«Los contextos de las palabras van almacenando la historia de todas las épocas, y sus significados impregnan nuestro pensamiento y se interiorizan. Y así las palabras consiguen perpetuarse, sumando lentamente las connotaciones de cuantas culturas las hayan utilizado» (Alex Grijelmo: La seducción de las palabras)

«Las sociedades humanas, como los linajes animales y vegetales, tienen su historia;
su pasado pesa sobre su presente y condiciona su futuro» (Pierre P. Grassé: El hombre, ese dios en miniatura)

27/01/2010

De las Once Mil vírgenes

En la entrada nº 4, relativa al Camino de Santiago, cotilleábamos acerca de san Juan de Ortega, sacándole punta a su viaje por Palestina a cuenta de los suvenires que en forma de reliquias de santos y otros personajes celestiales de allí se trajo (la lengua de uno de los Santos Inocentes figuraba en la colección). Hoy queremos recordar que entre aquellos restos necrológicos también se encontraba la calavera de una de las Once Mil vírgenes que acompañaban a santa Úrsula, un hallazgo al que adjuntábamos una nota a pie de página que hoy queremos completar y sobre todo revisar.






(Arriba, Martirio de Santa Úrsula y las Once Mil Vírgenes, de Rubens. Izquierda, busto relicario de santa Aurelia de Estrasburgo, s.XVI, sita en la capilla del Salvador de la iglesia de Medinaceli, Soria; la de santa Aurelia era una de las cuatro cabezas de acompañantes de Úrsula que Carlos I de España regaló a su secretario, Francisco de los Cobos, en 1521... junto con la cédula de autenticidad de las reliquias. Derecha, relicario de santa Úrsula, s.XIV, en Castiglione, Florencia. Debajo, relicario de santa Úrsula, s.XVII, perteneciente al Real Monasterio de Sahagún, en León)






1 De las Once Mil vírgenes, entre otras
«A semejanza de otros muchos héroes, se consideraba milagroso el nacimiento de Atis; su madre Nana, una virgen, le concibió al poner una almendra o una granada en su regazo.
Tenemos por cierto que en la cosmografía frigia se representaba como un almendro al padre de todas las cosas, quizá a causa de ser sus delicadas flores sonrosadas uno de los primeros heraldos de la primavera, haciendo su aparición en las ramas todavía desnudas de hojas. Estas historias de madres vírgenes son reliquias de una época de ignorancia infantil en la que los humanos no habían reconocido aún como causa verdadera de la preñez la cópula intersexual» (James G. Frazer: La rama dorada)

Parece ser que la leyenda de las Once Mil Vírgenes, "que murieron por defender su castidad", nace de un error de lectura de un manuscrito que relataba el martirio de once muchachas en la ciudad de Colonia por las huestes de Atila en sus correrías por Europa hacia el año 450.
"La tal princesa tenía por curioso nombre Úrsula, que en latín significa Osita. Quizá la llamaba así su padre, pero así se quedó", decía yo en aquella nota en un toque de pánfila ignorancia que hoy me propongo enmendar, pues tal nombre oculta una enjundia que bien merece ser puesta de relieve.
Pero recordemos primero el origen del desmedido número de vírgenes y su circunstancia, un tema menor en este artículo por más que constituya su reclamo.

Es posible que, de acuerdo con una tradición, realmente hubiera un grupo de "vírgenes" formando parte del séquito de alguna princesa inglesa que se desplazara hasta la ciudad de Colonia, por cierto, sin familia ni escolta, para casarse con un rey o reyezuelo sajón llamado Conan. Existe en Internet un serio asequible y no muy extenso relato de los vericuetos históricos de la leyenda de santa Úrsula, disponible en el artículo de Albert Poncelet, Santa Úrsula y las Once Mil Vírgenes ( http://ec.aciprensa.com/s/sanursu.htm)
Según se detalla en el mismo, entre otras hipótesis, el error procede «de la abreviatura XI.M.V. (undecim martyres virgines), mal interpretada como undecim millia virginum»: es decir, mil en números romanos es 'M', pero también mártir o mártires, y "XI M V" pretendía decir "once mártires vírgenes" en abreviatura, pero por estar las letras demasiado juntas lo que acabó diciendo fue "XIM V". Total vírgenes.- once mil. Naturalmente, ya puestos y por el mismo precio, junto a Úrsula canonizaron no a otras once sino a otras once mil. Papeles para todas, como se dice hoy por aquí.
Como consecuencia, en los relicarios de medio mundo se guardan cráneos órganos y pelo como para concentrar Once Millones de vírgenes el día del Juicio Final.

(Otra de las hipótesis que se barajan es que de las once acompañantes (Sencia, Gregoria, Pinnosa, Martha, Saula, Brítula, Saturnina, Rabacia, Saturia, y Paladia) la última en ser nombrada se llamaba Undecimila ―que se añadía a la lista del anterior paréntesis, para cuadrar balance―, apelativo por el cual se dedujo el abultado y erróneo número total. Pero si romano quiere parecer tal apelativo, Undecimila, ya vimos en la anterior entrada que en Roma al niño que venía tras el número diez (o sea, tras Decimito) se le llamaba Numerio o Numeriano ("numeroso"); y eso dejando aparte que para cuando Atila las niñas aún continuaban careciendo de nombre propio. En fin, dejémoslo definitivamente).

Mil años después, en 1535, Ángela de Merici (en la imagen izquierda) fundó en su recuerdo la Comunidad de Hermanas Ursulinas, que fue la primera congregación religiosa femenina dedicada a educar niñas... porque, como dice un santoral, "lo que más le impresionaba a Ángela de Merici era que las niñas de los campos y pueblos que visitaba no sabían nada o casi nada de religión, por lo que organizó a sus amigas en una asociación dedicada a enseñar catecismo en cada barrio y en cada vereda". Por algo se empieza. Al fin y al cabo, también la universidad y la imprenta se crearon con el mismo fin.


«La condición de parthenos ("virgen") que corresponde a tres de las cinco diosas mayores (Atenea, Artemisa, Hestia), podría no designar tanto virginidad física como pertenencia a culturas prehelénicas que los invasores aqueos asimilaron parcialmente al desposarse con reinas y princesas locales. Parthenos significaría entonces "indómita" (admetis), formada en tradiciones de prostitución sacra y, por eso mismo, activa en vez de pasiva sexualmente, no ceñida a lo maternal-doméstico» (Antonio Escohotado: Rameras y esposas)



2 La Úrsula nórdica
«El himen no es más que una frágil telilla cubierta de gruesas ideas» (Ifigenio Amezúa, sexólogo)

Demos de lado la guasa, más que ironía, de la pregunta literaria de Jardiel Poncela (Pero hubo alguna vez once mil vírgenes?). Dejemos también para foros más selectos el polémico concepto de virginidad (una interesante e interesada manipulación o elaboración de virgen, traducción de 'virgo, virginis', originariamente y sin más, muchacha, púber; discretamente, con el tiempo virgo ha devenido en sinónimo de himen, "repliegue membranoso que cubre la vagina virginal", del griego 'hymen', membrana). Pero en este mundo nada existe porque sí, así pues la persistencia del runrún acerca de santa Úrsula, dejando aparte su anecdótica y multitudinaria comitiva, tiene que tener unos motivos hondamente legendarios o mitológicos más consistentes cuanto más nebulosos son los históricos.
Por parte de padre, es decir, en cuanto a su territorio de origen, la imagen de Úrsula fue asimilada con la de la diosa germana Freyja o Freya, protectora de las doncellas vírgenes a las que recibía en el ultramundo si fallecían sin haberse casado. Aunque sería más razonable decir que ocurrió a la inversa: la imagen de la extinta diosa Freya se incorporó en o a Úrsula.

(Freya según una estatua de bronce del s.XI procedente de la provincia sueca de Södermanland)


Según cuentan las Eddas (recopilaciones islandesas medievales que forman el corpus de la mitología nórdica), Freya es la diosa del amor la belleza y la fertilidad. En este aspecto, y en función de determinadas variantes regionales de su nombre, como Frigg o Frija (también Brigit en Irlanda), le fue dedicado el quinto día de la semana; el que los latinos llamamos Viernes en honor a Venus (una ocurrencia del relativamente cristiano emperador Constantino para nuestros paganos días de la semana) y los nórdicos llamamos Friday en honor a Freya
Es por esto que la gente la invocaba para obtener satisfactorios coitos, asistencia en los partos y rendimiento en los campos. Igualmente era asociada con la guerra, la muerte, la magia, la profecía y la riqueza. En definitiva, era una diosa todo-terreno, es decir, había sido una ancestral diosa-madre pero con la crisis del matriarcado los nuevos patrones la habían rebajado el título y el sueldo, pero no el trabajo. Son las cosas que ocurren con las crisis en todas partes.
Dicen que Freya era también llamada Horsel o Ursel, aunque tal equivalencia podría muy bien ser una forma de nadar en aguas cristianas y guardar la ropa pagana. O viceversa.


La iconografía de Freya es bastante peculiar: como aquí vemos encima, la diosa se desplaza en un carro tirado por gatos, una representación que la vincula aún más con Artemisa, cuya diosa homóloga egipcia, aunque muy anterior a ella, era BastBastet , imagen derecha, personificada como mujer con cabeza de gato o como gato de cuerpo entero (los antiguos egipcios se quejaban con razón de que los antiguos griegos se dedicaban a copiarles descaradamente; se ve que echaban de menos una sgae, una "oficina de registro de la propiedad intelectual" o cualquier engendro de este tipo... que de haber existido hubiera hecho imposible o al menos improbable la cultura occidental tal y como la conocemos); con este vehículo, aun a riesgo de ir arrastrando los pies en los aterrizajes, Freya parece reivindicar una línea de ascendencia directa con Egipto en paridad con Artemisa.




3 La Úrsula helénica
«Artemisa, hermana de Apolo, está armada con arco y flechas como él; posee el poder de producir pestes y la muerte súbita entre los mortales y también el de curarlos. Es la protectora de los niños pequeños y de todos los animales que maman, pero también le gusta la caza, especialmente la de venados» (Calímaco: Himno a Ártemis)

Por sus atribuciones, Freya es una deidad paralela a la griega Artemisa, la cual era el ascendiente mitológico de Úrsula por parte de madre. Quizá resulte sorprendente y forzada la conexión entre la santa británica y la diosa griega, pero hay que tener en cuenta que Artemisa apenas perdió su prestigio en el mundo romano en lo tocante a los embarazos y los partos, por más que fuera Juno quien ostentara la titularidad protectora en obstetricia y ginecología. Mucho más consistente que su homóloga romana, la decorativa volátil y prescindible Diana, Artemisa era todo un carácter, y fue tan respetada en el Olimpo como temida y venerada por los helenos de todos los tiempos, y si bien no podemos decir que Úrsula fuera la hermana nórdica de Artemisa, como lo era Freya, sí podemos afirmar que era su ahijada de acuerdo a una estrecha relación que luego veremos. Además, Artemisa y Úrsula comparten un detalle iconográfico muy característico: las flechas.



Parece que Úrsula murió de un flechazo propinado por el frustrado Atila. Y si bien es cierto que en cuestión de flechas, la diosa las lanza y la santa las recibe, resulta que en iconografía el medio es el mensaje, como decía Marshall McLuhan. De hecho, aparte de la flecha de Úrsula, el único atributo de Artemisa heredado por el cristianismo ha sido el arco, el cual figura sublimado en forma de luna en ciertas vírgenes renacentistas o barrocas, como las de Murillo, por ejemplo. Se recupera paradójicamente por esa vía el carácter primigenio lunar que tuvo Artemisa y su relación directa con el menstruo, carácter que había perdido con la imposición del patriarcado, el cual transformó… su luna en arco.




«Las aves con yelmo que aparecen en las monedas estinfalias son espátulas, primas de las grullas, que aparecen en tallas medievales inglesas chupando el aliento de enfermos. Son en realidad sirenas con patas de ave, personificaciones de la fiebre. Ártemis era la diosa que tenía el poder de infligir o curar la fiebre con sus "flechas misericordiosas"». (Robert Graves: Los mitos griegos)


El culto de Artemisa estuvo profundamente imbricado en la vida íntima de las mujeres griegas, teniendo una remota tradición los de carácter específico que recibía en determinados santuarios, tales como en el de Brauron, en el Ática, en el que tenía en la propia Acrópolis de Atenas (imagen inferior), en el de Táuride y, por supuesto, en Éfeso. En cada uno de ellos se celebraban ceremoniales diferentes, muy concretos, pero unidos sutilmente por un hilo de referencia que, en ocasiones, sólo a duras penas podemos rastrear. (Pilar González Serrano: Consideraciones iconográficas sobre la Ártemis efesia)


Pero su hogar matriz ateniense estuvo en el hoy yacimiento arqueológico de Brauron (imagen inferior y siguiente izquierda), en la actualidad Vraona, a unos 40 km al este de Atenas, en la costa este del cabo Sunion y aproximadamente en la misma latitud que el Pireo, aunque en su costa opuesta.
El lugar consiste en una pequeña colina de 40 m en cuya falda norte se encuentra el santuario, que estuvo a orillas del mar en la época clásica pero que los aluviones del inmediato río Erásino han alejado unos 500 m.
El santuario está integrado por un templo y un altar, y una fuente sagrada y un pórtico con habitaciones y almacenes de ofrendas; y en una cueva derruida, la tumba de Ifigenia junto a la casa de las sacerdotisas.
Pero igualmente nos contentaremos con mencionar que también a Ifigenia (prima de Helena de Troya, hija de Agamenón y hermana de Electra y de Orestes) estaba dedicado el santuario de Brauron, en el cual murió tras de ser la principal sacerdotisa de su deidad principal, la Artemisa Brauronia.

(Los dos últimos párrafos están extractados del nº 216 de Revista de Arqueología así como los siguientes, en los que he intentado esquematizar en lo posible la información publicada).



4 La Artemisa Brauronia
«Ártemis exige a sus compañeras la misma castidad perfecta que practica ella. Cuando Zeus sedujo a una de ellas, Calisto, hija de Licaón, Ártemis observó que estaba encinta. La transformó en una osa, llamó a la jauría y Calisto habría sido perseguida y destrozada por los perros si no la hubiera acogido en el Cielo Zeus, quien luego puso su imagen entre las estrellas» (Higinio: Astronomía poética)

En particular, la fuente sagrada ha proporcionado miles de exvotos, objetos tomados de la vida de la mujer ateniense, como espejos de bronce, anillos, gemas, escarabeos, estatuillas, muñecas, vasos, casi todos datados antes del -480, protegidos bajo el barro acumulado tras una inundación del Erásino que obligó al repentino abandono del asentamiento.
Entre las piezas más importantes halladas en este lugar destacan las pequeñas crateras y fragmentos que representan misterios y ritos llevados a cabo en este lugar. En algunas aparecen niñas desnudas corriendo, en tanto que otra muestra una procesión de jóvenes en vestido corto que se dirigen hacia el altar de Artemisa en el que hay un fuego sagrado.
También se han hallado ofrendas de terracota en forma de palomas, cerdos, pasteles… todas ellas realizadas por gente humilde que no podía costearse las ofrendas auténticas. Quizá el material más interesante lo constituyan las numerosas estatuas de niños y niñas dedicadas a Artemisa e Ifigenia ya que el culto en el santuario era doble: Artemisa era venerada como protectora del crecimiento y maduración de las niñas, mientras que a Ifigenia se le ofrecían sacrificios y exvotos para propiciar los partos futuros y agradecer los exitosos.
De modo que es lógico encontrar esta serie de ofrendas escultóricas, tanto de niños como de niñas (como las que muestran las tres siguientes imágenes colaterales halladas en Brauron, entre ellas dos ositas, o como las denominarían posteriormente los romanos, dos úrsulas; también son úrsulas brauronias las dos últimas imágenes infantiles que cierran esta entrada). Son un poco mayores que el natural y están esculpidas en mármol. (Rev. de Arqueología nº216, p.p. 15-23)


(Niño con manzana y paloma, s.-IV, Museo de Brauron. Como «Señora de las Cosas Salvajes», o patrona de todos los clanes totémicos, se ofrecía anualmente a Artemisa un holocausto de animales totémicos vivos, aves y plantas)




El culto de Ifigenia parece consistir únicamente en la ofrenda de exvotos. Por el contrario, los festejos en honor de Artemisa eran más complicados y se dividían en dos celebraciones consecutivas: la primera relacionada con su advocación de diosa cazadora y la segunda con la de protectora de la mujer. Y también como celosa defensora de la castidad; el mito de Calisto, que encabeza este punto, tiene por finalidad explicar las dos niñas vestidas como osas que aparecían en el festival ático en honor de Ártemis Brauronia, y la relación tradicional entre Artemisa y la constelación zodiacal de la Osa Mayor, según nos cuenta el maestro Graves.


En el primer aspecto Artemisa es asociada con el oso, o mejor dicho, con la osa; aparte, o además, de sus similitudes antropológicas (su frecuente bipedismo, por ejemplo) ejerce una especial vigilancia y una feroz protección sobre sus crías. En otros santuarios de Artemisa se han hallado abundantes exvotos en forma de osa .
Como la osa domada o cazada, símbolo de la maternidad, la niña necesitaba una guía en su paso del estado "salvaje" de la infancia a la "doma", que significaba su entrada en la sociedad.
Es normal que los festivales cuatrienales celebrados en Brauron, de una importancia capital en el sistema democrático ateniense, fueran conocidos como arkteia, término derivado de 'arktós', oso, y las chicas consagradas a Artemisa se denominaran "osas".

Durante las arkteia las niñas atenienses abandonaban el mundo de la infancia y entraban en la esfera previa a la maduración que las llevaba directamente al matrimonio, su función en la sociedad. La representación ceremonial incluía una cacería en la que las niñas de 7-8 años, desnudas como al nacer, perdían simbólicamente su salvajismo quedando preparadas para adaptarse a su nueva situación, en el umbral de la madurez sexual.
El ceremonial femenino de Brauron era paralelo a las ephebeia celebradas por los niños, fundamentales también en el desarrollo social de los jóvenes. Y se podría decir que el ritual acentúa la aparición de la diferenciación sexual más que de la madurez.
El rito se completa con una segunda ceremonia en la que las niñas de diez años se vestían por primera vez el krokotós, un vestido ritual corto que simbolizaba el paso definitivo a la maduración que culmina en la primera menstruación.

Realizadas cada cuatro años, las ceremonias eran participadas por muchachas entre los siete y los diez años, implicándose así todas las niñas de Atenas. Pero dicho así, puede dejarnos la impresión de que estos ceremoniales resultaban ser un gesto simbólico de integración social, una una especie de puesta de largo en el salón del casino. Nada más lejos de la realidad:
«El ceremonial de la arkteia consistía, principalmente, en un baile ritual, en el que las jóvenes danzarinas iban vestidas con túnicas de color azafrán (el color sagrado en el ámbito litúrgico de la antigüedad hasta que se generalizó el uso de la púrpura) [pero que se siguió preservando en las bodas romanas] y llevaban máscaras de osas, al igual que la sacerdotisa que con un falo artificial, olisbos, se encargaba de romper el himen de las iniciadas para facilitar, posteriormente, sus relaciones conyugales.

Es posible que este ritual de iniciación se realizase ya en tiempos prehelénicos y en el interior de algunas cuevas tenidas por sagradas. En algunas de las existentes en Creta, hasta se han creído apreciar toscas esculturas, talladas en las propias rocas subterráneas y cuyas siluetas recuerdan a las de unos osos. El culto a estos animales se remonta al Paleolítico Superior, momento en el que el hombre se enfrentó a ellos por el dominio de las cuevas, por lo que no es de extrañar que su mítico recuerdo aún permanezca vivo en muchas culturas.
Su ancestral e inconsciente pervivencia en la mentalidad colectiva se pone de manifiesto en el hecho de que, aún hoy, se sigan regalando a los niños y niñas pequeños osos de trapo o de peluche, con los que muchos de ellos comparten su cama, sus sueños y temores infantiles, hasta etapas avanzadas de su infancia, resistiéndose, incluso, a su inevitable destrucción, cuando el deterioro del uso así lo exige». (Pilar González Serrano: Consideraciones iconográficas sobre la Ártemis efesia)

«Ártemis fue la hermana gemela de Apolo, y ambos, hijos de Zeus y de Leto, quien los alumbró en la isla de Delos (la brillante), después de superadas numerosas dificultades, todas derivadas de la persecución implacable a la que la sometió la celosa Hera quien, además, no consentía en enviar a su hija Ilitia, la diosa de los partos, en su auxilio.
El doble alumbramiento se produjo, por fin, en la ladera meridional del monte Cintio, bajo una frondosa palmera datilera, a la que se abrazó Leto haciendo presión en el suelo con las rodillas, para facilitar el parto. La primera en nacer fue Ártemis, quien, recién nacida, ayudó a venir al mundo a su hermano»


«A los meteoritos se les rendían con frecuencia honores divinos, y lo mismo a pequeños objetos rituales de origen dudoso, que podían explicarse como habiendo caído igualmente del cielo, como las puntas de lanza neolíticas cuidadosamente trabajadas, identificadas con los rayos de Zeus por los griegos posteriores (como a las flechas de pedernal se las llama "proyectiles de los elfos" en el campo inglés), o con los almireces de bronce ocultos en la cofia que llevaba la imagen de la Ártemis efesia.
Las imágenes mismas, como la de Ártemis Brauronia y la de madera de olivo de Atenea en el Erecteón, también, según se decía, habían caído del cielo a través de un agujero en el techo. Es posible que la imagen de Braurón contuviera un antiguo cuchillo de obsidiana destinado a los sacrificios —la obsidiana era un vidrio volcánico de la isla de Melos— con el cual se cortaba el cuello a las víctimas» [… o se incidía en el himen de las iniciadas]. (Robert Graves: Los mitos griegos)


«El nombre del mineral leucófana es epónimo del epíteto de la Diosa Artemisa LEUCÓFANA / Leucofirena en Magnesia, Lidia.
El mineral tauriscita deriva del epíteto de la Diosa Artemisa TÁURICA / Diosa Brauronia / Artemisa Brauronia adorada en La Táuride como areolito caído del Cielo.
Los minerales auralita, auricalcita deben su nombre a las AURAS / Ninfas aéreas de la comitiva de la Diosa Artemisa»
(Francisca Martin-Cano Abreu: Epónimos femeninos de PIEDRAS.
http://www.facebook.com/pages/Francisca-Martin-Cano-Abreu/50559454191)



5 Dando la Nota al pie de página
«HE SIDO DEDICADA A LA DIOSA, QUE GOZA LANZANDO SUS FLECHAS LEJOS, POR NICANDRA HIJA DE DEINODICOS DE NAXOS, LA MEJOR DE ENTRE LAS MUJERES, HERMANA DE DEINOMENES, Y AHORA ESPOSA DE FRAXOS» (Inscripción grabada en el lado izquierdo de la llamada Ártemis de Delos (Museo Nacional de Atenas), figura de la izquierda, estatua de caliza de unos 75 cm de altura, erigida como exvoto por Nicandra, la naxiana, en honor a la Artemisa de la isla de Naxos)

En definitiva, espero haber purgado mi deficiente nota a pie de página en la entrada cuarta de este blog. La tal princesa tenía por piadoso nombre Úrsula, que en latín significa Osita. Pero no porque quizá la llamase así su padre, sino porque, como todas las ositas, con toda probabilidad respondía al cumplimiento de una promesa hecha a la Virgen de Brauronia llamada Artemisa o llamada Ifigenia ―o a la Virgen Freya llamada Ursel― durante un parto o un embarazo problemático, promesa refrendada con la garantía de un retrato escultórico u otro costoso exvoto depositado a los pies de su altar, helénico o nórdico.





 Existiera Úrsula o no, la amplia extensión de su nombre, en épocas pasadas donde la elección del nombre era un asunto terriblemente serio, manifiesta la decidida voluntad subliminal de las gentes en conservar unas advocaciones que en el Norte y en el Sur les han proporcionado respuesta y consuelo desde la Era de las Cavernas.





¿QUÉ fiebres, qué cuartanas? Me destemplo,
me exalto y emociono en el paraje.
¡Viva lo franciscano y su linaje!
¿Qué nace aquí? El tipo y el ejemplo

de la dulzura convertida en templo.
¡Tú, que nos asustabas, por salvaje,
por selvatiquez! Amo este paisaje,
la madre dadivosa que contemplo.

¡Ay, amoroso engaño! ¡Besos, mimos
junto al mar! Los ex-votos son de arcilla.
son juguetes sin más, animalitos

donados por los niños. Bendecimos
tu nombre, si así llega a nuestra orilla
la mágica ternura de tus ritos.

(Aurelio Valls: ARTEMIS BRAURONIA (Templo clásico en Atica,
santuario amado de los niños, que le donaban juguetes y animalitos))
(Retorno a la poesía, Ed. Adonais)



Sed buenos, si podéis
……………….«. . . porque el pensar y el ser son una y la misma cosa» (Parménides)


10/01/2010

De la Familia y el Servicio



«…como cualquier herrero calvo y bajito, que, tras hacerse con un poco de dinero, acaba de salir de sus cadenas y, lavándose bien en los baños, se viste como un novio en el día de la boda, dispuesto a casarse con la hija de su amo, que se ha empobrecido y se ha quedado sin amigos. ¿Qué saldría de semejante matrimonio sino una serie de bastardos despreciables?... » (Platón, República, VI.495c)
«Constituye un lugar común pacífico entre los juristas la convicción de que la familia es una institución de derecho natural», hemos leído en la presentación de alguna tesis doctoral. Pero, a pesar de tan ceremoniosa como voluntariosa expresión, tampoco la familia ―término hoy sagrado donde los haya, con su olor, sabor y calor de refugio y hogar― adquiere hasta mediados del s.XIII el significado tan obvio que a todos nosotros nos parece tener. Tuvo que periclitar la sociedad feudal a manos del Renacimiento para que fuera blanqueado el denigrante sentido original con el que Roma creó la palabra familia: "conjunto de fámulos" de un señor―fámulo, criado, derivado de 'famulus', sirviente, esclavo―, respecto del cual es su 'patronus', su patrón; patrón, un derivado de padre que sigue conservando aquel sentido en el atormentado submundo del jornalero actual.

«Familia.- etimol.: 1220-50. Tom del lat. 'familia', primitivamente "conjunto de los esclavos y criados de una persona", deriv. de 'famulus'.- sirviente, esclavo». (Joan Corominas: Breve Diccionario Etimológico)

Llegados a este punto, nuestra sensibilidad se rebela contra la etimología: ¡Alto ahí! ―exclamamos― ¿Cómo es posible? ¿Acaso los romanos, los griegos, y de ahí para atrás, carecían de nuestro sentido familiar?, ¿de algo que parece tan evidente en toda la naturaleza animal como el sentimiento paternal, maternal, filial y fraternal?
Pues, como ya hemos visto, la familia o conjunto de esclavos personales ―origen de lo que hoy se llama empresa― conformaba el núcleo del tejido productivo romano, pero para nada era el grupo de parientes consanguíneos más próximos dentro de una tribu, ya que eso es lo que en propiedad significa el clan (del muy posterior vocablo gaélico escocés 'clann', descendencia, hijos), formación que en el mundo antiguo sustituyó a la gens ―cuyo derivado gente nos sirve hoy, paradójicamente, para designar al grupo de personas que nos son más ajenas―, siendo el sentido de aquél término, clan, meramente biológico y sirviendo sobre todo para señalar la línea de transmisión del ''patrimonio'' ―conjunto de propiedades de los padres-patrones― así como para configurar las uniones o alianzas con otras gens mediante "matrimonio'' ―que, debeladoramente, no se refiere a las posesiones de la madre, sino a la unión de personas de distinta madre-matrona―, con vistas a evitar problemas de consanguineidad.



En el mundo grecorromano no existía el término clan, ni ningún otro sustitutivo similar, y aunque la organización social primitiva romana era prácticamente la del clan, se continuó llamando 'gens' a algo que había sido alterado patentemente en su contenido social, puesto que «para que exista un clan no basta con la mera consanguineidad. Todos los miembros del clan deben sentirse unidos por un parentesco estrecho, reforzado por el hecho de que cada clan posee un nombre, un símbolo (animal, planta u objeto), sus miembros visten una prenda reconocible y emplean en el trato términos de parentesco muy próximo aun para los parientes más lejanos... Los clanes se dan en cualquier tipo de sociedad, primitiva o desarrollada, aunque es en la zona intermedia de desarrollo cultural donde se encuentran los mejor trabados a causa de su estabilidad cultural y fijación de la residencia... » (Emile Durkheim: Las reglas del método sociológico)


(http://www.eleazar.es/lafamilia/lafamilia00.html)

1. Del gen grupal


Como comentábamos en la anterior entrega, los antropólogos siguen obstinados en encontrar las partículas elementales del big-bang humano; y también en el campo de la familia persiguen los orígenes de la pandilla perdida, es decir, la época en la cual el hombre se decidió a colaborar con sus semejantes, como si tal colaboración no fuese un hecho constatable en una gran cantidad de especies, por no decir en la mayoría de ellas, y sobre todo en nuestros primos chimpancés, los cuales no sólo cazan juntos organizadamente sino que se turnan para patrullar los límites de su territorio en grupos de dos o tres individuos. No obstante podemos leer a Rosa M. Tristán (periodista a quien merece la pena seguir asiduamente): «Pero lo descubierto en Olduvai, el lugar donde Mary Leakey se tropezó con los primeros restos de un Homo habilis "Nos ha permitido constatar que hace 1,2 millones de años, los seres humanos empezaron a necesitar animales muy grandes porque la carne era fundamental en su dieta y para cazarlos necesitaban una estrategia, organizar la actividad de forma colectiva, lo que implica una mayor capacidad de comunicación verbal", apunta Domínguez-Rodrigo, paleontólogo de la Universidad Complutense». (Diario El Mundo/ Ciencia/Los humanos, cazadores natos, 4-enero-2010).
Realmente, los "lobos esteparios", por citar la psicología del conocido personaje de Hermann Hesse, que prefieren campar por su cuenta y riesgo sin perrito que les ladre, constituyen la excepción de la regla asociativa general de la Naturaleza. Se conocen agrupamientos de individuos "descerebrados" que viven y se realizan como un solo animal; algunos son seres unicelulares, pero otros son pluricelulares, y con tal división de funciones entre sus subgrupos, que los elementos que componen éstos han evolucionado de una forma diferenciada. Unos y otros se desarrollan en el agua. Hay un cierto paralelismo con los enjambres, con la diferencia de que los organismos particulares que forman aquéllos no se separan ni se desorganizan nunca. En el caso humano, hoy se sabe que tal superación de la sociedad tribal supuso rectificaciones en las conexiones neuronales de nuestro cerebro.




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Susan Dudley, bióloga de la Universidad McMaster en Ontario, Canadá, ha descubierto en la balsamina, Impatiens pallida, comportamientos sociales similares a los de los animales. Estas plantas son capaces de reconocerse entre sí, y cuando están rodeadas de familiares se relajan y hacen crecer menos sus raíces, mientras que junto a plantas genéticamente extrañas las extienden al máximo.




2. Del primitivo "matriarcado" nómada al patriarcado global

«Es sabido que en Lusitania, cerca de Olisipón [la actual Lisboa] y del río Tajo, las yeguas colocadas de cara al Favonio [el Céfiro, viento cálido del oeste] conciben con un soplo fecundante y que la cría se engendra y nace extraordinariamente rápida, pero no sobrepasa los tres años de vida» (Plinio: Historia natural, VIII-166)
Por no remontarnos al origen de las especies familiares dejaremos de lado los oscuros y milenarios períodos en los cuales «la transmisión de la filiación y de la propiedad, cuando la había, se efectuaba por línea materna, lo que se llama matrilinealidad, pues la madre es la única referencia indudable que poseían los hijos acerca de su ascendencia y parentesco» (F. Engels). Simplemente recordaremos que la causa de este proceso hereditario estribaba en que primaba por entonces una forma de "familia por grupos", en la cual no podía saberse con certeza quién es el padre de cada criatura pero sí se sabe quién es la madre.
Aun cuando cada madre llama hijos suyos a todos los de la familia común y tiene deberes maternales para con ellos, no por eso deja de distinguir a sus propios hijos entre los demás. Por tanto, está claro que la descendencia sólo pudo establecerse por la línea materna, y por consiguiente, sólo se reconocía la línea femenina.
Fíjense que el párrafo que abre este punto, relativo a las famosas yeguas lusitanas, está escrito en época de Vespasiano, ya casi a finales del s.I, por Plinio el Viejo, el naturalista más reputado de la Antigüedad tras Aristóteles. También Homero, mucho antes que Aristóteles, participaba de la creencia en el poder fecundador de los vientos (el Boreal, Bóreas, había sido el favorito en la preñez para la mujer) que todavía persistía en el caso de las yeguas. Adjuntamos un par de poéticas muestras homéricas para cerrar este segundo punto igual que lo abrimos. Aclararemos al respecto que para Homero la arpía (en griego 'hárpyia') es la personificación de los vientos huracanados... por más que haya pervivido como sinónimo de mujer malísima, sólo y exclusivamente femenino, por supuesto. Podarga significa "La de veloz pie".

De la forzosa referencia a la mujer como única línea genealógica disponible proviene seguramente la leyenda del primigenio poder tribal femenino, al confundir matriarcado (poder materno) y matrilinealidad (transmisión hereditaria vía materna).
Es sabido que tenemos una comunidad genética con chimpancés y bonobos (conocidos como chimpancés pigmeos) entre el 98 y el 99%; pero resulta que los chimpancés son unos bicharracos celosos y posesivos hasta la médula, a diferencia de los bonobos, que viven en un constante intercambio sexual haciéndose el bien sin mirar con quién. Y aunque los antropólogos se preguntan de cual de ambos extremos estaremos más próximos, si algo se ha podido establecer irrefutablemente, es que los celos son un sentimiento que se ha desarrollado relativamente tarde. Lo mismo sucede con la idea del incesto. No sólo en la época primitiva eran marido y mujer el hermano y la hermana, sino que aun hoy es lícito en muchos pueblos un comercio sexual entre padres e hijos.
Y es que por más que hoy nos resulte duro de asimilar, la tolerancia recíproca entre los machos adultos y la ausencia de celos constituirían la primera condición para que pudieran formarse grupos extensos y duraderos; únicamente en su seno podría operarse la transformación del primate en hombre.




«Así, la leyenda que nos cuenta que los reyes latinos nacieron de madres vírgenes y padres divinos, se hace un poco más inteligible, porque los cuentos de esta clase, aislados de sus elementos fabulosos, significan, ni más ni menos, que una mujer ha sido preñada por algún desconocido. Y esta incertidumbre de la paternidad es fácilmente compatible con un sistema familiar que ignora la paternidad y no así con el que le da gran importancia». (James G. Frazer: La rama dorada)

Respecto al ayuntamiento grupal, es de suponer que cuanto más se descomponía el antiguo modo de vida errante y aumentaba la densidad de la población con los progresivos asentamientos agrícolas, más envilecedoras y opresivas les deberían parecer las antiguas relaciones sexuales a las mujeres (aunque seguían ostentando la titularidad del derecho de transmisión de bienes) y con mayor fuerza debieron de anhelar, como liberación, el derecho al matrimonio temporal o definitivo con un solo hombre…
Aunque a veces son propietarias de bienes, las mujeres son en general objetos de posesión, juguetes de la relación entre los hombres, a quienes ellas dejan en posesión del mando. Tener unas mujeres se hace necesario para pertenecer al grupo, para tener medios de vivir. Tener muchas es un privilegio.


Y con el desarrollo de la espiral banda-hueste-tropa-ejército ―con la necesaria conformación de un Estado Mayor, núcleo del futuro Estado a secas―, y su traducción en riqueza y en influencia de la aristocracia, mayor intensidad fueron ganando estabilidad duración y extensión las relaciones monogámicas sindiásmicas (parejas temporales por "capricho", o por rapto; sindiásmico es un neologismo creado a partir de la palabra "combinación", en griego moderno 'syndyasmós') hasta convertirse en pura y sólidamente monógamas.
Y con la monogamia se introdujo en la familia un elemento nuevo: junto a la verdadera madre se había puesto al verdadero padre ―ahora sí identificable―, al cual correspondía procurar la alimentación y los instrumentos de trabajo necesarios para ello; consiguientemente era, por derecho, el propietario de dichos instrumentos y en caso de separación se los llevaba consigo, de igual manera que la mujer conservaba sus enseres domésticos. Así que el hombre era igualmente propietario del nuevo manantial de alimentación, el ganado y la tierra conquistada, y más adelante, del nuevo instrumento de trabajo, el esclavo…


Una vez que con la Revolución agrícola y su acumulación de bienes, la transmisión hereditaria pasó a realizarse por vía masculina, la gens formó la base del orden social de la mayoría, si no de todos los pueblos prehistóricos de la Tierra, y de ella pasamos en Grecia y en Roma, sin transiciones, a la Civilización. La palabra latina gens procede, como la palabra griega del mismo significado, 'genos', de la raíz aria común 'gan' (en alemán ―donde, según la regla, la 'g' aria debe ser remplazada por la 'k'― kan), que significa engendrar. Las palabras gens en latín, genos en griego, dschanas en sánscrito, kuni en gótico (según la regla anterior), kyn en antiguo escandinavo y anglosajón, kin en inglés, y künns en medio-alto-alemán, significan de igual modo linaje o descendencia (un derivado de la fina hebra conductora del lino).
Pero gens en latín o genos en griego se emplean esencialmente para designar ese grupo que se jacta de constituir una descendencia del padre común de la tribu.

«Las invasiones aqueas del siglo XIII a. de C. debilitaron gravemente la tradición matrilineal en Grecia. Al parecer, el rey se las ingeniaba para reinar durante toda su vida natural; cuando llegaron los dorios, hacia el final del segundo milenio, la sucesión patriarcal se convirtió en regla. Un príncipe ya no abandonaba la casa de su padre y se casaba con una princesa extranjera; ella iba a vivir con él, como hizo Penélope convencida por Odiseo. La genealogía se hizo patrilineal, aunque un episodio samio mencionado en la Vida de Homero del seudo Herodoto demuestra que durante algún tiempo después de que las Apaturias, o sea el Festival del Parentesco Masculino, habían reemplazado al del Parentesco Femenino, los ritos consistían todavía en sacrificios a la Diosa Madre a los que no podían asistir los hombres». (Robert Graves: Los mitos griegos)

Es significativo que el término amo fuera la versión masculina de ama, la cual le precedió, una voz del lenguaje infantil de creación expresiva, como mama, por lo que se halla en los lenguajes más diversos. Ama significaba tanto nodriza como dueña de casa, y por tanto tendría el mismo sentido de la única profesión decente para una mujer después de la de señoritahija de familia: "ama de casa" (espero que el tono y el timbre de este blog den por descontado de que se trata de ironías, tanto mías como de la vida).
La voz ama apareció a principios del s.XIII, y amo medio siglo después, derivada del hispano-latino 'amma', "madre que amamanta", a diferencia de aya, "mujer de edad que cuida de los niños", que deriva del latino 'avia', abuela.
Como ven, ama y amar, amo y amor, no tienen absolutamente nada que ver, al menos en su etimología. Si bien amo se tradujo en un principio como ayo, pronto se entendió como dueño, es decir similar a dominus pero en plan despótico (era el s.XIII y tocaba). A partir de entonces ama y dueña adquirirían un sentido subordinado que no perdieron por jamás de los jamases.



«…Es muy de notar que, aunque el primer rey de Roma, Rómulo, se decía descender de la casa real de Alba Longa, en la que el trono se consideraba hereditario por líneas masculinas, ninguno de los reyes romanos fue sucedido en el trono inmediatamente por su hijo, aunque varios dejaron hijos o nietos tras ellos. Por otro lado, uno de los reyes descendía de un rey anterior por su madre, no por su padre, y tres de los reyes, Tacio, Tarquino Prisco (el Antiguo) y Servio Tulio, fueron heredados en el solio por yernos que eran extranjeros o de linaje extranjero.
Esto hace pensar que el derecho al reino se transmitía por línea femenina y fue realmente ejercido por extranjeros que se casaron con princesas reales. Empleando lenguaje técnico, la sucesión al trono de Roma, y probablemente por lo general en el Lacio, creemos fue determinada por leyes especiales que moldearon las sociedades primitivas en muchas partes del mundo, es decir, la exogamia, el casamiento beena y el matriarcado o linaje matriarcal.
Exogamia es la ley que obliga a un hombre a casarse con mujer de diferente clan que el suyo. Casamiento beena es la ley que le obliga a dejar el pueblo de su nacimiento y vivir en el pueblo de su mujer, y matriarcado es el sistema que consiste en señalar el parentesco y transmisión de nombres de familia por la madre en lugar de por el padre». (James G. Frazer: La rama dorada)




«Para Patroclo, además, Automedonte al yugo uncía rápidos corceles, a Janto y Balio, que entrambos volaban a la par de los soplidos del viento, a quienes para Céfiro, el viento, parido había la arpía Podarga cuando paciendo estaba en la pradera al pie del Océano» (Homero: Ilíada, XVI-148)


«Dárdano, engendrado por Zeus, engendró a su vez a Erictonio, el soberano, que sin duda llegó a ser el más rico de los hombres mortales: suyas eran tres mil yeguas que en el prado pacían ufanas de sus potras retozonas. De ellas llegó incluso a enamorarse el Bóreas, en tanto que paciendo se encontraban, quien acostado tendióse junto a ellas bajo la apariencia de caballo de azuladas crines; y ellas, embarazadas, doce potros luego parieron que, cuando a galope iban sobre fecundo labrantío, corrían por encima de la punta del fruto de la espiga sin romperla» (Homero: Ilíada, XX-220)



3. De la familia-propiedad a la familia de sangre

«Como de la hendedura de un peñasco salen sin cesar enjambres copiosos de abejas que vuelan arracimadas sobre las flores primaverales y unas revolotean a este lado y otras a aquél; así las numerosas familias de guerreros marchaban en grupos, por la baja ribera, desde las naves y tiendas al ágora» (Homero: Ilíada)


«En su origen, la palabra familia no significa el ideal, mezcla de sentimentalismos y de disensiones domésticas, del filisteo de nuestra época; al principio, entre los romanos, ni siquiera se aplica a la pareja conyugal y a sus hijos, sino tan sólo a los esclavos. Famulus quiere decir esclavo doméstico, y familia es el conjunto de los esclavos pertenecientes a un mismo hombre. En tiempos de Gayo la familia se transmitía aún por testamento ('familia, id es patrimonium') . Esta expresión la inventaron los romanos para designar un nuevo organismo social, cuyo jefe tenía bajo su poder a la mujer, a los hijos y a cierto número de esclavos, con la patria potestad romana y el derecho de vida y muerte sobre todos ellos» (Engels: El origen de la familia...)

La expresión a que hace referencia Engels ('familia, id es patrimonium') tiene por elocuente traducción ''…la familia, es decir, la herencia…". También en el Código de Hammurabi (entre -1795 y -1750), una de las más antiguas colecciones de leyes que se conservan y que alude a otras aun más antiguas, encontramos disposiciones que conforman lo que los estudiosos llaman el "derecho de familia sumerio". Un derecho de familia antiquísimo que, de modo análogo al derecho romano arcaico, tiende a consagrar un fuerte sistema patriarcal. Y todavía es menos intenso que aquel, puesto que ante la muerte del patriarca su viuda ocupaba la función del finado al frente de la familia, para que de manera posterior y sucesiva fueran los hijos, en virtud del mayorazgo, quienes le sucedieran; cosa que no ocurría entre los romanos.


(Jurista romano, nacido en la segunda década del siglo II y muerto después del año 178, la principal obra de Gayo (su nombre propio es lo único que se sabe de él, dudándose incluso de su existencia real), 'Instituta', Instituciones, ha permitido un conocimiento muy completo del Derecho romano clásico, aunque se refería sólo a aspectos del Derecho privado. Estaba dividido en cuatro libros, de los cuales el primero se refería a los principios generales del Derecho; el segundo al Derecho de las personas; el tercero hacía mención al Derecho de las cosas; y el cuarto al Derecho de las acciones. Esta división se alejaba de la seguida por el resto de los juristas durante la época de los Severos, aunque fue la que tomaron las obras de época justiniana y medieval).

Ocurre que en las épocas en que nos alimentábamos de la huidiza caza desconocíamos el papel del macho en la procreación, y se suponía, por suponer algo, que las hembras eran fecundadas por los vientos y las aguas; la palabra 'pater', padre, tenía entonces el sentido de protector o defensor de la tribu aunque subordinado siempre a las diosas lunares femeninas, representadas terrenalmente por las sacerdotisas.
Sólo con la domesticación de los ganados se pudo observar detenidamente el proceso procreador animal y sacar conclusiones comparativas. Y no se encontró mejor solución para denominar al recién descubierto procreador humano que continuar asignándole el antiguo tratamiento; padre pasó así de ser genérico a ser biológico. Es ese el motivo por el que no se encuentran representaciones de ningún padre paternal. Siempre está comiéndose a sus hijos (es decir, evitando la competencia de otros machos) o lanzándoles rayos y truenos y burradas afines...: un perfil psicológico oscilante entre Dark Vader y Homer Simpson, por dibujarlo en mitológico moderno. Donde más nos acercamos a una figura paternalista es en la escultura de Laocoonte defendiendo a sus hijos de la serpiente, referente de la guerra de Troya, es decir, el padre en su anterior papel protector.

Se desprende de lo dicho que el sentido de la palabra y de la profesión de padre es bastante moderno (relativamente, claro), con una antigüedad inferior a los doce mil años, tirando por lo alto. La palabra madre, en cambio, es de origen incalculablemente remoto, tanto que deriva, simultaneamente con la palabra materia, del ario 'ma', del cual pasa al sánscrito 'maya' con el significado de "medir o construir": madre, materia y madera tienen el mismo origen inmemorial: la Tierra es la Madre Tierra.

'Filius', hijo, es una palabra engañosamente sencilla y directa, pues en su etimología confluyen, tanto un frío sustantivo ('filum', hilo) utilizado en la clasificación técnica de las especies vivas , como un tibio verbo de gratas resonancias infantiles (pero también muy adultas), 'felare', mamar (filogénesis llaman a esa materia de la clasificación de las especies, ¿recuerdan el espacio dedicado al lino, origen etimológico de linaje, en la anterior entrada?). El ansia de un hijo es el anhelo irracional que mantiene la vida en la Tierra hasta llevarla al borde de su destrucción, además de ser la principal fuente  de esperanzas y frustraciones humanas, proclamadas o ahogadas, pero entrelazadas sin remedio: es un anhelo que está en la misma esencia de la naturaleza animal.
Es por ello que solamente conocemos un término para "hijo, hija" y otro para designar a los descendientes directos de una pareja: "hermano, hermana"; pero hemos de llamar la atención sobre un detalle fundamental: si bien hijo/hija responde hoy como ayer a un único y equivalente 'filius/filia', en la Antigüedad nuestro hermano/hermana se escindía inmediatamente ya en 'frater' y en 'soror', dos denominaciones radicalmente extrañas entre sí en su evocación de mundos diferentes y separados. 'Frater' será el referente de la fraternidad y la camaradería masculinas: el hoy genéricamente indiferenciado amor fraternal o fraterno de la coral de la Novena beethoveniana deviene de un mundo extrovertido y beligerante de hombres y para hombres; en 'soror' sor y hermana en cambio atisbamos el universo inadjetivable inextensible y en penumbra silenciosa y reservada del gineceo y el claustro.
En cuanto a los demás miembros colaterales o superiores o inferiores, genealógicamente hablando, ahora veremos cómo adquieren unas denominaciones características, "primos,  sobrinos, nietos" en diferente grado, con una nomenclatura casi nunca autónoma sino generalmente referida a la "hermana"; y cómo además han ido sufriendo diversas variaciones con la paulatina transformación de la sociedad, al pasar de gentilicia o grupal a familiar estrictamente sanguínea.


Y es que resulta que los romanos, a pesar de dividirse según grupos consanguíneos similares a los nuestros, aunque encuadrados en clanes patriarcales, conservaban todavía la antigua cultura de la gens pero con una diferenciación algo caótica a consecuencia del progresivo perfil predominante que iba adquiriendo la célula consanguínea dentro de la sociedad gentilicia. (creo que el estupendo grupo Vía Augusta de la imagen nos recrea el ambiente en las gens bien avenidas)
Tuvieron así que buscar nombres nuevos sobre la marcha, especificando entre todos los 'fratres' de la familia quiénes eran los 'fratres germani' ('germani', genitivo de 'germanus', "del mismo germen o semilla") , es decir quiénes eran los "hermanos de padre y madre", los "hermanos genuinos", para diferenciarlos de los 'consobrinus primus' o primos primeros o carnales, que decimos ahora. Y es que antes heredaba toda la tribu cuando alguien moría, pero ahora se acabó el cuento, que somos muchos.
Porque 'consobrinus' es como se decía entonces a los primos hermanos; pero como luego también empezaron a llamarse así toda la secuencia de primos, se distinguió a los primos hermanos como 'consobrinus primus', primus para abreviar, llamándose sobrinossobrinus, a los primos más lejanos.

Y 'sobrinus' deriva de 'sororinus', "por parte de hermana", adjetivación de 'soror', hermana, lo que quiere decir que, de acuerdo con la primitiva matrilinealidad, la familia tenía como referencia a las madres y a las hermanas de las madres, al desconocerse aún los detonantes de la biología sexual; es por ello que se acuñara 'con-sobrinus', a fin de hacer referentes a los hombres una vez comprendida la paternidad y asentada la patrilinealidad; y no existían equivalencias para tío/tía, como veremos enseguida, pues hubieran supuesto un referente autoritario que el paterfamilias no podía consentir ni de nombre. 
Y si 'sobrinus' es como se llamaba a los primos, 'neptis', en latín vulgar 'nepta', nieta, es como se llamaba a las sobrinas y también a las nietas, indistintamente; 'neptis' deriva de 'nepos, nepotis', sobrino o nieto. No insistiremos en recalcar el barullo de parentela que se traían nuestros románicos abuelos. Nepotismo significó allá por la Edad Media y el Renacimiento "preferencia con que los dignatarios eclesiásticos favorecían a sus sobrinos". Cosas de antes; ya se sabe que ahora eso no ocurre, ni en la Iglesia ni en el Estado ni en ningún sitio.

Para acabar de enredar la madeja digamos que cuñado deriva de 'cognatus', que significa... "pariente consanguíneo" ('natus', nacido, 'con-', juntamente); en principio tenía ese sentido de pariente en general, y poquito a poco, cuando se clarificaron los demás terminos familiares, pudo concretarse como pariente político. Las malas lenguas etimológicas dicen que cuñado viene de cuña ¿o era cuñada?
El cuñado se desenvolvía en el mismo limbo familiar que el yerno, otro nudo en la madeja; es por ello que 'gener', su raíz, tenía similar sentido engañoso de "de la misma gens" que hemos visto en cuñado (generoso, igual que gener o gens, deriva de 'genus, generis' y significa "de buen género, de buena familia, de buena crianza", como los vinos caros).
Suegra en español aparece antes que suegro (quizá también porque de siempre la suegra es mucho más suegra que el suegro suegro, ustedes me entienden) y algo después de la aparición del tio, que veremos en un momento; es decir, adquiere su sentido familiar actual en pleno s.XII, pero se hace rescatando de las profundidades clásicas un término romano que ilumina el estilo y naturaleza de las relaciones entre familias (tanto de las romanas como de las medievales o renacentistas), pues viene de 'socer', un vetusto derivado de 'socius' que significa algo así como asociado o aliado, y que en la primitiva Roma era masculino o plural pero nunca femenino.

Con ir re-etiquetando a cada componente consanguíneo según su grado de proximidad al paterfamilias se buscaba diferenciar, a trancas y barrancas, la familia de la parentela, y con ello distinguir la familiaridad del parentesco (de 'parentes', "padre y madre", y éste de 'parere', parir, engendrar, y también producir, proporcionar). Para los romanos 'germanus' tenía ambos significados: "que es de la misma raza" ―como derivado que es de germen―, y también "auténtico, verdadero", adjetivo aplicable a cualquier cosa (por ejemplo, 'germanus asinus' significa "un verdadero asno"). Para nosotros en cambio es un rompecabezas, pues frater y germanus nos resultan sinónimos, y desconocemos otro significado para germanus que el de germano de Germania.
Una puntualización pertinente: el 'germanus' que les fue aplicado por los romanos a los germanos, uno de sus pueblos invadidos/invasores, era sólo la adaptación fonética, quizá irónica, del verdadero nombre que estas tribus se daban a sí mismas: 'wher-mann', hombre que se defiende, o, 'heer-mann', guerrero, o, 'gair-mann', hombre de la lanza. Decimos lo de la ironía porque se aplicaba a los bárbaros en general el germanismo 'wallah', extranjero, en variantes que acabaron denominando a galos, valones, galitzios, galindos, o a Wales, el país de Gales.




Pero donde resulta quizá más patente su concepto de familia es el término empleado para denominar a ese conjunto de "hermanos genuinos" del que acabamos de hablar. Ese grupo de hijos directos de un matrimonio, mejor dicho, de un 'pater-familias', de un padre, único titular de la familia, era designado como 'liberi', es decir, "los libres", los libres de la familia. Cualquier otro niño nacido era designado simplemente como 'natus' o 'nata', "un nacido" o "una nacida". De lo que se deduce que el resto también eran familiares aunque no fuesen libres, sino esclavos o libertos.
De igual manera, y discretamente englobados en la masa familiar como acabamos de apuntar, los tíos eran llamados 'patruus' ―algo parecido a "padrino"― si eran hermanos del padre, o 'avunculus' si lo eran de la madre; dándose la circunstancia que este término ―que es el diminutivo de 'avus', abuelo― también servía para designar a los antepasados en general. Esta indiferenciación, por no decir indiferencia, en la "etiquetación" consanguínea es una prueba etimológica más de la existencia precedente de las familias grupales mencionadas. Así como la justificación de un desapego afectivo que a nosotros, pertenecientes a otra época y a otra sociedad más humana ―en todos los sentidos de esta palabra que acabamos de despellejar―, nos resulta bastante difícil de concebir. O a lo mejor no.

Los romanos no añadieron a su vocabulario tío/tía como parentesco, 'thius/thia', hasta el s.V, en plena marea post-imperial, en sustitución, por fin, clarificadora de los antiguos y ambiguos términos, pero sobre todo como muestra y símbolo de la desaparición de la gens patriarcal, base del Imperio. Así pues, resulta que la filosofía o el talante de nuestros tío, tía, que aparece hacia el 900, dentro ya de la familia plenamente feudal y nobiliaria, no viene de los romanos sino de los más lejanos griegos, que lo designaban como 'theios' ―relacionado íntimamente con 'theos', dios― y que también tenía, como precedente del 'avunculus', el "abuelillo" romano, un aspecto de ascendiente o predecesor con el mismo matiz sagrado o de veneración que daban los romanos a sus antepasados ―de ahí el venerable aplicado a los ancianos―, los cuales constituían sus dioses 'lares' ―de 'lar', hogar, lar― y para los que cada domicilio tenía su altar, costumbre proveniente de la época en la que se enterraba a los muertos dentro de las casas. Naturalmente, y por mucho que se diga para que la juventud no sea tan burra, los más mayores de antes no siempre eran tan tan venerados. Al fin y al cabo la edad no aporta sabiduría necesariamente. Y en el latín vulgar se usaba el término 'nonnus' para llamar viejo chocho a un venerable anciano, a sus espaldas normalmente. De ahí procede nuestro adjetivo ñoño, que hoy no es patrimonio exclusivo de la vejez, por cierto.

De esa identificación entre gente mayor y predecesores en general proviene la costumbre, sobre todo en el ambiente rural, ya en desuso como señal de "mal gusto", de designar a la gente mayor como el tío, el tío Fulano o la tía Mengana y que parece corresponde al 'thius' que también usaban indiscriminadamente los romanos postreros en una especie de revancha gentilicia. Y de donde ha quedado el otro tío, "individuo", que hoy se usa, lo mismo en sentido despectivo ("vi un tío de lo más raro") que admirativo (''estás hecho un tío"). Mención aparte merece el simultáneamente despectivo-admirativo y machista-leninista "tía buena", así como el tiovivo, que casi en el s.XX aludirá a la viveza del tío al que se le ocurrió la idea del pingüe chiringuito.
También fulano (del árabe 'fulân', tal) y mengano (del árabe 'man kân', quien sea) son pervivencias de ese fenómeno inmemorial llamado mote del que luego trataremos; perengano sería una adaptación de perencejo a la terminación 'ano' para darle el mismo valor (el valor de mengano, no el valor de ano), correspondiendo perencejo a una pronunciación descuidada de Pero Vencejo, alusión despectiva a la humilde gente labradora (Pero es Pedro, y vencejo llamaban a la cuerda enlazada con que los Peros sujetaban los haces de mies); el 'zut' de zutano parece, en cambio, ser un sustitutivo del desconsiderado siseo o chisteo (el molesto ¡sst!) usado para importunar, digo, para llamar a un desconocido de quien se ignora el nombre.

Pero aunque "la familia es la herencia", como decía el jurisconsulto Gayo, ello no significa, por supuesto, que los sentimientos personales no se dieran en estas formaciones sociales, tribu y gens. De hecho, los lazos afectivos fueron los hilos de la red "civilizante" (perdón), más que civilizadora, que lubricó, sentó y asentó definitivamente lo que hasta entonces sólo había sido una federación de formaciones tribales trashumantes en constante y normal pie de guerra. Pero el origen y razón del término familia fue la designación del conjunto de seres propiedad de una persona... transmisibles en herencia o venta mediante el mismo tipo de contrato que para cualquiera de las posesiones y pertenencias del patricio en cuestión. El amor, como aleccionan en las novelas los padres a los vástagos reacios a un matrimonio sustancioso, vendría después, con el trato. (Hay que ver, qué cosas pasan en las novelas).


Nota final al estilo colegial: Fratres es el plural de 'frater' que, como se sabe por sus compuestos (fraternal fraternidad o fraternizar... o fratricidio o fraile), se traduce por "hermano". Pero Germani es el plural de 'germanus', auténtico o "del mismo germen", que es de donde procede directamente nuestro hermano.
Es decir, de 'germen' deriva germen como "yema de planta". Sin embargo, la yema de huevo deriva de 'gemma', "botón de vegetal" y "piedra preciosa".
Fray (de 'frater') y sor (de 'soror', hermana) se conservan como tratamientos en las órdenes monásticas gracias a esa tendencia irrefrenable que tienen todas las religiones, también las clásicas, a apergaminar o amojamar incluso sus signos más externos al atornillarse en sus épocas fundacionales, evitándose así los desequilibrios e inseguridades que suponen el afrontar la evolución inherente a todas las "cosas de este mundo". 




4. Del cabeza de familia
Sin embargo, era inevitable que a lo largo del desarrollo del Imperio la familia fuera adquiriendo y ampliando su connotación afectuosa. El pater-familias fue refiriéndose a su familia con unos términos cada vez más entrañables. Fámulos y familiares, domésticos y domesticados, llegaban a sentirse, en sus momentos más líricos y tiernos, como de la familia… pero, con todo el paternalismo, más les valía no perder nunca de vista quién era el propietario el dueño y el señor: únicamente él era libre para vender ―y aún para matar― a sus hijos y para repudiar, sin mediar justificación ni trámite previo, a su mujer. Como dice Serguei Kovalioff en su Historia de Roma:
«Los esclavos nacidos y criados en casa eran muy apreciados, pues se les consideraba más fieles. Los esclavistas recurrieron incluso a la crianza especial de esclavos, uno de cuyos objetivos era el de su instrucción, el logro de una mano de obra cualificada. Catón —también, Craso— se ocupaba personalmente de la instrucción de los pequeños, vendiéndolos luego con mayores ganancias». También el buenazo de Columela se ocupa atentamente del modo en que se puede incentivar la laboriosidad de los familiares:
«...Con los esclavos que se dedican a los trabajos agrícolas, que se distinguen por su buena conducta, converso con mayor frecuencia y más confidencialmente que con aquellos que se designan al servicio del personal; viendo que el trato familiar por parte del amo les hace soportar mejor el constante trabajo, a veces bromeo con ellos, y permito incluso bromas de su parte. A veces llego incluso a pedirles consejo, como si fueran más expertos en los nuevos trabajos, y de ese modo logro conocer el carácter de cada uno y su grado de inteligencia...»

Toda una filosofía que hoy forma parte de nuestras 'Relaciones laborales' (antes, Departamento de Personal)... aunque ahora me cuentan que tampoco se llama así ya. Qué listos.



Aparte: ¿hemos reparado en que domesticar deriva de doméstico? Qué iluminador y siniestro derivado le ha salido a un término tan inocentemente hogareño. Por interpolar comparativamente, veamos cómo se percibía en el s.XVII el ámbito doméstico:
«DOMÉSTICO. Todo lo que se cría en casa, y por esta razón es manso y apacible, más de lo que se cría en el campo; y no sólo al animal llamamos doméstico, mas aún al que está obediente al padre o al señor». (Sebastián de Covarrubias: Tesoro de la Lengua Española, 1611)

Es posible que ahora captemos mejor la ironía desplegada en el siguiente epigrama de nuestro asiduo caballero hispano-romano de Calatayud, Marcial:
«Quirinal no se cree en la obligación de casarse, y aunque desea tener hijos ha sabido resolver la dificultad. Hace trabajar a sus siervas y llena así su casa de pequeños esclavos-caballeros. Quirinal es un verdadero paterfamilias.» (Libro I, nº 85)





(¿Y qué me dicen de esta pequeña maravilla, mezcla de ternura y reproche?: un esclavo infantil sesteando a la espera del amo)




Como hemos dicho, el término familia comienza a tener vida propia y a tomar su sanguínea y cerrada acepción actual a lo largo de la Edad Media, cuando los campesinos de los feudos y los villanos de las villas empiezan a escapar de las turbulencias serviles de sus patronos señoriales y se refugian en las necesidades serviciales que requirieron las recién nacidas nacientes ciudades o burgos, recintos amurallados con centro en la catedral, creados por los reyes en asociación con los obispos con el fin de ponerle puertas al campo por donde campaban a sus anchas los citados turbulentos. 
Y es dentro de la protección de las murallas burguesas cuando aparece, con fines de control administrativo ―es decir, con vistas al fisco y demás cargas serviles―, el cabeza de familia, el representante de la unidad familiar; la palabra familia empieza así a adquirir su carácter autónomo al hacer referencia al conjunto de individuos que la componen, independientemente de un dueño o señor que la posea. Muy importante al respecto es advertir cómo al padre biológico se le denomina "cabeza'' de la familia, mientras que al dueño legal de esa familia completa, cabeza incluida, se le denominaba pater, es decir, integrante de la patria.

«Doméstico, h. 1440. Tom. del lat. domestǐcus "de la casa, doméstico", deriv. de domus "casa". Deriv.- Domesticidad. Domesticar, 1570 (quizá 1386); domesticación. De otros derivados de domus: Domicilio, 1490. lat. domicilium íd.; domiciliario, domiciliar.
Burgo, 1087, arrabal, barrio. Tom. del b. lat. 'burgus', y éste del germ. común 'bǔrgs' ciudad pequeña, fuerte. Derivados.- Burgués, fin s.XIII, forma readaptada a burgo, en lugar de las antiguas burgés, h. 1140, y burzés, s.XI, que se tomaron del derivado b. lat. 'burgensis'. Burguesía, 1646. (Cpt, Burgomaestre, 1548; adaptación del alem. burgmeister íd.)» (Joan Corominas, Diccionario etimológico de la Lengua Castellana, inapreciable fuente etimológica de todo este blog)




Echemos un vistazo comparativo a nuestro amigo Covarrubias (y obsérvese con atención el ejemplo con que cierra el punto):
«FAMILIA. En común sinificación vale la gente que un señor sustenta dentro de su casa, dedonde tomó el nombre de padre de familias; díxose del nombre latino 'familia' y se entendía de solos los siervos, trayendo origen de la dicción osca 'famel', que cerca de los oscos sinificava siervo. Pero ya no sólo debaxo deste nombre se comprehenden los hijos, pero también los padres y abuelos y los demás ascendientes del linage, y dezimos la familia de los Césares, de los Scipiones; ni más ni menos a los vivos, que son de la mesma casa y decendencia, que por otro nombre dezimos parentela. Y debaxo desta palabra familia se entiende el señor y su muger, y los demás que tiene de su mando, como hijos, criados, esclavos; ley 6, tít. 33 part. 7. Y hazen familia tres personas governadas por el señor, etc.»


Pero, ¿de dónde viene que sea precisamente el término cabeza de familia el elegido para designar al supuestamente emancipado jefe de la familia? Veamos. Nueva mirada a la época de irresistible descenso del Imperio. Con el emperador Diocleciano ―que reinó un siglo después de Marco Aurelio, farolillo rojo de la Pax Romana― la evolución hacia un tipo de monarquía militar alcanzaba su cenit.
Naturalmente, se necesitaban medios inmensos y seguros para mantener eficiente la gigantesca máquina militar, y, naturalmente, se instrumentalizó la característica reforma fiscal para procurárselos. A este fin todo el territorio del Imperio se dividió en parcelas de igual valor imponible. Eran las 'iuga' ("yugos'' o yugadas fiscales, plural de 'iugum', yugo) y las 'capita' (cabezas, plural de 'caput'), según que la referencia fuera la unidad de tierra —un 'iugum' sería la superficie necesaria para el mantenimiento de una familia— o la cantidad de mano de obra necesaria para cultivarla: ya sabemos, una ''familia" como grupo laboral en la primitiva acepción de labrar.

El empadronamiento estaba organizado de forma que cada yugación o cada capitación ―cuyo valor variaba según la clase de suelo, la calidad del cultivo y la localización― había de proporcionar al ejército un soldado o su equivalente en metálico o especie.
El 'iugum' es unidad fiscal distinta del 'iugerum', medida agraria de superficie, de 240x120 pies cuadrados, unas 25 áreas, y que venía a representar la tierra labrada en un día con una yunta de bueyes. Deriva del griego del mismo significado 'zeugos' y sirve de denominación para la clase inferior de ciudadanía ateniense: los zeugitas (labradores capaces de costearse el armamento de un hoplita o ciudadano-soldado).



Bien, pues este es el origen y sentido del encabezamiento familiar. Pero también del término cónyuge, el cual no tiene el significado lírico-dramático de "compartir yugo'', sino el pragmático-fiscal de "compartir yugada''. Y también el de consorte: carece del poético sentido de "compartir la suerte", pues tiene el más rústico de ''compartir lote de labrantío'', porque el latinajo 'sors, sortis' tiene ambos significados, además de otros más relacionados entre sí de alguna forma, como sorteo sortija sortilegio o consorcio. Hay que tener en cuenta que en el Derecho romano el matrimonio sólo existía para los libres, es decir, para los ciudadanos romanos, y las relaciones entre no libres tenían sólo el carácter de concubinato, aun en el supuesto de su legalidad y de regirse por formalismos propios.

La utilización-manipulación del actual término ''familia real" o ''familia noble" suele tratarse de un eufemismo con tintes retóricos y fines más o menos políticos, como acercamiento al receloso pueblo por parte de las monarquías parlamentarias modernas. Los nobles nunca han presumido de tener familias, sino estirpes (inspiradas en el latín 'stirps', ''base troncal del árbol''), linajes o simple y llanamente sangre. A no ser, claro está, que Familia Real se entienda al modo romano, abarcando a todo el personal ―civil, religioso y militar― y palacios y fincas y vehículos a su servicio. Porque la familia ha sido tradicionalmente una cosa de pobres: normalmente su único refugio.
Y es sabido que los pobres no tienen sangre. Las familias pueden ser humildes ricas o de clase media, buenas familias o familias de medio pelo. Los linajes no, los linajes (tejemaneje de 'línea', que, a su vez deriva de 'lino', por el aquel de lo de fino de su hilo) tienen más o menos, menos o más, prosapia, alcurnia o abolengo. Nada que ver. De hecho el término oficial correcto es el de Casa Real en el mismo orden de cosas que era el faraón para el pueblo egipcio, para quien ni siquiera respondía a una personificación precisa, pues faraón significa "Gran Casa'' ―algo así como la democrática Casa Blanca, la mencionada y parlamentaria Casa Real o la menos dicharachera y más obsoleta Sublime Puerta turca―, en la que moraba el dios bajo cuyas órdenes estaban el dios Sol y el dios del Nilo.




«Habló Jehová á Moisés en el desierto de Sinaí, en el tabernáculo del testimonio, en el primero del mes segundo, en el segundo año de su salida de la tierra de Egipto, diciendo: Tomad el encabezamiento de toda la congregación de los hjos de Israel por sus familias, por las casas de sus padres, con la cuenta de los nombres, todos los varones por sus cabezas: De veinte años arriba, todos los que pueden salir á la guerra en Israel, los contaréis tú y Aarón por sus cuadrillas. Y estará con vosotros un varón de cada tribu, cada uno cabeza de la casa de sus padres...» (Números, 1-1)





5. También es Cosa Nostra
No podemos salir de este entorno histórico de la transición entre Roma y el Medioevo sin incluir una reseña acerca de la aparición de la mafia ―que antes se nos escabulló de rositas― y la de su jefe o capo con el nombre de padrino, otro derivado protector de aquel padre del que asimismo surge la patria ―"tierra de los padres''― como territorio bajo la ''protección'' de los padres-patrones romanos (proteger, de 'pro', para, y 'tego', cubrir, ―de ahí, 'tectum', techo; y 'tegula', tejadito, es decir, teja―). De hecho, también en el término mafia se rastrea la borrascosa genealogía de la ''familia'', pues aquella deriva del toscano 'maffia': pobreza, miseria, es decir, el ambiente natural de la sumisión.

Con la disolución de Roma, cuando los pequeños labradores no querían dejarse absorber por los grandes, la alternativa consistía en colocarse bajo la protección de algún personaje poderoso, a menudo un jefe militar, que les defendiese contra los odiosos recaudadores del fisco. Estamos hablando del apadrinamiento o patrocinio.

La primera indicación del 'patrocinium' apareció en 360. A partir de un decreto imperial de 399 puede afirmarse que el acogerse a la protección de un patrón poderoso para no pagar impuestos se había convertido en la regla general. El padrino estaba llamado a considerar a estos campesinos como hombres propios suyos; usurpaba además el derecho de jurisdicción y estaba autorizado por Valentiniano para castigar personalmente al campesino que se escapara. En 370 se decretó el castigo corporal para el campesino escapado que se colocara bajo la protección de una persona influyente, y para el padrino una multa de 25 libras de oro, además de la mitad de la cantidad que hubiese percibido por la concesión del 'patrocinium'. Las cosas llegaron en este respecto hasta tal punto que, en 388, Teodosio tuvo que intervenir para prohibir las prisiones privadas.

Un decreto de Honorio prohibía en 415 a los grandes terratenientes dar asilo a los 'convicani' fugitivos, los pequeños campesinos de los 'vici'. Sin embargo, el Estado trató en vano de combatir la nueva institución, que interfería con algunas de sus prerrogativas fundamentales. ('Vici' es plural de 'vicus', "unidad social inmediatamente superior a la familia''; podía ser, por tanto, de acuerdo al medio considerado, una manzana de un barrio populoso, o un barrio residencial, o una granja, una aldea, un poblado, etc. De 'vici' deriva vecino y sus ramificaciones. En este caso concreto, 'convicani' es origen de convecinos: 'con-vicani', donde 'vicani' es plural de 'vicinus', "habitante de un vicus'').

El decreto de Honorio dictaba nuevas medidas represivas: prohibía el establecimiento de nuevos padrinazgos en el futuro y ordenaba, respecto de los ya existentes, el pago de los atrasos de impuestos abonados por los protegidos. Pero el mismo decreto establecía que los campesinos protegidos, junto con sus tierras, fueran asignados como siervos a los patronos.
Evidentemente, de aquellos polvos, aquestos lodos.

«"Dentro de la mafia no está previsto el enamoramiento. Es desestabilizador y está prohibido. Peor aún: el amor viene interpretado como una suerte de traición a la familia mafiosa". El mafioso es un fundamentalista, un arquetipo antisocial que reniega de los valores ajenos y que atribuye a los propios un espíritu honorable, omnipotente, justo y necesario. Necesario para mantener la cohesión de la familia y para eludir los sentimentalismos. Porque el mafioso no puede enamorarse ni dejarse llevar por las pasiones. Necesita rectitud, equilibrio, puntos de referencia estables, concentración en la misión asignada.
Unos y otros matices pueden leerse entre las páginas de La psique mafiosa, ensayo que han llevado a cabo los profesores Gianluca Lo Coco y Girolamo Lo Verso». (Rubén Amon. El Mundo/ Ciencia,18-noviembre-2003)




6. Apellidos familiares
El término apellido se empleó en los estados cristianos de la Reconquista para designar a todo pregón o llamamiento en orden a congregar a los vecinos de un lugar, generalmente con fines defensivos. En los fueros de cada localidad se solía especificar la forma de llevarlo a cabo y las sanciones correspondientes en caso de incumplimiento. El ejército reclutado en tales circunstancias y la campaña emprendida recibieron, a su vez, el nombre de "apellido''. Es decir, que el apellido tiene su origen en la convocatoria, citación o llamamiento a la guerra. 'Appellitare', "apellidar'' significa ''llamar repetidamente''; la hueste reunida por este llamamiento eran los "apellidados''; y ''apellido'' era la seña que se daba a los soldados para que se aprestasen a tomar las armas antes del s.X.




El apellido familiar, que hoy es parte de nuestra identidad como personas y de nuestra caracterización como ciudadanos del mundo, y que nos parece una forma lógica y racional de identificación social, no se generalizó ―y sólo el primer apellido― hasta principios de la Edad Media y tuvo distintos orígenes. En sentido especial de "denominación de origen de una familia" no se encuentra hasta el s.XV, empleándose todavía en el s.XVII con el sentido de "nombre cualquiera", o más entonadamente, ''cualesquiera".


La puntillosa identificación personal romana, de la que trataremos en el punto siguiente, estaba motivada por el desmesurado auge adquirido por Roma y la burocratización que aquello supuso… y por los privilegios disfrutados por sus ciudadanos, unos privilegios que tenían que estar justificados por la antigüedad de la familia, es decir por la fama y autenticidad de las familias de los padres fundadores (patria deriva de padre, y no a la inversa).
Aunque se parece bastante al sistema actual, fue un método excepcional y único que se perdió con la barbarización, al esfumarse con ella el motivo de su aparición: la desmesura del Estado-ciudad y los privilegios de la ciudadanía con su transmisión hereditaria.
El que ni siquiera Grecia conociese algo parecido (cada ciudadano gozaba de un apelativo personal único y diferente e intransferible), a pesar de que la ciudadanía de sus polis gozaba de privilegios similares a la romana, se debía al tamaño "humano" de sus ciudades: en las polis todo el mundo tenía memorizada la historia familiar de todo el mundo… como sigue pasando hoy en nuestros pueblos. Como dice el maestro Graves: «El centro de la vida griega —incluso en Esparta, donde la familia estaba subordinada al Estado— era el hogar doméstico, considerado también como altar de los sacrificios. Hestia, como su diosa, representaba la seguridad y la felicidad personales y el sagrado deber de la hospitalidad». (Robert Graves: Los mitos griegos)


De hecho, por muy poco Roma no llegó a inventar el DNI o Documento Nacional de Identidad propiamente dicho, le faltó en canto de un sestercio, y hubiera llegado a ello de no ser porque la burbuja imperialista le explotó en la cara justo a tiempo. Estamos hablando de la tésera: «(Del lat. 'tessera', y éste del gr. 'tžssera', neutro de 'tžsserej' cuatro). En la antigua Roma, pieza lisa o en forma de dado que se usaba como contraseña, distinción honorífica o prenda de un pacto, según lo especificado en las inscripciones grabadas en ella… ».
Aunque su nombre corresponde al de una pieza cuadrada o cúbica, podía tener las formas más diversas. Fue usada por la mayoría de los pueblos antiguos como contraseña, distinción honorífica, justificante de derechos reconocidos, prenda de un pacto ―como compraventas o repartos de tierras― o sello de amistad, pero en Roma adquirió una importancia y extensión acordes con las del Imperio. Por ejemplo, y como suele ocurrir con cualquier buena idea, tuvieron una importante función en el ámbito militar, llevando órdenes o contraseñas. Incluso había un oficial encargado de las téseras, el tesserarius, quien aparte de responsabilizarse de se control, también era especialista en la estrategia de manipularlas para engañar y confundir al enemigo.

De acuerdo a su función recibía diferentes nombres, la tessera «: la de hospitalidad ('tessera hospitalis') creaba un lazo de obligación hospitalaria entre dos individuos; la militar ('tessera militaris') venía a ser como una cédula de identidad del soldado que la poseía; la frumentaria ('tessera frumentaria') daba a su poseedor el derecho a recibir la donación gratuita de trigo que en ella se indicase; la teatral ('tessera theatralis') era una invitación para los espectáculos escénicos; la del gladiador ('tessera gladiatoría') era la que llevaba éste colgada a guisa de chapa de identificación; y la del convidado ('tessera convivalís') significaba la invitación a un banquete» (Dicc. Universal Salvat)

Únicamente hacia el siglo XII, y sólo para la nobleza, aparecen el nombre propio más la preposición de y un nombre de lugar para identificar a sus miembros (noble, es decir, notable, significa "que se nace notar", es lo que debe querer decir la Biblia cuando en el Génesis, aludiendo a titanes y demás, afirma que en la antigüedad hubo gigantes, "varones de nombre"); este método, no obstante, seguirá vigente hasta más allá del Medievo y pasará a constituirse en un apellido propiamente dicho.
«Había gigantes en la tierra en aquellos días, y también después que entraron los hijos de Dios a las hijas de los hombres y les engendraron hijos: éstos fueron los valientes que desde la antigüedad fueron varones de nombre» (Génesis, 6-4)

Entre los señores feudales y nobles guerreros el apellido derivó a menudo del nombre de la población que habían conquistado o que poseían en señorío. Entre los miembros de las otras clases sociales derivaban del oficio que ejercían o del lugar donde nacieron; otros muchos derivan del nombre propio de padres o abuelos con alguna modificación o añadidura. No pocos apellidos trajeron su origen del mote o apodo impuesto por el inspirado donaire de sus convecinos, tomado, normalmente, de sus defectos corporales o de alguna gentileza por el estilo…

Como cabe deducir de lo expuesto, las clases populares no tenían un apellido muy definido, ni lo echaban en falta, ni nadie les obligaba a tenerlo. Por tratarse de una especie de particularidad de su persona, trabajo o lugar de nacimiento, se reducía a una especie de alias, variable para cada individuo de acuerdo a su azarosa circunstancia vital.
Al no poseer fortuna ni, fundamentalmente, tierras, el apellido, o la ausencia de él, no tuvo ninguna trascendencia social; en España, en concreto, hasta el siglo XVIII existía una enorme libertad al otorgar los apellidos familiares, lo que desembocaba de hecho en una situación tan común como confusa: en aquellos tiempos, dos o más hermanos rara vez coincidían en los apellidos… hasta que con la organización del Estado moderno, se hizo necesario y obligatorio el uso de dos apellidos ―salvo las excepciones conocidas para niños abandonados en centros benéficos― con vistas, como acabamos de decir, a la eficacia de los tres pilares del control social: tributación fiscal (tributo, contribución por tribu) alistamiento militar y localización policial (policía, control social de la polis).


No fueron nunca ésos los problemas de la aristocracia, de los hidalgos, ―palabra formada por la contracción de hijos de algo, síntesis sumamente descriptiva―, cuya interminable ristra de apellidos exigió de una especialidad profesional, la de genealogista, puesto que de cada rama de cada árbol genealógico (al efecto acabamos de ver el significado de estirpe) pendía el sabroso fruto del pergamino, en forma de título nobiliario y, por tanto, un jugoso certificado de propiedad de tierras y privilegios.
Digamos para terminar con tanto oropel, que alcurnia ha transmigrado del árabe 'kúnya' ―la gente del s.XV que sabía decirlo decía 'alcuña'―, y lo mismo significaba mote que apellido.

Antes de seguir, es muy interesante lo que nos dice Covarrubias al respecto, ya que, dentro del s.XVII, todavía el concepto del apellido era muy diferente al nuestro:
«APELLIDAR. Es aclamar tomando la voz del rey, como: Aquí del rey o Viva el rey; y entre las parcialidades, declarándose a vozes por una dellas. Díxose del verbo appello, appellas, que algunas vezes sinifica allegarse. Y assí los del apellido se juntan y llegan a su parcialidad. Y de aquí los nombres de las casas principales se llamavan apellidos, porque los demás se allegavan a ellas, y unos eran Oñez y otros Gamboa».



«Tú que apareciste como un dios, escucha lo que voy a decirte, para que puedas ser rey del país, gobernador de las Orillas, y conseguir un aumento de bienestar: Desconfía sobre todo de los subordinados: no son nada, no hay que hacer mucho caso de su respeto. No te acerques a ellos cuando estés solo. No te fíes de un hermano, no conozcas amigo, no te hagas íntimos, pues esto no trae ningún provecho. Cuando vayas a descansar, guarda tú mismo tu corazón, pues en el día de la desgracia nadie tiene partidarios» (Instrucción del faraón Amenemes para su hijo Sesostris)

7. Motes familiares

«Apelar.- h. 1300. Tom. del lat. 'appelare' "dirigir la palabra'', ''apelar'', ''llamar (a alguno)''. Deriv. Apellidar h. 1295, del lat. 'appellitare' "llamar repetidamente''; apellido, 942, en sentido especial ''nombre de familia'' no se encuentra hasta el s.XV». (J. Corominas: Breve Dicc. Etimológico)
Sin embargo, la costumbre del mote ―hoy repudiada por marginal y barriobajera― era muy apreciada por los romanos de clase alta, los cuales la heredaron de los griegos, para quienes no constituía, sin embargo, un capricho irreverente o chistoso sino la única forma de "apelarse" entre sí: entre los s.-V y -IV vivió en Atenas un tal Aristocles; debía ser un individuo bastante ancho y fornido, y muy conocido, porque todo el mundo (literalmente) le llamaba entonces, y le sigue llamando hoy, Platón (aumentativo de 'platýs', "ancho'': castizamente "el cachas'').
Y César era el apodo de Julio César: Pero 'cæsaries, -ei' significa "cabellos'', por lo que, propiamente para este uso, 'cæsar' equivale a "el pelos'' o "el melenas"; si nos detenemos en sus numerosas efigies, nos percataremos de la causa de tan castizo y moderno mote: su prematura calvicie que, al parecer, era una característica hereditaria, pues la familia de los Julios llevaban ese mote desde generaciones atrás.


Tan significativo como el caso de César ―y tan cercano a él, para su desgracia― es el caso de su amigo y protegido ―se murmuraba que era su hijo―, Bruto; Bruto, de 'brutus', "estúpido'', era el desinhibido cognomen de Marco Junio Bruto. De igual forma, Cicerón, de 'cicero-onis', que significa "garbanzo'', era el alias del filósofo y abogado Servio Tulio Cicerón, a causa de la forma de su escasa nariz, según unos, o de una vistosa verruga que adornaba su rostro, según otros. Así que tiene su gracia que el sueño máximo de todo gobernante o de todo abogado mundial sea el de ser recordados como un "pelos'' o un "garbanzo''. Algunos ejemplos ilustres: Augusto, o "alias el solemne''; Nasica o "nariz afilada''; Nasón o "el narizotas'' (Publio Ovidio Nasón); Flaco (despectivo de delgado, 'flaccus', Quinto Horacio Flaco); Metelo, "el meneítos''; Sesquiculo "tonto del culo'' (este era un mote extra malamente aceptado por su titular con mucha resignación, pero de esta campechana manera, seguramente para abreviar, en Roma todo el mundo se refería a Cayo Julio César Estrabón Vopisco ―tres cognomina oficiales tenía este buen pariente de César―: Estrabón significa "bizco'', y Vopisco, ''único superviviente de mellizos"). (Colleen McCullough: César. Tomado del Glosario.- cognomen).


Mote desciende vertiginosamente del latín 'muttum', gruñido, y parece que hace referencia al ininteligible sonido de los nombres de los extranjeros (el francés 'mot', palabra, no tiene tal sentido peyorativo). Apodo, en cambio, como se aprecia a primera vista, es más distinguido, y baja de una forma más chic del latino 'apputare', forma obsoleta de 'putare', podar, con lo que nos sugiere su sentido de acortar pragmáticamente, sin duda en beneficio de la memoria visual. No obstante en el punto siguiente aportaremos otro enfoque mucho más sugestivo.

Cierto que entre grandes nobles, reyes e incluso emperadores se ha dado el uso de apodos, pero eran casos excepcionales en los que servían para engrandecer su persona por encima incluso de sus poderosas familias: ahí tenemos al emperador Federico Barbarroja, o a Carlos el Calvo. (También están Fernando el Santo o Alfonso el Sabio, pero no creemos que sean casos comparables, sino más bien epítetos elogiosos debidos a ineludibles estómagos agradecidos).

Bien entrada ya la Edad Moderna el apodo seguía teniendo muy buena prensa:
«APODO. Es una comparación que hazemos con gracioso modo de una cosa a otra, por la semejança que entre sí tienen. Es nombre griego 'apódosis', reditio, porque retrae una cosa a otra. Bien es verdad que propiamente 'apodosis' es una figura de retórica galana, quando a una cláusula de diversos miembros le responde otra con otros tantos, acomodados a cada uno el suyo. Muy ordinaria cosa es muy normal y corriente cosa es; no nos equivoquemos pensando que dice todo lo contrario― dezir, quando un hombre se parece a otro: Fulano retrae mucho a fulano, id est, se le parece mucho; y el apodar es cosa de mucho ingenio y de gusto. Y en esto tuvo gracia particular el poeta Marcial, el qual burlándose con un amigo suyo que tenía el gesto estirado, como de hombre que tiene pujo le dice: Utere lactucis et mollibus utere maluis; Nam faciem durum, Phebe, cacantis habes». (Covarrubias)







8. Y Nombres personales

«El nombre de pila identifica a la persona y se convierte en compañero inseparable desde el bautismo y además se covierte en la primera garantía de salvación en las sociedades que subordinaban todo su quehacer a la vida eterna… Se creía firmemente que con la imposición del nombre en el sacramento del bautismo se establecía cierta relación feudal entre los bautizados y sus protectores sobrenaturales, obligando a éstos últimos a cuidar de sus vasallos…» (J. Manuel de Bernardo Ares, y otros: Recuperar la Historia. Recuperar la Memoria).
Naturalmente esta "relación feudal" es prolongación, y transmisión cultural, del patronazgo que los antiguos ciudadanos romanos ejercían sobre sus esclavos liberados, los llamados libertos. Al ser manumitido, el liberto permanecía en la clientela (he dicho por ahí arriba que la familia es el origen de la empresa?) de su antiguo amo, cuya condición (por ejemplo, la ciudadanía romana) y nombre (praenomen y nomen) adquiría. Del mismo modo le ligaban a él determinados derechos y obligaciones, y su antiguo amo se convertía en su patronus, patrono y también patrón ("tipo o modelo de algo que se toma como ejemplo", dice el diccionario en términos generales; hay que ver lo que hace el dinero); y patrona, que no matrona, se denominaba a la "galera inmediatamente inferior en dignidad a la capitana de una escuadra". Pero hablemos ya de una vez de la identificación oficial romana.

Para no disertar en abstracto-erudito sobre algo que se puede entender mucho mejor en el ejemplo concreto-campechano, digamos que, para no ir más lejos, la identificación completa de nada más y nada menos que Julio César era Cayo Julio César: Cayo ('prenomen' o nombre propio), Julio ('nomen' o designación de su tribu o gens) y César ('cognomen' o apodo con el que normalmente le "apelaba'', le llamaba, la gente). Así que si algún día alguien les aborda maleducadamente en plena calle micrófono en ristre (suele ser un entrevistador televisivo tocapelotas que ridiculiza a la gente simulando encuestarla, como si él supiera algo de algo) con la pregunta de "cuál era el nombre propio de Julio César, si Julio o si César", ya lo saben: la respuesta es Cayo. De nada.

Los romanos sólo ponían nombres, digamos, propios a los cuatro primeros hijos, unos nombres, por otra parte, de los que tampoco había mucha variedad donde elegir en el conjunto de la población. Hay que tener en cuenta que la escritura no era de uso generalizado ni mucho menos, y la memoria ya estaba sobrecargada en demasía como para quedarse con el nombre de unos churumbeles que no paran quietos por casa.
Así que en cuanto asomaba por la puerta del paritorio la naricilla del quinto hijo le llamaban simplemente Quinto, Quintus, "el quinto", Sexto al número seis, y así etcétera. Incluso existía el apelativo Numerio, Numerius, "el numeroso", cuando la prole se empezaba a salir del tiesto y decidíase cerrar el grifo. Solía ser el vástago undécimo pues no se recuerdan ordinales mayores a Décimo. Consecuencias de contar sólo con diez dedos.




Sin embargo, si bien este sistema funcionó primitivamente, el éxito en la vida de muchos de aquellos vástagos aritméticos confirió prestigio propio a tan almacenero estilo, llegando un momento en que los ordinales se convirtieron en ordinarios y corrientes. Así tenemos que Sextus Julio César, tío del Julio César de las películas, era el primero de sus cuatro hermanos. Incluso se impusieron nombres como Primus o Secundus, aunque no hemos podido localizar a ningún Tertius ni Cuartus en la guía telefónica del Capitolio.
Hay numerosos numerarios famosos: el poeta Quintus Horatius Flaccus, Sextus Pompeius Magnus ―hijo del gran Pompeyo― o el gramático Nonius Marcelus (sincopa de novenus), así como en el poeta satírico Juvenal, que en realidad se llamaba Decimus Junius Juvenalis, el inolvidable Octavio César Augusto, hijo adoptivo de Julio César, o el emperador Septimio Severo.

De paso: etcétera, es decir, etc., significa "y el resto", "y los restantes", por derivar del compuesto 'et-cetera', formado por 'et', y, mas, y 'cetera' plural de 'ceterus', restante. También el signo mas (+) propio de la suma o adición resulta ser una simplificación de la 't' de 'et'. Durante siglos se sumó escribiendo, por ejemplo, "3 et 4 et 5", así como "5 minus 4 minus 3", para la resta o sustracción antes de que la 'm' de 'minus' fuera aplastándose utilitariamente hasta covertirse en el signo menos (-).




En nuestra cultura la imposición del nombre se efectúa dentro de un ritual prolongación del prescrito en el hebraísmo. Bautismo deriva del griego 'baptízo', zambullir, y los judíos verdaderamente zambullían a los neófitos. Si será acuático el término, que anteriormente al s.XVII popularmente no se decía bautizar sino batear y bateo (J. Corominas). El bautismo cristiano, como tantos otros ritos, se desarrolla dentro de unas formas intermedias entre el bautismo judaico y la imposición de nombre romana, la cual se efectuaba a los ocho días del alumbramiento, si era varón, y los nueve si era niña; entonces, el paterfamilias esperaba muy tieso él delante del altar familiar a que le trajeran la criatura, que era depositada a sus pies; si se dignaba a recoger el bulto y ponerlo sobre el altar, el neonato era aceptado y le imponía un nombre; en caso negativo, el bulto era expuesto, es decir, se le sacaba a la basura, y a otra cosa, mariposa.
Con el práctico detalle del día de diferencia entre la presentación de niños y niñas el pater no tenía ni que molestarse en echar una ojeada al resultado del parto. Prácticos los romanos.
Lo cual no quiere decir que fueran la única cultura que exponía a los bebés no deseados; simplemente eran más burocráticamente "radicales" que los demás pueblos. La exposición a la intemperie el abandono o el descuido deliberado hasta la muerte han sido unas prácticas de control natalicio absolutamente generales de la humanidad a lo largo de los tiempos. Punto final por ahora.

«En las tribus de Australia central, todos los hombres, mujeres y niños, además de su nombre personal, que es de uso corriente, tienen otro nombre secreto o sagrado que les es conferido por los mayores poco después del nacimiento y que sólo conocen los miembros totalmente iniciados del grupo. Este secreto nace en gran parte de la creencia de que si algún enemigo conociera el nombre, podría de algún modo usarlo mágicamente en su detrimento…
Entre los baganla del Alto Congo, mientras un hombre está de pesca o volviendo de ella, su nombre queda en suspenso y nadie puede mencionarlo. Cualquiera que sea el nombre del pescador, será llamado mwele sin distinción. La razón es que el río está lleno de espíritus que si oyeran el verdadero nombre del pescador podrían obrar contra él para que no pescase más que algún pez o ninguno…
También existe una repugnancia parecida a mencionar los nombres de los muertos, la cual se refiere de pueblos tan distantes unos de otros como los samoyedos de Siberia y los todas de la India meridional; los mongoles de Tartaria y los tuaregs del Sahara; los ainos del Japón y los akamba y nandis del África oriental; los tinguianos de las Filipinas y los habitantes de las islas de Nicobar, de Borneo, de Madagascar y de Tasmania. En todos los casos, aunque no se exprese taxativamente, el motivo fundamental de esta omisión es probablemente el miedo a los espíritus…» (James G. Fraser: La rama dorada)

El poder mágico del nombre ha estado anclado, en realidad, en la remota prehistoria de todos nosotros. Y en la no tan remota historia también; cada egipcio, por ejemplo, recibía dos nombres, conocidos respectivamente como el nombre verdadero y el nombre "onomástico" (del griego 'ónoma', equivalente del latino 'nomen', origen de nombre), o el nombre grande y el pequeño; mientras el "onomástico" o pequeño era público, el verdadero o grande parece que se ocultaba cuidadosamente.
Así que es altamente posible que estos terrores mágicos estén en la raíz de la existencia y en la persistencia de los apodos, pues los romanos eran bastante religiosos, perdón, supersticiosos quiero decir. En la mayoría de las culturas primitivas, actuales o pasadas, cuando se juzga necesario mantener secreto el nombre verdadero de alguien se le suele llamar por su sobrenombre o apodo. Estos nombres secundarios y distintos de los verdaderos o primarios, son ciertamente estimados como no participantes del nombre mismo, por lo que pueden usarse libremente y divulgarlos por todas partes sin que peligre la seguridad de nadie.






«Isis, según una leyenda, anteriormente a diosa era una mujer de poderosa palabra, es decir una maga hechicera, hastiada del mundo de los hombres y ansiosa del mundo de los dioses. Ella meditó en su corazón, diciéndose: ¿Por qué no puedo, por la virtud del gran nombre de Ra, hacerme diosa y reinar lo mismo que él en el cielo y en la tierra? Porque Ra tenía muchos nombres, pero el gran nombre que le daba poder sobre todos los otros dioses y sobre los hombres, sólo era conocido por él mismo…
Así que un día Isis amasó una serpiente con barro y saliva de Ra y consiguió que ésta mordiera al Dios, el cual se iba quemando por dentro mientras la maga Isis le aseguraba que no podría sacarle el veneno mientras no supiera su nombre secreto, su verdadero nombre…
Ra respondió: "He creado los cielos y la tierra. He ordenado surgir las montañas. He hecho el grande y ancho mar. He tendido como una cortina los dos horizontes. Soy quien abre sus ojos, y hay luz, y quien los cierra, y todo es oscuridad. A mi mandato, el Nilo se desborda, pero los dioses no saben mi nombre; Khepera en la mañana, Ra mediodía, Tum en la tarde"…
Pero la ponzoña no se le quitó. Y el dios dijo: "Consiento que Isis busque dentro de mí y que mi Nombre pase de mi pecho al suyo." Entonces el dios se ocultó de los demás dioses y su lugar en la barca de la eternidad quedó vacío. Así le fue quitado al gran dios su nombre e Isis la hechicera habló: "Fluye fuera, ponzoña, ¡sal de Ra! Soy Yo, Yo misma la que vence al veneno y lo tira al suelo; porque el nombre del gran dios le ha sido arrebatado a él. Deja a Ra vivir y que muera el veneno." Así habló la gran Isis, la reina de los dioses, la que conoce a Ra y su nombre verdadero».(James G. Fraser: La rama dorada)

Intentos semejantes a los de Isis para apropiarse el poder de un gran dios, apoderándose de su nombre, fueron llevados a cabo por cada mago egipcio, todos ellos aspiraron a ejercer poderes semejantes por medios similares.




En la Grecia antigua los nombres de los sacerdotes y otros grandes personajes que tenían intervención en la ejecución de los misterios eleusinos no se pronunciaban mientras vivían. Pronunciarlos era una infracción de la ley, porque ellos habían llegado a ser anónimos, perdiendo sus anteriores nombres y adquiriendo nuevos y sagrados títulos.
De dos inscripciones encontradas en Eleusis aparece que los nombres de los sacerdotes se confiaban a las profundidades del mar; es probable que se grabaran en tablillas de bronce o plomo que después arrojaban a las aguas profundas del Golfo de Salamina.

La creencia en la virtud mágica de los nombres divinos fue compartida por los romanos. Cuando emprendían el asedio de una plaza, los sacerdotes romanos se dirigían a la deidad guardiana de la ciudad con oraciones o conjuros, invitándola a abandonar la ciudad sitiada y venir a los romanos, que la tratarían tan bien o mejor que pudiera haberlo sido en su antigua patria. Por eso, el nombre de la deidad protectora de Roma se conservaba en profundo secreto por miedo a que los enemigos de la república pudieran atraerla de igual modo que los romanos habían inducido a muchos dioses a desertar como ratas, en días de desgracia, de las ciudades que los habían acogido en días de fortuna.
No sólo el nombre verdadero de la deidad protectora, sino el nombre de la ciudad mismo quedaban guardados en el misterio y no podían ser nunca pronunciados ni aun en los ritos sagrados. Un tal Valerio Sorano, que se atrevió a divulgar el secreto inapreciable, fue muerto o termino de mala manera. De igual modo, parece que los antiguos asirios tenían prohibida la mención de los nombres místicos de sus ciudades y hasta los tiempos modernos los cheremís del Cáucaso mantienen secretos, por motivos supersticiosos, los nombres de sus aldeas comunales. (James G. Fraser: La rama dorada)



-Dime, padre, ¿por qué los niños negros llevamos nombres tan diferentes de los que llevan los niños blancos? 

«Casi todos los nombres africanos tienen un significado. Algunos señalan la ocasión del nacimiento de la criatura. Así, si un niño nace durante la estación de las lluvias, se le puede dar el nombre que significa lluvia o agua; si la madre está de viaje cuando le llega el momento del parto, al recién nacido se le puede imponer el nombre viajero, camino o forastero; si nace durante tiempos difíciles, puede llevar el nombre dolor o alguno parecido». (http://www.combonianos.com/museomadrid/vida/imposicion.htm)

-¿Comprendes, Goma Rota?





9. Cosas de chicas
 «Había entre los troyanos un cierto Dolón, hijo del divino heraldo Eumedes, rico en oro y en bronce; era de feo aspecto, pero de pies ágiles, y el único hijo varón de su familia con cinco hermanas. Éste dijo entonces a los troyanos y a Héctor…» (Homero: Ilíada)


En la más rural y humana Grecia las niñas tenían el mismo derecho a un nombre, y con las mismas características personales e intransferibles que los niños; cierto que ahí empezaban y acababan las igualdades de género, pero las cosas deben reconocerse. También se les debe reconocer que se quedaban con todas las niñas que nacían, pero es que el campo podía absorber la mano de obra femenina, más débil pero más paciente y tenaz.
Los romanos tenían una cultura diferente; ancestralmente se habían dedicado a la industria de la guerra (por ser ellos nunca diremos que eran un conjunto de tribus dedicadas al pillaje, que a los padres hay que tratarlos con respeto), y desde su asentamiento en Italia, en donde empezaron a hincar un arado y a marear una yunta, hasta el origen de su imperio, basado en la esclavitud bárbara para el campo y la industria, sólo pasó medio siglo escaso. Así que, niñas, las justitas y depende para qué, pero sobre todo, que no den guerra (…es que ni un amparo de guerra!).

Y en lo relativo a los nombres femeninos tampoco tuvieron un detalle tierno o galante: las niñas carecían de nombre propio, directamente, y se las reconocía ―más simple, imposible― por el apellido familiar: los hombres se casaban, o no se casaban, con una Julia, una Horacia o una Pompeia, pongamos por caso, (cada familia no solía conservar más que un ejemplar). Si había mala suerte, nacía más de una niña y se quedaban con ella, ocurrencia tildada de extravagante en los corrillos del Foro, entonces los hombres se casaban, o no se casaban, por ejemplo, con Julia la mayor o con Julia la menor. Julias medianas no constan en las crónicas.

Sin embargo, en este caso se trata de algo más que de un ejemplo. Julia la Mayor y Julia la Menor (Julia Maior y Julia Minor) tías de Cayo Julio César ―pues, naturalmente, Julio César sí tenía nombre: Cayo, o Gayo―, se casaron con Mario y Sila respectivamente. Concuñados, rivales políticos y enemigos a muerte ―aquél, miembro de la baja pero rica nobleza rural paleta y advenediza, éste, integrante del alto patriciado fundador de Roma además de contar con algún dios en la parentela―, fueron los dos hombres más importantes de Roma durante muchos años (entre el -104 del primer consulado de Mario y el -78, fin de la dictadura de Sila) antes del total triunfo de César en el -45, jugando un importante papel, no siempre bienintencionado, en la vida de éste. También César tuvo dos hermanas, Julia Maior y Julia Minor (parece que no sólo la alopecia, tambien la excentricidad de tener una niña repe era otra característica Juliana), que se diferenciaban de sus tías especificando el nombre del correspondiente marido. Naturalmente.

Pero incluso las Julias medianas tienen su excepción. En épocas de esplendor de las familias poderosas y que ya no saben qué comprar para ser más que los demás, a una posible tercera hija se la conocía como la tercera o tercia, caso de Emilia Tertia, tercera hija de Paulo Emilio el Antiguo, mujer del primer Escipión el Africano y madre de la Cornelia conocida como "madre de los Gracos".
También es significativo al respecto, que los cuatro primeros meses del año romano primitivo ―el llamado "año de Rómulo", que constaba sólo de diez meses, con 304 días― eran los únicos que tenían nombres particulares ―Martius, Aprilis, Maius, Junius―, porque a partir del quinto los nombres de los meses no eran sino números de orden: Quintilis, Sextilis, September, October, November, December. Pero más vale dejar el tema del calendario para otra ocasión.





Código de Manú. Leyes civiles y criminales; deberes de la clase comerciante y de la clase servil en la india pre védica. Capítulo 9:
1. Voy a declararos los deberes inmemoriales de un hombre y de una mujer que se mantienen firmes en el sendero de la ley, ya separados, ya unidos.
2. Día y noche las mujeres deben estar mantenidas por sus protectores en estado de dependencia; y deben estar sometidas a la autoridad de las personas de quienes dependen, cuando tienen muy grande inclinación a los placeres inocentes y legítimos.
3. Una mujer está bajo la guarda de su padre durante su infancia; bajo la guarda de su marido durante su juventud; bajo la guarda de sus hijos, durante su vejez; no debe nunca conducirse a su capricho.
4. Un padre es reprensible, si no da a su hija en matrimonio en tiempo oportuno; un marido es reprensible si no se acerca a su mujer en la estación favorable; un hijo es reprensible, si después de la muerte del marido, no protege a su madre.
5. Debe tratarse sobre todo de asegurar a las mujeres contra las malas inclinaciones, aún las más ligeras; si las mujeres no estuvieran vigiladas, verían la desgracia de dos familias.
6. Que los maridos, por débiles que sean, considerando que es una ley suprema para todas las clases, tengan sumo cuidado de velar por la conducta de sus mujeres.
7. En efecto, un marido preserva su linaje, sus costumbres, su familia, se preserva a sí mismo y su deber, preservando a su esposa.
8. Un marido, fecundando el seno de su mujer, renace allí bajo la forma de un muévedo y la esposa está llamada Djada porque el marido nace (djayate) en ella por segunda vez.
9. Una mujer da siempre a luz a un hijo dotado de las mismas cualidades que el que lo ha engendrado; por lo que a fin de asegurar la pureza de su prole, un marido debe siempre cuidar con el mayor celo a su mujer… (El Manu Smriti, "texto de tradición [proveniente] de Manu", es un importante texto sánscrito de la ley hindú y de la sociedad antigua de la India. Se cree escrito entre los siglos -VI y –III).






«Héctor, como no hallara dentro a su excelente esposa, detúvose en el umbral y habló con las esclavas: ¡Ea, esclavas, decidme la verdad! ¿Adónde ha ido Andrómaca, la de níveos brazos, desde el palacio? ¿A visitar a mis hermanas o a mis cuñadas de hermosos peplos? ¿O, acaso, al templo de Atenea, donde las troyanas, de lindas trenzas, aplacan a la terrible diosa?» (Homero: Ilíada)




Sed buenos, si podéis
……………….«. . . porque el pensar y el ser son una y la misma cosa» (Parménides)




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Angel Molledo
Esta aventura es una exploración de las venas vivas que parten del pasado y siguen regando para bien y para mal el cuerpo presente de esta sociedad occidental... además de ejercitar una especie de egoísmo constructivo: porque la mejor manera de aprender es enseñar... porque aprender vigoriza el cerebro... y porque ambas cosas ayudan a mantenerse en pie y recto. Esto implica que, una vez publicada, cada entrada se va enriqueciendo con los hallazgos más interesantes, a mi leal y oficioso entender. Desde luego, no pretende ser un archivo exhaustivo de cada tema, sino sólo recoger aquellos de sus aspectos más relevantes en relación con su influencia en que seamos como somos, y no de otra manera entre las infinitas posibles. Este es un blog con la sana vocación de durar. (En un comentario al blog "Mujeres de Roma" expresé la satisfacción de encontrar, casi por azar, un rincón donde se respiraba el oxígeno del interés por los antecedentes de nuestra actual sociedad. A esa satisfacción se le ha añadido la apetencia de participar en tan grato vecindario. Dedico este blog a todos sus participantes en general y a Isabel Barceló en particular).
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