’, pieza de pan… pero que también significa “pasar el tiempo ociosamente” y holgazanear. Aunque no queramos vincular ambas acepciones a los lores, y mucho menos a las ladies, ambos términos surgieron en el transcurso de la Edad Media; en las grandes ceremonias el cocinero, pero sobre todo, el panadero, debido a las connotaciones políticas y militares de su cargo ―junto con el copero mayor, responsable del vino real, y uno de los principales cortesanos― formaban parte del cortejo y entraban en el salón del banquete junto con el resto de la nobleza comensal.
...

Firmas y Estados


Los romanos denominaban al acto de firmar, bien como ‘subscribere’, subscribir, o bien como ‘signare’, señalar, "poner una cruz, un signo, una marca", alusión al muy antiguo uso de las cruces o signos autógrafos análogos... además de la utilización por los potentados de los sellos personales, con los cuales, sellar ha adquirido la connotación agregada de cerrar herméticamente, es decir, "colocar bajo la protección de Hermes".

El español firmar tiene un sentido más rotundo, que toma del concepto de ‘firmus’, firme y que empieza a generalizarse entre el s.X y el s.XII. Firmar, afirmar y confirmar, firma, firme y firmamento pertenecen a esta numerosa familia.


Y mucho más solemne es la rúbrica, que si bien hoy se entiende como el garabato con el que intentamos disimular la mala letra de la firma, tiene un origen mucho más pomposo sin ninguna conexión con eso. Y ‘rubrica’ (de ‘ruber’, rubio, colorado, encendido, ruboroso) hace referencia a la tierra roja con la cual se confeccionaban las tintas con las que se rotulaba el título de los documentos legislativos en la Roma de nuestros pecados, y que acabó por servir como denominación para el documento en sí. Y que el Vaticano, como celoso guardián de las esencias imperiales sigue conservando para denominar sus documentos más excelsos.


Rubricatus, “Enrojecido”, es el nombre latino del río Llobregat. Y tanto la barcelonesa Rubí, como la coruñesa Rubial, como todos los topónimos similares, derivan del ‘rubeum’, del rojizo color de sus tierras o sus ríos. Un anecdótico derivado rojizo más indirecto es el caso de Rubió, en Igualada, por derivar de un tal Rubione, “rojazo” o “rubiazo” o “pelirojazo”, un aumentativo de Rufus, o Rufo es decir rojo, latifundista romano dueño de la ‘villa’ origen de la villa. Ustedes ya me entienden.

También manan de esa colorida fuente Rufino y Rufina, que no significarían rubito/rojito ni rubita/rojita (los cuales se dirían rubeolus y rubeola) sino que son genitivo del gentilicio Rufus (Rufinus, o sea, "De Rufo"). Y asimismo deriva rufián, a causa, «o bien de la prevención vulgar que existe contra la gente con el pelo de ese color ―a los pelirojos se les suponía hijos del diablo―, o bien por la costumbre de las meretrices romanas de adornarse con pelucas rubias…». (Joan Corominas)

Existe un signo con que el Estado se afirma, confirma y reafirma públicamente. Un elemento, tan íntimamente ligado con el Estado, que fue su símbolo antes de la aparición de las banderas: el estandarte, que se generaliza, como de costumbre, hacia 1450 y que es la “insignia clavada en el suelo como símbolo representativo de un ejército”. Aparece, en el francés antiguo, 200 años antes, y está sacado del verbo germánico 'standan', que significa “estar en pie, estar enhiesto”, algo parecido al inglés 'to stand'. Así que la idea desarrollada por los verbos sinónimos 'stare', de los romanos, 'histemi', de los griegos, y 'standan', de los germanos, nos lleva al famoso tronco común indo-ario de las lenguas europeas y al antiquísimo origen beligerante de nuestro cándido verbo estar y de nuestro benefactor Estado del bien-estar.


El estandarte, como símbolo de la Casa o Dinastía titular de un Estado, empezó a ser sustituido por la bandera en el s.XVIII. Surge, con la forma y estilo hoy característicos, primeramente en la marina debido a la necesidad de distinguir con claridad en la distancia unos barcos de otros. Es por ello que se recurre a la combinación de colores, a la manera de sus banderas de señales.
Resultó ser una práctica simplificación que sustituyó definitivamente a los símbolos heráldicos en todos los terrenos, sobre todo a partir del s.XIX, con la aparición de los Estados nacionales como consecuencia de las revoluciones antimonárquicas europeas, por un lado, y las progresivas descolonizaciones, por otro.

No obstante, parece ser que fueron los egipcios los primeros en usar una bandera, no como una franja de tela, sino como seña, señal o signo, del latín 'signum' ―'In hoc signum vinces', dicen que soñó Constantino la noche antes de afiliar a los cristianos a la batalla decisiva―, una imagen que se elevaba y servía para señalar el lugar de reunión a las tropas.
Frecuentemente este 'signum' era una efigie de animal (cabezas de caballo en los cartagineses, gallos en los galos o águilas en los romanos). Eran ya entonces objetos de especial veneración, se les tributaba ciertos honores y se juraba en ellos. Los “bárbaros”, por el contrario, parece que no los usaron. En la alta Edad Media, hacia 1200, el 'signum' empezó a confeccionarse en tela y a recibir el nombre de bandera, existiendo una gran variedad de acuerdo al uso especifico: pendón, bandera real, estandarte, guión, palón, grímpola, confalón, y etc. y etc. y etc.

A su vez, la palabra bandera debe su etimología a la banda, porción de gente armada, como se les caracterizó a lo largo de la Edad Media, cuando los señores feudales disputaban entre sí organizando sus huestes ―hueste viene de 'hostis', grupo hostil― y mesnadas en bandos o “banderas”'. Por su parte, mesnada, como menaje, deriva de 'mansio, -onis', casa señorial, a través de 'mansionata'. "Bandera" pasó luego a designar las compañías que formaban los tercios de Flandes y mucho más tarde las de la actual Legión, la de la cabra.
Pero con la formación del Estado monárquico se consiguió meter en cintura a la traviesa nobleza, y de ahí en adelante, la palabra “banda” sirvió para señalar a los grupos de bandidos, es decir, «gente dedicada a atentar contra la seguridad del Estado o alterar el orden público». Serán llamadas pandas, e incluso pandillas, cuando no merezcan excesivo respeto, pero su raíz y origen es el mismo: la bandera y el uso de la fuerza en propio beneficio.


Ahí donde los vemos, hostil y hostal tienen el mismo origen. 'Hostis' lo mismo significa “enemigo”, que “extranjero”, que “huesped”, ya que en la Antigüedad ―y en la Modernidad también, según de qué parte del extranjero se trate― ambos son una misma cosa: el extranjero es un “bárbaro” por definición.
Lo era en principio. Con la penetración y asentamiento, de germánicos y francos sobre todo, los bárbaros se convierten en huéspedes aunque conservando su connotación de “extraños”, sinónimo de “extranjeros”. Para el huésped latino, el de confianza de la casa, había otro término más apropiado, del que desciende aquel: 'hospes', de donde derivan hospital, por vía directa, y hotel, vía Roma-París-Hendaya.



También se llaman bandos o banderías a las facciones (de 'factio, -onis', manera de hacer, son grupos organizados rivales entre sí, aunque de la misma tendencia) y a las partidas (conjuntos irregulares poco numerosos de gente armada o guerrilla, no considerada parte integrante del ejército aunque obre en combinación con él.) Y abandonar, significa “desertar de un bando”.

Como este no es un tratado militar no viene al caso entrar en la descripción de cada tipo de enseña, ya que las diferencias estriban en su tamaño forma o sujeción. Pero hay uno de ellos, el guión, que merece un aparte como muestra de hasta qué punto la violencia forma parte de nuestra cultura, conformando expresiones y términos que se han generalizado… y han escondido con el uso su sentido primitivo.

El guión, en este contexto, alude al "estandarte del rey o de cualquier otro jefe de hueste", o a la "cruz que va delante del prelado o de la comunidad como insignia propia", o alguna que otra alusión más, pero queremos mencionar su etimología porque pertenece al verbo guiar, ('guión', el que guía), que aparece h. 1150 ―época en que se empieza a intentar dominar la turbulencia feudal― y deriva del gótico 'gawidan', acompañar, escoltar. Y no es que andemos aquí retorciendo el brazo a los significados para que digan lo nosotros queramos, sino que en el derecho feudal y consuetudinario ―o sea, el que rige según las costumbres― “guiar” significaba escoltar a alguien garantizando su seguridad.


Cifras y Percepciones

Los cada vez más afinados experimentos neurológicos han podido comprobar que, a partir de cuatro unidades contiguas, la ojeada humana pierde agudeza y capacidad de discernimiento, teniendo que recurrir a contar uno a uno el número de entidades que forman el grupo. Es por eso que seguimos utilizando la puntuación que subdivide las cifras en grupos de tres números como máximo.
...
Éste viene a ser el origen básico de la numeración romana, ésa que seguimos empleando para el diseño pomposo de relojería, y en la capitulación de proyectos y presupuestos, y con siglos y dinastías. Todo arranca del palote y su complicación: el cierre de grupos de cuatro es a lo que debe su forma de "V" el número 5, o la de "X" para el 10 ―al estilo de como seguimos haciendo cuando rubricamos un "visto bueno" u "Ok"―, y que incluso se evite correr riesgos con el 4, usando el "IV", aunque lo frecuente en el uso clásico sean los cuatro palotes IIII.
...
Si la más fácil operatividad del numeral arábigo atizó una puñalada trapera, mortal de necesidad, al sufrido palote, la digitalización le asestó la puntilla por culpa de su incapacidad para ser reconocido y ordenado correctamente por la informática.

Parece, a tenor de lo recién expuesto, y no se sabe si com0 causa o como efecto del comentario que abre este punto, que a la memoria humana le cuesta almacenar más de cuatro nombres consecutivos. Los romanos sólo ponían nombres, digamos, propios a los cuatro primeros hijos, unos nombres, por otra parte, de los que tampoco había mucha variedad donde elegir en el conservador conjunto de la población.
También es significativo al respecto, que los cuatro primeros meses del año romano primitivo ―el llamado "año de Rómulo", que constaba sólo de diez meses, con 304 días― eran los únicos que tenían nombres particulares ―Martius, Aprilis, Maius, Junius―, porque a partir del quinto los nombres de los meses no eran sino números de orden: Quintilis, Sextilis, September, October, November, December.

«A lo sumo, nuestro lejano antepasado debía de poder establecer una diferencia muy clara entre la unidad, el par y la pluralidad. Uno y dos, es verdad, son los primeros conceptos numéricos inteligibles para el ser humano y con significado propio. Del griego 'oinós/oiné', a través del latín 'unus', el uno es el hombre que se observa en el seno de un grupo social, y asimilable a la imagen hombre erguido... El dos, del sánscrito 'dvau' al latín 'duo', corresponde a la evidente dualidad de lo masculino y lo femenino, o a la simetría aparente del cuerpo humano...

El tres, en cambio, es la "multitud" ―que dicen los enamorados―, como "dos es compañía": nada menos que tribu, del latín 'tribus', es algo más que un derivado de tres: es el dativo en su declinación latina: 'tres/tria/trium/tribus'

Pero de mucho antes conocemos una "ortografía" para el plural, atestiguada en las inscripciones pictóricas del Egipto de los faraones, que consistía en repetir tres veces el mismo jeroglífico, o en añadirle tres pequeños trazos verticales a la imagen correspondiente: No sólo lo hacían para representar tres ejemplares del ser o del objeto así figurado sino también para indicar el plural.

En la lengua de los sumerios, el '1' significaba igualmente "el hombre, el macho, el miembro viril"; el sentido del '2' ―suplementario del '1'― era el de "la mujer"; en cuanto al término 'esh' (tres), también poseía el sentido de "muchos" y servía normalmente como sufijo verbal para marcar el plural, un poco como nuestra “s”…

Desde la noche de los tiempos, el número tres ha sido sinónimo de pluralidad, de multitud, de acumulación, de más allá, y ha constituido, por consiguiente, una especie de límite imposible de concebir ni precisar». (Georges Ifrah: Las cifras. Historia de una gran invención)
...

Patentes y Marcas

Aunque ya en 1450 Enrique VIII de Inglaterra concedió a determinado súbdito flamenco un monopolio de 20 años sobre su invento, las patentes ―de 'patens/patentis', abierto, manifiesto, aclarado para todo el mundo―, sin embargo, existieron antes que cualquier ley al respecto. La primera patente europea, que se sepa, fue concedida por la república de Florencia en 1421, pero hay evidencias de que algo parecido a las patentes fue utilizado en algunas de las ciudades de la Antigua Grecia.

Ninguna corona europea era inocente, pero durante el reinado de Isabel I la piratería creció esplendorosamente. Bastaba otorgar la correspondiente patente, para lo cual lo más seguro era hacer partícipes de sus beneficios a personalidades influyentes. Está en la naturaleza de la Naturaleza.

La famosa "patente de corso" o "carta de marca", correspondía a una cédula o documento de autorización otorgado a esta modalidad de mercenarios marítimos a comisión. El corso, o corsario, en este contexto, no es un pirata de Córcega, sino un "marinero que hace la carrera", una modalidad salitre de "hacer la calle". Y es que su denominación de origen deviene de 'cursus', carrera, acción de correr, una forma del verbo 'currere'. Particularmente, se trata de un pirata que cuenta con la protección de algún Estado y su licencia para abordar. También tiene este sentido, y este origen, correría.

«Pero un día de 1700, el capitán del Poole, balandra de la Arrmada Real inglesa, avistó en aguas de Santiago de Cuba un sloop que iba comandado por el pirata francés Wynne quien, al divisar al barco inglés, izó un pabellón negro sobre el que se recortaba una calavera con dos tibias cruzadas y un reloj de arena. Después de intercambiarse unos disparos de cañón, sin consecuencias para ninguno de los dos, el oficial del Poole, a su llegada a puerto, hizo un reporte en el que quedó constancia, por vez primera, de la existencia de la bandera pirata». (Rafael Abella: Piratas del Nuevo Mundo).



Sed buenos, si podéis

20/09/2009

La Chispa de la Historia

(Aprovechando que el Pisuerga y yo pasamos por Valladolid, abro la puerta de esta entrada con la ilustración procedente del magnífico blog Historia Romana, en su entrada Coca-Cola pompeyana:
http://historiaantiguaromana.blogspot.com/2009/08/cocacola-pompeyana-desde-el-siglo-i-ac.html)

A pesar de que el ser humano mediante el proceso de civilización no sólo ha trastocado, para bien y para mal, su evolución biológica, sino que interfiere, normalmente para mal, en la evolución de las demás especies, la vida significa cooperación, colaboración, simbiosis.

Es cierto que también incluye a la muerte, según infinitas variantes que cien mil filósofos poetas y naturalistas ―funcionarios policiales aparte― han imaginado desde hace cinco o seis mil años. La llamada "cadena trófica" que va del minúsculo plancton marino al terrestre super-predador humano, y que es la manera como los científicos expresan «el pez grande se come al chico», ejemplifica la más simplista forma de transformación de muerte en vida.
Así, hace seiscientos millones de años unos organismos primitivos incrementaron progresivamente la eficacia de su reproducción y empezaron a diversificarse: una rama, a la que llamamos vegetales, consiguió alimentarse de la luz solar. Otra rama a la que llamamos animales, consiguió utilizar las propiedades bioquímicas de los vegetales, bien alimentándose de ellos, bien alimentándose de otros animales vegetarianos...

Curiosamente, 'vegere', origen latino de vegetal y procedente a su vez del mucho más antiguo indú sánscrito 'vajah', significa animar, en reconocimiento comprobado de que son los vegetales los que mueven la vida. Así que vegetal vendría a ser "lo que anima". En cambio, animal sería "lo animado", en el sentido de "lo que respira", lo que exhala aire, pues viene de 'anima', derivado del sánscrito 'áni-ti' a través de griego 'anemos', significando soplo, aire, brisa, viento.
Entre sus diversos derivados ―animación, animosidad, ánimo o anemómetro, por ejemplo― figura uno muy especial, alma, el 'animus' latino.

Explotación y supervivencia


En cualquier caso, lo que tenemos, de una manera voluntaria o conflictiva, es una simbiosis, una interrelación de dos vidas ―sea en rivalidad o en armonía, trátese de dos comensales más o menos equilibrados, del parásito y el parasitado o del predador y el devorado― realizadas de principio a fin en toda su plenitud. Así es la vida.
O así era la vida hasta que aparecimos nosotros, y a todos los sistemas existentes ―simbiosis, parasitismo, comensalismo―, y sobre todos los sistemas existentes, impusimos una nueva y definitiva forma de relación: la explotación. Explotar, entendido normalmente como un objetivo e imparcial "extraer de una fuente natural la riqueza que contiene", nos llega a través del francés 'exploiter', esquilmar.
Sin utilizar el criterio que Marx expuso en su "teoría de la explotación", expuesta en El Capital y semillero de una amplia y provechosa posterior filosofía política al respecto [1], nosotros adoptaremos un precioso concepto, espigado de dicha cosecha filosófica, que hace expresa referencia a las condiciones sociales y psicológicas implícitas en la explotación.

Así, aquí entenderemos por tal «la apropiación del esfuerzo de un individuo buscando mantener o aumentar su sumisión, con el fin de procurarse así la permanencia y el incremento de los beneficios derivados». Si bien vemos que lo básico de esta definición estriba en que la sumisiónsometer proviene del latín compuesto 'sub- mitte re', lanzar o arrojar hacia abajo― ha sustituido a la alienación. La explotación amasa el cemento que aglutina los diferentes materiales que forman los cimientos sobre los que se sostiene este paraíso terrestre que el hombre intenta edificar. O eso dice.

Aclaremos. Aunque lo parezca, explotar no tiene nada que ver etimológicamente con explosión a pesar de que se utilice aquel verbo en ambos sentidos a causa de la semejanza de las raíces de ambos términos. En latín, 'explosio' significaba abucheo, expulsión ruidosa de una persona. Curiosamente, 'explodere', o acción de abuchear, resulta ser un derivado compuesto ('ex-plodere') de 'plaudere', golpear con las manos, aplaudir. esquilmar, "agotar una fuente de riqueza", proviene del griego 'kyma', brote, aludiéndose por tanto a la destrucción hasta la raíz de un recurso natural.


Supervivencia y canibalismo
Para los griegos la vida era un adjetivo, una propiedad de la materia, de la naturaleza, y por eso viene generalmente expresada como prefijo o como sufijo agregado a un sujeto: microbio. o vida pequeña, biosfera, o espacio con vida, biografía o descripción de una vida, biología o estudio de la vida, anfibio ('amphi'- ambos) o vida en ambos ambientes, antibiótico o eliminador de vida (bacteriana).
Para los romanos, en cambio, la vida era una sensación global, un instinto: 'vita', la vida, es un derivado, una consecuencia de 'vivere', vivir, estar vivo, un verbo con múltiples efectos: vivienda, vivaz, vianda (de 'vivenda'), vivencia, supervivencia, vivificar, vívido, vivero...

Pero la vida es lo que es: como el aire, que corre entre puntos sometidos a distintas presiones atmosféricas con el ciego designio de igualar sus circunstancias [2]. La explotación, por el contrario, procura hacer la diferencia entre seres humanos lo mayor posible. Ese es su frío y letal designio.

Al hilo de la rivalidad por un lugar bajo el sol, propia de toda naturaleza, alguien ha dicho que el cuerpo del otro es la cosa fundamental que el hombre se ha apropiado para obtener la energía necesaria para seguir vivo: primero devorándolo, después apresando ese cuerpo y utilizándolo de modo similar al que supuso el paso de la caza al rebaño, más tarde liberando al cuerpo pero quedándose con toda su producción física y mental (Jacques Attali: Historia de la propiedad). Es por eso que según este criterio se hable de una «apropiación caníbal» a la hora de referirse a la explotación del hombre por el hombre; quizá porque así ésta suena como un fenómeno más próximo a la naturaleza, es decir, más natural.

«Por más sorprendente que parezca, los descubridores de casi cualquier criatura antropoide fósil se han apresurado siempre a anunciar el hallazgo de pruebas concomitantes de «canibalismo». Luego, en la mayoría de los casos, los colegas del descubridor declaran insuficiente la demostración... que queda así fuera de debate. Los simios antropomorfos africanos (australopitecinos), el hombre de Pekín (Homo erectus), el del Neandertal y el del Cromañón fueron considerados por quienes los descubrieron aficionados a la carne de sus prójimos.

Se ha discutido durante años si nuestros antepasados se comían unos a otros o si la espeluznante interpretación habitual arroja más luz sobre la mente de los antropólogos que sobre el canibalismo prehistórico. Robert Broom y Raymond Dart, los paleontólogos surafricanos descubridores de muchos fósiles de australopitecos, pensaban que los huesos magullados y los cráneos perforados demostraban que descendemos de un simio predador que no se detenía ante los miembros de su propia especie.

Algunos años más tarde, el profesor Franz Weidenreich colaboró en la excavación de los restos del Homo erectus (el hombre de Pekín) en una cueva en China y observó que muchos cráneos estaban magullados por la base. Concluyó que aquella gente se comía el cerebro de sus compañeros; pero, luego, cambió de idea. En diversos momentos, otros expertos han pintado con el mismo color negro tanto al hombre del Neandertal como al primitivo Homo sapiens». (Richard Milner: Polémica sobre el canibalismo. (Del Diccionario de la evolución))

No es por un mero capricho que el canibalismo ha sido y es una práctica constatada tanto por los naturalistas primatólogos en los simios, como por antropólogos y paleontólogos en humanos y prehumanos. Y parece que se tardaron muchos milenios hasta poderle forjar a esta práctica el veto del tabú. Antes se tuvo que llegar al convencimiento de que una sociedad ―una tribu, un poblado, una comarca― que devora a sus semejantes está condenada a ser devorada tarde o temprano, quizá por sus propios miembros entre sí en un caso de penuria extrema. Mientras tanto subsistieron ambas formas de supervivencia: la cooperación con los integrantes de la propia tribu y la guerra con las tribus aledañas por la apropiación de las proteínas más asequibles de acuerdo a su precio en sangre... y siempre teniendo en cuenta que todo el mundo sabía que las proteínas más valiosas para el organismo humano, las que más satisfecho te dejan, pero también las menos asequibles ―no olvidemos que "querido" y "caro" son sinónimos― son las proteínas humanas.

Caníbal deriva de 'caribal' o "salvaje del Caribe", denominación dada por los descubridores españoles a los habitantes de las Antillas a la llegada de Colón, y que quedó como sinónimo de antropófago, término griego formado por 'ánthropos', hombre y 'éphagon', comer. Es cierto que en numerosas culturas se supone piadosamente que el "salvaje" piensa que al consumir el cuerpo de otro adquiere su valor, con lo que el pudibundo investigador moderno procura adjudicar al canibalismo un significado puramente ritual ―sublimando en cierta forma el asunto. También es verdad que eso mismo es lo que piensa cualquier cazador primitivo ―que adquiere la fuerza, la ferocidad o la velocidad del animal― al ingerir las piezas cobradas. En ambos sucesos no se desperdicia un ápice el valor nutritivo de la presa.
Pero también tenemos que matizar que el canibalismo bélico sólo era un subproducto habitual, aunque muy importante, de la guerra preestatal, es decir, de las universales reyertas entre aldeas antes de la aparición de los Estados creados en los valles fluviales del Indo, Tigris-Éufrates, Nilo o Rio Amarillo. Es decir, no se hacía la guerra generalmente para conseguir carne humana ―aunque sí en casos extremos, cuando no había otras proteínas ambulantes― sino para eliminar competidores en los cotos de caza o para conseguir hembras no consanguíneas. De momento sólo añadiremos que:
«Debemos reconocer que no ha sido sin el consumo de la carne como el hombre ha llegado a ser hombre; y el hecho de que, en una u otra época de la historia de todos los pueblos conocidos, el empleo de la carne en la alimentación haya llevado al canibalismo (aún en el siglo X, los antepasados de los berlineses, los veletabos o vilzes, solían devorar a sus progenitores) es una cuestión que no tiene hoy para nosotros la menor importancia.» (F. Engels: El papel del trabajo en la transformación del mono en hombre).

En cualquier caso, no sería hasta más o menos el quinto milenio, con la instauración en el mundo de los primeros Estados ―como consecuencia de la aparición de la agricultura y sus consiguientes excedentes cerealísticos en esos escasos pero amplios valles fértiles de China, India, Mesopotamia y Egipto―, que los prisioneros de guerra se hicieron más rentables como mano de obra esclava, necesaria para la construcción de fortalezas, palacios, templos y murallas ―para la edificación de la Civilización― que como carne comestible. Así funciona el Progreso.


Luchando por la energía

Dejaremos aquí tan escabroso asunto para continuar que, venga de donde venga el alimento, éste es el combustible de nuestras mitocondrias, hilo cartilaginoso (de 'mítos', hilo, y 'khóndros', cartílago), que son el generador de energía de la célula, y eran hace unos dos mil millones de años bacterias libres que luego quedaron rodeadas por otras células que finalmente dieron origen a las actuales. Mitra, cinta para ceñir la cabeza, tendría el mismo sentido y origen.
No confundir con mito, fábula, leyenda, palabra que no se acuña hasta finales del s.XIX, y que deriva del griego 'mythos', el cual padece una peligrosa vecindad con 'mystikós', relativo a los misterios religiosos.



Anecdótico: El magnífico óvulo humano tiene un gran citoplasma que contiene unas 100.000 mitocondrias; sin embargo, el pobre esperma sólo tiene unas pocas. Por lo tanto, en la fertilización, todas las mitocondrias provienen de la madre. De hecho, el generador de energía de las células se hereda de la madre y no del padre.


Tratando sobre este tema de manera abstracta y objetiva, los biólogos describen dos tipos fundamentales de convivencia en la naturaleza: una es la simbiosis es palabra griega compuesta por 'syn', junto con, y 'bíos', vida. Otra, el parasitismo. En Grecia, parásito ―'parasitós' una palabra formada por 'sitos', comida, propiamente trigo, y 'para', junto a, al lado de―, era simplemente el comensal, el huesped.
En Roma, ocurría que «...el aristócrata al atardecer solía ir a las termas donde, además de tomar un baño de vapor y jugar una partida de pelota, buscaba un "compañero de cena profesional", al que se denominaba 'parasitus', individuo que, a cambio de una cena gratuita, ponía al corriente a su anfitrión de de las novedades y cotilleos, o le entretenía con historias divertidas al tiempo que le reía todas sus gracias». (C. I. A. Ritchie, Comida y civilización). Nada nuevo bajo el sol: la política era un cotilleo prohibido; los emperadores sospechaban siempre, del pueblo en general y de la aristocracia romana en particular ―no otros podían permitirse disfrutar de los parásitos―, siempre dispuesta a conspirar contra ellos.

De Roma, este concepto de parásito pasaría a la zoología y la botánica como "organismo que vive a expensas de otro". Y también pasaría de Roma a la herencia cultural occidental como el sistema más noble de existencia. Así describe Marcial, con nombre incluido aunque enmascarado en la burla ―Filomuso sería algo así como inspirado, amante de las musas―, la subsistencia de un parásito típico:
«He aquí el medio que empleas, Filomuso, para ganarte un convite; imaginas noticias y las dices como si fueran verdaderas. Estás al corriente de la deliberaciones sostenidas por Pacoro en el palacio de los Arsácidas; sabes los efectivos con que cuentan los ejércitos del Rin y de Sarmacia; descubres las palabras del rey de los Dacios, que dio por escrito; ves el laurel de la victoria antes de que llegue a Roma; sabes cuantas veces la hosca Siene ha sido mojada por el Júpiter de Paros; sabes el número exacto de los barcos que parten de las orillas de Libia; qué frente será honrada con el olivo de la ciudad de Alba y a quién el padre de los dioses reserva la corona.
Da descanso a tus mentiras; hoy comerás conmigo pero con una condición: que, Filomuso, no cuentes nada nuevo».

Vale


Notas

[1] Para Marx, con una idealista e ingenua filosofía que da cuerda a un frío y meticuloso análisis material de la actividad humana, esta actividad se orienta a una consciente y digna satisfacción de sus necesidades. Según él, el sentido del trabajo radica en ofrecer al hombre la capacidad de producir libremente, con el goce correspondiente a la realización de sus obras. Así, la alienación del trabajo era la verdadera causa del resto de las alienaciones: política, ideológica, social o religiosa. La adquisición de esta idea estuvo directamente relacionada con el momento histórico en que le tocó vivir: el apogeo de la revolución industrial y la miseria consecuente del proletariado. No obstante, los constantes e imparables avances en tecnología informática y robótica están consiguiendo la eliminación de aquellos problemas mediante la eliminación del trabajo mismo. Para la siguiente etapa sólo queda un inconveniente residual a resolver: qué hacer con los ciudadanos que liberados de las cadenas del trabajo en cantidades crecientes se empeñan en sobrevivir. Eso sí: ya no se trata de un problema laboral, que en el fondo atañe a la ética. Solamente es un simple conflicto de orden público. La etimología no parece desdecir tal filosofía del progreso, pues existe una interesante palabra que comparte raíz con Occidente, con ocaso y con asesinato, derivados todos de 'occidere', sucumbir, caer a tierra: se trata del término ocasión, de 'occasio /onis', oportunidad, circunstancia favorable: que culturalmente "muerte violenta" y "oportunidad favorable" estén tan íntimamente relacionados (omitamos asesinato por su matiz legal y socialmente condicionado) no puede ser más sugestivamente descriptivo acerca de la genética de nuestra civilización. Y Seguimos progresando.

[2] «Debemos reformular la segunda ley de la termodinámica de la siguiente manera: "la vida aborrece, odia, los gradientes". Un gradiente es la diferencia científica que se puede medir a través de una distancia. Y cuando surgen estas diferencias, y lo permiten los imperativos reinantes, se pueden dar sistemas complejos que se forman espontáneamente y que son cíclicos. La vida, constatamos, es otro sistema complejo que también es cíclico, pero esta vez los ciclos son químicos en vez de ser físicos. Podemos estudiar el entorno de la vida, que no se parece en nada a una pequeña caja aislada, sino que se desarrolla a través del universo, y éste está abierto y utiliza la energía solar. La diferencia que se puede medir entre el sol caliente, una energía solar de alto poder, y el espacio vacío, oscuro y frío: eso es lo que está utilizando la vida. La vida se alimenta de ese gradiente y produce polución y residuos, y se hace más compleja, de la misma forma que un tornado. Y de la misma manera que la función del tornado es disipar y destruir los gradientes barométricos medioambientales, también se puede decir que la función de la vida es eliminar el gradiente electromagnético o solar.» (Lynn Margulis, catedrática de biología U. Massachussets)

19/09/2009

De los Diluvios Universales


La escasez de contactos entre las poblaciones tribales de los albores de la civilización hizo que nuestros dispersos antecesores, habitaran donde habitaran, se considerasen los primeros pobladores de su territorio, y no fue hasta hace unos cuatro o cinco mil años cuando se llegó en ciertas áreas clave por su fertilidad a alcanzar una densidad de población tan insostenible como para incitar, a falta de tierras vírgenes, a la invasión de otros territorios ocupados. Acadios, sumerios, egipcios, hititas, fenicios, hebreos, arameos, griegos, romanos… todos se pensaban a sí mismos como autóctonos, del latín ‘autochtonis’, creados de la tierra misma, o aborígenes, de ‘ab-origines’, los que están desde el origen, porque se consideraban pertenecientes a los grupos étnicos primigenios de la humanidad.

Pero la antigüedad de aborígenes y autóctonos tiene una legendaria e infranqueable barrera: El Diluvio Universal. Si bien su existencia local ha sido arqueológicamente constatada, y datada hacia el tercer milenio en el valle del Éufrates-Tigris, las investigaciones geológicas rechazan confirmar tanto su universalidad como su simultaneidad en todas las zonas donde se produjo, incluso dentro de la relativamente reducida zona del Asia Menor.


El Diluvio y su circunstancia

En el año 1923, el investigador Wolley, que estaba explorando el zigurat mandado construir por Ur-namun en Ur, descubre en la tumba real una capa de lodo, de unos tres metros de espesor, que separa restos arqueológicos diferentes: el inferior con cerámica a mano y el superior a torno, lo que permitió datar el acontecimiento sobre el año 3000. Al norte de Babilonia el espesor quedaba reducido a 0,5 metros. Para depositar una capa de lodos de tres metros es necesario un nivel de inundación en el valle de entre 15 y 30 metros, con unos sólidos entre el 15% y el 20% del caudal. (Diluvios, mitos y abundancias, Manuel Novoa Rodríguez, Rev. COL. ING. CAMINOS CANALES Y PUERTOS, nº 47).

El mito del Diluvio suele aparecer en culturas o civilizaciones que crecieron fertilizadas por grandes corrientes fluviales principalmente, pero también en las fecundadas por la proximidad de mares y océanos, conectando, sociológica y antropológicamente, al agua a una parte esencial de su propia identidad cultural. Por citar dos ejemplos, a uno y otro lado del subcontinente indio, es el caso de la religión persa, cuyo diluvio se contiene en la principal obra de poesía épica, el Yima, que toma su nombre del héroe protagonista; y de las narraciones del héroe chino Yu, aproximadamente tres milenios anterior a nuestra Era, que ilustran su mito diluviano.

También entre los aborígenes australianos pervive la creencia de que su isla era anteriormente mucho más grande, pero que la Gran Lluvia sumergió a más de la mitad de las tierras. O Teocopactli, dentro de la cultura azteca de Méjico, también denominado en algunas narraciones con los nombres de Texpi o de Coxcox, quien fue el único que se salvó, junto a su familia, del diluvio enviado por la furia del dios Tescatlipoca, al construir un barco de ciprés en el que iban sus hijos, algunos animales y provisiones.


Los Diluvios Clásicos



(Miguel Ángel el Genial, patentizó en este Universal Diluvio de la Capilla Sixtina un pensamiento muy crítico con las decisiones divinas, muy influido por sus contactos con el humanismo de su época, y bastante distante de la ortodoxia cristiana. En el despiece que ilustra esta entrada intentamos destacar cómo las expresiones que Miguel Ángel imprime a los desesperados náufragos hacen dudar al espectador de esa supuesta tremenda malignidad que les ha hecho acreedores a tan espantoso destino. Sobre todo teniendo presente que en los momentos crueles es cuando afloran en toda su crudeza los peores instintos humanos. No será esta la última vez que llamemos la atención acerca de la racional independencia de aquel increible artista y su valiente plasmación plástica)

La mitología griega narra dos acontecimientos que pueden ser presentados como diluvios: la fábula de Deucalión y Pirra, y la inundación del Ática en tiempos del rey Ogiges. En esta, Ogiges y sus soldados son avisados en sueños por los dioses y tienen tiempo de agarrar los barcos y salir pitando de la zona continental y llegar a la isla de Chíos, donde estuvieron nueve días ―y nueve noches, obviedad que se añade siempre en estos casos, no sabemos por qué― hasta que bajaron las aguas y pudieron regresar y repoblar de nuevo Grecia.

La primera inundación tiene como protagonistas a Deucalión, hijo de Prometeo, y a su esposa Pirra, los cuales fueron por el propio Prometeo de que Zeus, indignado por el comportamiento del mundo, iba a destruirlo. El dios Zeus desencadenó un gran diluvio en la tierra con el propósito de exterminar a toda la raza humana, pero Deucalión, rey de Pitia, prevenido por su padre Prometeo, construyó un arca. Luego, el mundo entero quedó inundado, pero el arca flotó durante nueve días, hasta que se posó en el Monte Parnaso, o en el Monte Etna, o en el Monte Atos, o en el Monte Otris (en Tesalia), según de donde sea quien te cuenta las cosas.
Cuando desembarcaron ofrecieron un sacrificio a Zeus y oraron en el templo de la diosa Temis (“el orden”). Esta les ordenó: “¡Cubríos la cabeza y arrojad los huesos de vuestra madre a vuestra espalda!”. Ante esta macabra admonición la escamada pareja prefirió atenerse a una traducción por lo libre suponiendo que la diosa hacía referencia a la Madre Tierra, cuyos huesos eran las piedras que había a orillas del río. Bien porque hubo suerte, o porque Temis se hiciera la loca, esas piedras se convirtieron en hombres o mujeres según las arrojara Deucalión o su esposa Pirra.

Así fue como la humanidad griega se renovó, y desde entonces “un pueblo” (‘laos’) y “una piedra” (‘laas’) han sido casi la misma palabra en muchos idiomas. Helenoel que brilla, como previene su raíz, helio, solar―, hijo de Deucalión, era el supuesto antepasado de todos los griegos, y “Deucalión” significa “Marinero de vino nuevo”, ‘deuco-halieus’, lo que establece una relación más con Noé, inventor bíblico del vino. Heleno era hermano de la Ariadna de Creta, que se casó con Dioniso, el dios del vino. Y también Dioniso viajó en una nave en forma de luna nueva llena de animales, según una maraña de versiones, que forman un bosque de leyendas que no nos dejan ver el monte Olimpo.

Noé y Deucalión, en el puente de mando de sus respectivos arcas, son los primitivos padres de todos nosotros los occidentales, dado que todos nuestros antecesores ―los hijos de Adán y Eva por parte de la rama hebrea y los de Prometeo por parte de la griega― existentes en ambas zonas mitológicas antes del Diluvio, habían quedado bajo las aguas de éste. Por cierto, ni de la mujer de Noé ni de las de sus hijos, Sem, Cam y Jafet, se molesta en darnos nombres el Génesis, a diferencia de lo que hace con sus hijos, nietos, bisnietos y exhaustinietos varones.

Tampoco los griegos dan mucha seña femenina de identidad, aunque ganan a los hebreos por uno a cero al citar a Pirra. De Heleno, padre de las principales naciones de Grecia, nacieron Eolo y Doro, de éstos surgieron los eolios y los dorios, y de su hijo Juto los aqueos y los jonios. En definitiva vemos que, además del asunto del vino, hay otro importante punto de concordancia entre griegos y hebreos: las mujeres. La mujer, al igual que reptiles y pájaros, debe de pertenecer a un reino distinto al del hombre ―es bella, atractiva, seductora, pero inferior―, y es el origen de todos los males sobre la tierra.

El islam también considera a Noé como uno de sus profetas, al que llama Nuj. Según la religión musulmana, el Arca de Noé, tras el diluvio universal, no se posó en el monte Ararat, como dice la Biblia, sino en los montes Cudí, muy cerca de la ciudad kurda de Cizre. Algunos especialistas consideran esta hipótesis más lógica que la señalada en la Biblia, pues, al contrario de lo que curre con el Ararat, situado a 450 kilómetros en línea recta, los montes Zagros, y concretamente la cordillera Cudí, están situados justo en el lugar donde el cauce del Tigris irrumpe en las llanuras mesopotámicas. Cizre, capital de la Yazira (isla entre dos ríos), conserva, incluso, una tumba dedicada al patriarca bíblico.
En esta versión, el diluvio universal se habría debido al desbordamiento simultáneo de los caudalosos Tigris y Eufrates, lo que, a su vez, habría provocado la inundación de toda Mesopotamia.

La inspiración de ambas leyendas ―de ambas tres se podría decir si nos dejaran― se encuentra en el poema épico babilónico denominado Gilgamesh (o Izdubar), cuyos vestigios se remontan a la época en la que Sumer era el centro del mundo conocido. Y que registra un diluvio mesopotámico del tercer milenio, pero también evoca la fiesta del Año Nuevo otoñal, celebrada en conmemoración de la entrega por parte de Utnapishtim, el Noé babilónico, de vino nuevo dulce a los constructores de su arca. Un detalle.

Esta narración se contiene en doce tablas ―curiosa es la reiteración de tal número de unidades en las mitologías― con inserciones cuneiformes de la lengua de Acad, descubiertas en Nínive por el arqueólogo británico George Smith en el año 1872, dentro de la excavación que posteriormente halló la que fue biblioteca del monarca babilónico Asurbanipal. El protagonista principal del poema épico es el héroe Gilgamesh, en uno de cuyos viajes recorre la costa mediterránea para visitar a su bisabuelo, el no menos legendario Ut-Napisthim o Sitnahpisti, al que cede todo el protagonismo en lo que al diluvio se refiere. Y parece que los dioses babilonios no eran tan remilgados a la hora de juzgar a los mortales, pues Ut-Napisthim cuenta que:
«Mandé embarcar en la nave a toda mi familia y a mis amigos,
las bestias del campo, los rebaños del campo, los artesanos, a todos les hice embarcar.
Yo entré en la nave y cerré la puerta.
Desde el origen del cielo se elevó una
nube negra… ».


Aunque estos dioses parecen bastante razonables, eran más severos que los dioses persas, los cuales permitieron a Yima, el Noé iraní, invitar a mil parejas a su refugio. Éste no era flotante, sino subterráneo y se llamaba ‘vara’ y estaba hecho con arcilla y tenía tres sótanos y espaciosos pasillos centrales, algo así como el parking del Corte Inglés de Felipe II. Como siempre ocurre en estos casos y en las discotecas caras, se seleccionó rigurosamente al personal, negando el acceso al local incluso a aquellos que tuvieran los dientes desiguales o la gripe A. Y allí se quedaron tan ricamente hasta que arriba cesó la guerra del Golfo y la tormenta de arena.

Pero, a su vez, los antecedentes de todos estos relatos están en la India, en las narraciones ancestrales de cuentos religiosos y morales recogidos en la Satapatha Brahmana. En ellos, Manu guiado por un pez al que había salvado, construye un arca en el que se puede conservar la semilla de todas las cosas, método mucho más higiénico y funcional que el posteriormente adoptado para estas emergencias.

De fecha más reciente que la mesopotámica, los egipcios conservan dos tradiciones sobre una gran inundación, al margen de los anuales desbordamientos del Nilo, una es popular y divertida, y la otra queda reseñada con el típico espíritu concienzudo y muermo de los escribas. En la versión “nacional”, las diosas-felinas Bast y Sekmet, comisionadas por los dioses para destruir a la humanidad, desencadenaron una serie de catástrofes y matanzas que a punto estuvieron de conseguirlo… hasta que los dioses cayeron en la cuenta de que estaban a punto de quedarse sin fieles ni ofrendas ni mano de obra barata. Entonces provocaron una inundación de cerveza en las aguas, emborrachando a las diosas, y enviándolas a dormir la mona y multándolas por el botellón; con lo cual olvidaron su misión y cómo se llamaban.
En cuanto a la versión jeroglífica, bastante más sosa, se remite a Surid, uno de los reyes predinásticos y predilúvicos, el cual soñó con una gran inundación seguida de un gran incendio durante el apogeo de Leo. Entonces Surid ordenó la construcción de las dos grandes pirámides de Khufú, Keops en griego, y Kefrén; y que además se grabaran en sus paredes las ciencias secretas ―que son todas, como siempre lo han sido mientras no han sido “popularizadas” por el espía enemigo o la competencia desleal― de modo que se salvaran para beneficio de los supervivientes. Majetes los egipcios.



La Antigua Europa tampoco se libra

Los romanos también tienen su diluvio particular, aunque a escala más rural y más mediterránea, y que trasladaron cautamente a las tierras griegas antiguamente situadas en Turquía: Filemón y Baucis, en la mitología romana, era una pareja campesina de Frigia que, pese a su lugar natalicio, destacaba por su amor recíproco y esas cosas. Cuando Júpiter, padre de los dioses, y su mensajero, Mercurio, recorrieron Frigia bajo apariencia humana buscando alimento y albergue, nadie los acogió excepto el anciano Filemón y su mujer, Baucis, quienes les brindaron hospitalidad.
Como recompensa por su amabilidad, Júpiter los salvó de un diluvio que había enviado para castigar a los frigios y además sustituyó la humilde morada de la pareja por un templo, en un gesto de generosidad bien entendida. También les prometió otorgarles todo lo que desearan, pero ellos, en vista de cómo se las gastaba Zeus y de su olímpica tacañería, sólo pidieron ser sacerdotes de su templo ―con lo cual evitaban el desahucio y aseguraban la pensión― y morir al mismo tiempo. Por si acaso.

En la Irlanda precatólica y prerromana, tan alejada de Dios y de Noé por entonces, pero tan cerca de Inglaterra como siempre, fue un súbito flujo oceánico el que obligó a la reina Ceseair acompañada de su corte a emigrar ―todo un augurio para el futuro―, recogiéndose en un barco en el que estuvieron dando vueltas por ahí durante los siete años y medio que duró la marejada.
La islandesa y remota saga de los Edda antiqua, es el mismísimo dios Odín quien entretiene a su gente de manera muy hermosa, describiendo como “diluvio” lo que no es más que un normal paisaje islandés:
«Las montañas se precipitan unas contra otras
y el cielo se parte en dos,
el sol nace muerto,
la tierra se hunde en los mares,
las rutilantes estrellas se desvanecen,
el fuego ruge enfurecido y proyecta sus llamas
hasta los cielos».

Escandinavos y germanos se representan los terremotos y maremotos característicos de su particular catástrofe, que tampoco responden al típico diluvio de toda la vida, como resultante de un pulso entre el dios Thor y el Rey de los Gigantes Glaciales, en desafio cósmico para ver quien era más burro. Una tradición inveterada de los mozos de pura cepa de los climas fríos.

Los antiguos galos aseguraban a los romanos que condescendían a hacerles caso, que sus antecesores eran supervivientes de una isla desaparecida en el Atlántico. Con esto enlazamos con Platón y su Atlántida, que es la nuestra, y cerramos, aunque me temo que incompleta, la turné de las purgas celestiales.
De todas formas, la cultura occidental, que es la única que queda, ha eliminado a todos los competidores diluviales de la Biblia, y estas y otras bellas elucubraciones se han borrado de nuestra memoria en beneficio del áspero y sarmentoso Noé. Con él la tormenta se nos vino encima sin avisar, y sin más ni más se nos cuenta (Génesis, 6-2) que «viendo los hijos de Dios que las hijas de los hombres eran hermosas, tomaron de entre ellas por mujeres las que bien quisieron».

Deberemos deducir, por lo que sigue a continuación, que las hijas de Dios eran espantosas o eran estériles, ya que «dijo Jehová: “No permanecerá por siempre mi espíritu en el hombre, porque no es más que carne. Ciento veinte años serán sus días”».

Algunos piensan que “los hijos de Dios” fueron de la familia de Set, y “las hijas de los hombres” de la familia de Caín, y con razón, puesto que aquellos otros hijos e hijas que engendró Adán después de Set no vuelven a dar señales de vida.
De su reposada lectura cabe deducir que antes del Diluvio no había ni una mujer casada buena ni una hija de Dios que mereciera salvarse. ¿Y, la innominada mujer de Noé? ¿De dónde la sacó? ¿Y de dónde salieron sus tres anónimas nueras? Al final (Génesis, 6-7) Jehová se avergonzó de la alocada humanidad hasta tal punto que se dijo:
«Voy a exterminar al hombre que hice sobre la faz de la tierra; al hombre, a los animales, a los reptiles y hasta a las aves del cielo, pues me pesa haberlos hecho».

No parece que la criba haya servido de mucho.



Ciencia y Diluvio

«Debió ser por esta época [la de la visita del Beagle a las costas sudamericanas] cuando Darwin comenzó a discutir con el capitán FitzRoy sobre la autenticidad de la historia del Diluvio. ¿Cómo se habían acomodado bestias tan enormes a bordo del Arca? FitzRoy tenía una respuesta. No todos los animales consiguieron embarcar, explicaba; por alguna razón divina éstos [refiriéndose a los restos fósiles esparcidos de dinosaurios que vieron por la pampa] habían sido dejados fuera y se ahogaron. Pero, protestaba Darwin, ¿se ahogaron realmente…?» (Alan Moorehead: Darwin. La expedición en el Beagle (1831-1836)).


Antes del desarrollo de la geología científica y de la aparición de las teorías de la evolución, en el siglo XIX, solía pensarse que el Diluvio bíblico fue un acontecimiento histórico ―existen abundantes fragmentos del arca amorosamente guardados como reliquia―, pues, aparte de los arriba mencionados existen más de 270 ejemplos de diluvios pertenecientes a 60 tradiciones y procedentes de los países y culturas más distantes.
Se sabe que en torno al décimo milenio se produjeron en todo el planeta tremendas inundaciones que dejaron su impronta en los estratos geológicos, probablemente ocasionadas por el impacto de los restos de un cometa, según el profesor del Instituto de Geología de la Universidad de Viena, Alexander Tollman. Aunque también se ha defendido que se trató de un lento fenómeno geológico consistente en la última descongelación de la Era Glacial, que, con sus períodos de subida y bajada del termostato climático, ha abarcado más de un millón de años.

De hecho, al Pleistoceno, “primera época del período Cuaternario, caracterizado por el desarrollo de un período preglacial, cuatro glaciaciones y tres períodos interglaciales”, se le ha llamado “tradicionalistamente” Período Diluvial. Así ocurría con los continuos descubrimientos de restos fósiles con que tropezaba cualquier explotación minera: los hombres de ciencia no sabían qué pensar «ante tal cúmulo de figuras monstruosas, un caos que producía el efecto de un recuerdo de aquella mítica catástrofe mundial de la que se dice en el capítulo séptimo del Génesis bíblico: “... y ese es el día en que se abrieron todas las fuentes del gran abismo y alcanzaron las ventanas del cielo”. Los fósiles parecían confirmar la leyenda del diluvio universal, y todavía se acostumbra hoy llamar “antediluvianas” a las criaturas de las pasadas épocas de la tierra». (Herbert Wendt)
También se nos ofrece una tercera conjetura, digamos mixta, en el sentido que une el deshielo geológico al cataclismo puntual. Según geólogos Pitman y Ryan de la Universidad de Columbia, no hubo diluvio sino una gran inundación resultado del deshielo de una de las cuatro grandes glaciaciones ocurridas en los últimos mil millones de años. En los alrededores del año 6000 el Mar Mediterráneo inundó en tromba, “con un ruido que se podía oír el a cientos de kilómetros”, las aguas del Mar Negro cuyo nivel creció entre 15 y 30 centímetros diarios.

Realmente el término diluvio no está relacionado con la lluvia, en contra de lo que su similitud acústica lleva a esperar, sino con el lavado. Diluvio deriva del verbo latino ‘diluere’, diluir, desleir, disolver, el cual a su vez deriva de ‘lavare’, lavar; mientras que lluvia deviene de ‘pluere’ ―’plovere’, en latín del populacho―, de donde sale la lluvia y todo lo pluvial. Y aunque un diluvio venga a ser algo más que una tormenta, sus efectos vienen a ser similares para la gente de mar por cuanto, en latín, ‘tormenta’ es el plural de ‘tormentum’, es decir, de ‘torq-mentum’ o retorcimiento del mentón, o sea, del pescuezotorturar deriva de "torcer y torcer y retorcer"―, el tormento propiamente dicho que pirriaba a los romanos. En cuanto a temporal, y tambén tempestad, son dos derivados de ‘tempus’, tiempo, que si bien en un principio hacían, simplemente, referencia al tiempo atmosférico para diferenciarlo del tiempo cronológico, después han permanecido como indicación del mal tiempo atmosférico.

Los griegos, como de costumbre, tenían la palabra correcta para un diluvio como Dios manda: ‘kataklismós’, inundación, diluvio, el verdadero cataclismo que los antiguos ―también está en latín― reservaban para los efectos devastadores del agua, de “las aguas” ―a diferencia de la catástrofe, para ellos, devastación intencionada, del griego ‘katastrépho’, subvertir, destruir―, y que hoy, incultos de nosotros, hacemos sinónimo de hecatombe, término con que los griegos designaban un tipo especial de ritual religioso: el “sacrificio de cien reses vacunas”, ‘hekatómbe’, compuesto por ‘hekatón’, cien, y ‘bus’, buey. El ganado mayor era el recurso más preciado entonces, así que una ofrenda de tal magnitud verdaderamente tenía que estar destinada a conjurar una tremenda desgracia, una auténtica hecatombe.

Una cierta relación con los fenómenos naturales tiene la palabra desastre, por hacer referencia al apagón de la estrella de quien lo sufre: “des-astro”, sinónimo de mala estrella o infelicidad que apareció a mediados del s.XV. Como podemos leer en el Tesoro de la Lengua Castellana o Española de Covarrubias:
«Desastre. Desgracia lamentable, atribuida a los astros. Desastroso. Astroso. Según el rigor del vocablo avía de sinificar el hombre que en su nacimiento no tuvo estrella bien puesta que le favoreciese, y assí sería de poco valor y consideración».



Y una despedida tierna…

«… Las nubes se levantan del monte Ararat formando un inmenso embudo. Es hacia esa hora temprana, bajo los cielos muy claros, cuando todo visitante a lo largo de los siglos cree ver la forma de un arca en lo alto de la montaña… Ciertamente, el Ararat es uno de los montes más impresionantes y bellos del mundo; impresionante porque se eleva abrupto hasta una altura de 4.620 metros desde una meseta que está ya a 990 metros de altitud; bello porque se laza solitario, lejos de otras montañas, y cuando las nubes se retiran de su cumbre, casi siempre a primeras horas de la mañana y del crepúsculo, su gigantesca masa y cumbre nevada te inducen a alzar la cabeza en una especie de saludo involuntario ante su tamaño, su misterio y su conexión con la leyenda más famosa de la raza humana».(Charles Berlitz: En busca del arca perdida de Noé).


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Angel Molledo
Esta aventura es una exploración de las venas vivas que parten del pasado y siguen regando para bien y para mal el cuerpo presente de esta sociedad occidental... además de ejercitar una especie de egoísmo constructivo: porque la mejor manera de aprender es enseñar... porque aprender vigoriza el cerebro... y porque ambas cosas ayudan a mantenerse en pie y recto. Esto implica que, una vez publicada, cada entrada se va enriqueciendo con los hallazgos más interesantes, a mi leal y oficioso entender. Desde luego, no pretende ser un archivo exhaustivo de cada tema, sino sólo recoger aquellos de sus aspectos más relevantes en relación con su influencia en que seamos como somos, y no de otra manera entre las infinitas posibles. Este es un blog con la sana vocación de durar. (En un comentario al blog "Mujeres de Roma" expresé la satisfacción de encontrar, casi por azar, un rincón donde se respiraba el oxígeno del interés por los antecedentes de nuestra actual sociedad. A esa satisfacción se le ha añadido la apetencia de participar en tan grato vecindario. Dedico este blog a todos sus participantes en general y a Isabel Barceló en particular).
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